Los Acuerdos de Abraham se firmaron en septiembre de 2020 y la prensa internacional los presentó como un giro histórico hacia la paz en Medio Oriente. La descripción resulta cómoda pero incompleta, ya que estos se entienden como contratos de servicios de inteligencia con cobertura diplomática.
Los Acuerdos de Abraham como contratos de inteligencia
Un análisis preciso para contar las cosas como son
Bahréin firmó por necesidad de supervivencia dinástica. La isla tiene una población mayoritariamente chiita gobernada por una familia suní, los Al Khalifa. En 2011 la primavera árabe llegó al reino y el régimen estuvo cerca de caer. Sólo lo salvó una intervención militar saudí que cruzó el puente del rey Fahd con tanques y soldados. Desde ese momento la familia gobernante sabe que su permanencia depende de capacidades que el aparato local no posee. Necesita penetración profunda en redes iraníes, vigilancia digital de la disidencia interna y operaciones contra cuadros vinculados a los Hermanos Musulmanes. Esos productos los fabrican pocos servicios en el mundo y entre ellos sobresale el israelí. La firma del acuerdo se entiende mejor como suscripción a un sistema de seguridad que como tratado entre Estados soberanos.
Los Emiratos firmaron por razones distintas, pero igualmente concretas. La federación es rica, pequeña y rodeada de actores hostiles o inestables, al tiempo que la población nativa es minoritaria respecto a los expatriados. La familia Al Nahyan no enfrenta el problema demográfico de Bahréin, pero sí tiene el problema estructural de gobernar un Estado pequeño con ambiciones grandes. Mohamed bin Zayed entendió temprano que la diversificación económica posterior al petróleo exigía proveedores tecnológicos de primer nivel. Así, Israel ofrece ciberseguridad, agricultura de desierto, defensa y ahora capacidades de inteligencia artificial aplicada. La empresa G42 firmó acuerdos con compañías israelíes antes del pivote hacia Microsoft, y evidenció que la cooperación operativa precedió a la cooperación diplomática.
La compra de Pegasus por parte de los Emiratos y de Bahréin documenta el contenido real del intercambio. El software fabricado por la firma israelí NSO Group se usó contra disidentes propios y extranjeros. Según investigaciones de Citizen Lab y del Washington Post se identificaron blancos específicos en ambos países. Los compradores no buscaban únicamente protegerse de Irán, sino también herramientas para vigilar a su propia oposición interna, a periodistas críticos y a opositores exiliados. Esa función la cumple cualquier servicio capaz pero el israelí la entrega con una eficiencia técnica que el saudí no alcanza y que la estadounidense entrega con condicionalidades políticas incómodas.
La dimensión iraní funciona como pegamento estratégico. Israel y los Estados del Golfo comparten un enemigo principal y esa coincidencia simplificó la conversación. Pero atribuir el acuerdo solamente a la amenaza iraní omite la pregunta más interesante. Si la motivación fuera únicamente externa los acuerdos habrían tomado la forma de tratados de defensa colectiva. Sin embargo, establecieron la forma de normalización amplia con énfasis particular en flujos tecnológicos y de inteligencia. Esa elección revela que el componente interno pesaba tanto como el externo.
Mohamed bin Zayed sumó además un cálculo de plazo largo. La relación con Israel le abrió una puerta paralela al sistema de poder estadounidense. El canal tradicional pasaba por Riad y dependía de la salud política saudí. El canal nuevo pasa por las redes legisladores proisraelíes, por think tanks en Washington DC vinculados al lobby y por el complejo defensivo. Ese capital político es transferible a sus hijos y constituye una herencia política tan valiosa como las reservas soberanas.
La lectura tradicional describe los Acuerdos como tratados de paz porque esa formulación servía tanto a la administración Trump en plena campaña electoral entonces, como a los firmantes para presentar el giro ante sus opiniones públicas internas. Pero la consigna sólo funcionó como envoltorio porque el contenido era otro. Era un contrato entre familias gobernantes que necesitaban capacidades de inteligencia específicas y un proveedor capaz de entregarlas con discreción, eficiencia técnica y sin condicionamientos sobre derechos humanos.
Si los Acuerdos son contratos de servicios de inteligencia entonces su estabilidad no depende del estado de ánimo de las opiniones públicas árabes ni de la situación en Gaza, sino de que los servicios israelíes entreguen capacidades que las familias gobernantes consideran indispensables. Mientras esa entrega continúe los acuerdos resistirán episodios traumáticos que en una lectura clásica deberían destruirlos. La guerra en Gaza durante 2023 y 2024 tensionó la relación, pero no la rompió. La razón estructural es que ningún reemplazo equivalente existe en el mercado.
Por su parte, si Arabia Saudí entra al esquema lo hará por motivos similares, aunque con peso distinto entre las variables. La sucesión saudí carga incertidumbre y Mohamed bin Salman necesita herramientas de control interno que su aparato de seguridad nunca terminó de modernizar. La cooperación con servicios israelíes resolvería ese déficit en un plazo más corto que cualquier reforma interna. La pregunta no es si Riad firmará sino qué precio en cobertura política recibirá a cambio.
Los tratados clásicos entre Estados se firman para resolver problemas entre Estados. Los Acuerdos de Abraham se firmaron para resolver problemas dentro de los Estados firmantes. Esa diferencia explica por qué resisten, por qué se ampliarán y por qué la categoría diplomática de paz captura tan poco de lo que efectivamente sucede en la región.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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