viernes 24  de  julio 2026
RELATO

Melía, el primero y el último

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión

El gerente español se tomó el trabajo de servir de portero el primer día de operaciones del hotel Meliá Sol Palmeras, que marcaba el pistoletazo de salida de la cadena española en Varadero y en Cuba, en mayo de 1990.

“Botó de un viaje a más de diez trabajadores que llegaron unos minutos tarde, incluso le dio el bate a la más bella de las carpeteras, una rubia de película con la que hasta Fidel Castro había zorreado unos días antes, cuando inauguraron la instalación a bombo y platillo”, me contaba Tommy, camarero del lobby bar que había conseguido estrenar su uniforme de la cadena después de más de cinco entrevistas, “los gallegos estaban interesados en las capacidades de trabajo, la parte cubana en tus vínculos revolucionarios”.

“Los gallegos” así llamaban los cubanos a los españoles de Meliá sin importar que no fueran de Galicia sino de la isla de Mallorca, “pero para los