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OPINIÓN

Los dictadores hasta se burlan

Luego del encausamiento de Raúl Castro en una corte de Nueva York, los Panzones de La Habana lo han sacado dos veces de la urna para exhibirlo en sendos actos de esos que ellos disfrutan tanto

Por Omar Sixto

La Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba demuestra un día sí y otro también su desconexión con la realidad en la que tiene sumidos a los cautivos de la isla. Me recuerdan a aquella corte de Luis XVI a principios de julio de 1789, derrochando lujos, dando la espalda a una población empobrecida y miserable.

Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

Luego del encausamiento de Raúl Castro en una corte de Nueva York, los Panzones de La Habana lo han sacado dos veces de la urna para exhibirlo en sendos actos de esos que ellos disfrutan tanto. Lo que queda del anciano dictador, siempre bajo la mirada vigilante de su perro guardián, con perdón de los perros.

En las imágenes de esos groseros eventos aparece el mentado Cangrejo, con su correspondiente cara de Neandertal, siempre detrás de su decrépito abuelo. El crustáceo —se los he dicho antes— siempre viste un uniforme verde olivo diferente al resto de los Barrigones que lo rodean. Su abuelo, fugitivo de la justicia norteamericana, Díaz-Contados, Marrano y otros portan casacas estilo soviético, o ruso, da igual. Los del represor Ministerio del Interior usan algo parecido, pero más oscuro. El Cangrejo, como su tío Orate, viste uno diferente.

Todos bien alimentados, peinados, haciendo sus pantomimas para dar la impresión de que aún gobiernan. Pantomimas coreografiadas en limpios e iluminados salones con aire acondicionado. Un Estado que solo funciona en sus corruptas mentes y solo para ellos. Un Estado que abandonó a los cubanos —no es que los cuidara antes— y solo interactúa con los cautivos para despreciarlos, humillarlos, oprimirlos o reprimirlos. En ocasiones, todo lo anterior.

Hablando de humillación. Es humillante que, desde finales de enero de este año, esa mafia maligna que es la Junta Militar de Barrigones haya sido declarada un peligro inusual para Estados Unidos y, de allá a hoy, lo único que ha significado es que nadie les regale combustibles, pues, con orden ejecutiva o no, su fracasado régimen no tenía con qué comprarlo legalmente.

Eso y unas sanciones que, en realidad, no significan más que picadas de mosquito a un burro flaco. Que si ICE capturó a la hermana de una esbirra, que si otro, un piloto asesino al que le dieron siete meses y ya los cumplió, que si Díaz-Contados y su bonsái esposa ya no pueden venir a Estados Unidos. Picadas de mosquito a un burro flaco.

Y no me digan que la retirada de las operadoras de hoteles es algo significativo. Es una retirada táctica. Se desprendieron de la carga de tener que mantener personal en hoteles vacíos en un país en ruinas. Se desprendieron del trabajo de estar vigilando que esos mismos empleados no les roben desde los bombillos hasta las latas de habichuelas. No los culpo, que conste. A los empleados, digo. A las empresas las entiendo, pero las desprecio por explotadoras de esclavos.

Y es así que, como han ganado tiempo, se atreven a dar la impresión de que su dictadura moribunda es legítima. Sacan al nonagenario dictador como si fuera el Cid Campeador. Como en procesión sevillana, mientras los gordos uniformados le cantan loas en vez de saetas. Pueden hacerlo porque, para asombro de ellos, la administración Trump no los ha barrido de la faz de esa isla bella.

¿Y por qué no lo ha hecho? Porque Cuba no importa, porque es insignificante en el tablero mundial. Insignificante en el sentido material. A diferencia de Irán y Venezuela, no tiene hidrocarburos en su subsuelo. Tierra fértil y playas hermosas no valen en la geopolítica de las grandes ligas.

Tiene, además, que es un país colapsado, que no produce. Una nación mendiga. Ocho o nueve millones —ya no se sabe— de personas talentosas y trabajadoras —los más— a los que esa Junta Militar tiene aplastados con sus botas lustradas. Mientras esos Panzones sigan en La Habana, la responsabilidad de mal alimentarlos es de ellos, de los dictadores. Si Trump y Rubio los eliminan, se echan el paquete arriba.

Duele decirlo, pero es la realidad. Han pasado quince administraciones, desde la de Eisenhower hasta la actual de Trump, y nunca han comprendido que la insignificancia económica de la Cuba comunista es inversamente proporcional a su malignidad corruptora de naciones. No acaban de entender el papel trascendental que esos empobrecedores han tenido en la expansión de la oscuridad antilibertad, antiprogreso, antidemocracia.

Y allí siguen en La Habana. Marrano, Díaz-Contados y el resto de la comparsa reverenciando al fugitivo nonagenario y a su nieto oligofrénico. Cangrejo, que todos dicen que tiene el mismo índice de inteligencia que un mejillón, pero que me va pareciendo que no es tan tonto como dicen.

Y lo voy comprobando cuando ayer leo que el periodista independiente Iván García dijo, desde abril de 2010, lo siguiente. Me lo mandó Tania, su incansable madre. Refiriéndose a Raúl Castro, mi hermano negro escribió, hace dieciséis años:

Se rodeó de su gente. Arropado por su yerno Luis Alberto López-Callejas, un tipo que huye de los focos, pero resulta uno de sus más valiosos asesores en materia de negocios que reportan moneda dura. A su lado, en cada viaje al extranjero o acto público en la isla, está su nieto Raúl Guillermo, conocido como el “Cangrejo”, y del cual se rumora tendrá un papel importante en el futuro de Cuba.

Y sí que parece tenerlo, lo cual me irrita hasta la médula. Que el futuro al que Iván se refería hace dieciséis años sea esta catástrofe humanitaria que azota a nuestros paisanos de la isla, haya sido causado por ese fugitivo dictador, acompañado de su nieto, y que ese nieto —al que sí le encantan las luces de los focos— sea interlocutor de la nación más poderosa del orbe, me dice el escaso valor que tienen los cubanos de la isla para unos y para otros.

Dice Trump que atenderá el tema de Cuba cuando termine el de Irán. Es decir, nos tocó el último turno en la fila, como en las colas de aquellas bodegas racionadas, hoy ya desaparecidas en este colapso final. Y vuelvo a repetir: ¿por qué? Porque los cubanos de la isla, valientemente, hasta ahora solo han podido organizarse en algunos barrios para tocar cazuelas y quemar basura, porque la policía sigue reprimiendo con eficiencia y porque esa dictadura no podrá producir una fanega de maíz, pero es experta en mover sus fichas cómplices en la política mundial.

Estamos de últimos en la fila porque, a pesar de todos los esfuerzos de Marco Rubio, aquí en el exilio, en vez de presentarle un frente unido y cohesionado a la administración, están sus cabezas visibles —políticos, académicos, influencers y toda esa pléyade de organizaciones que dicen luchar por una Cuba libre— peleándose entre sí por ver quién va a ser presidente de esa república hoy inexistente. Negándose el saludo unos a otros, mientras los dictadores a noventa millas sí presentan una cara uniforme, unida.

La dictadura, como la corte de Luis XVI en julio de 1789, le da la espalda a sus cautivos y, como aquel rey y su María Antonieta, siguen disfrutando de sus pantomimas y sus lujos. Ya casi llega julio de 2026; en una de esas, esos cautivos hambrientos y olvidados se hartan, como aquellos parisinos, y, por primera vez en sus vidas, toman sus destinos en sus manos y barren con sus opresores, en la calle, hasta el final. Que conviertan a Cuba en su propia Bastilla.

Así no tendrán, ni tendremos, que estar pendientes a los vaivenes y las decisiones del presidente de un país que no es Cuba para llegar a la ansiada libertad. Sin negociaciones con ningún crustáceo ni con ningún “tecnócrata”. Libertad total, sin mediaciones. Libertad final, para empezar, de una vez, la reconstrucción de nuestra nación robada. Trabajar duro para regresarla a la prosperidad, el respeto a los ciudadanos y la felicidad de los cubanos.

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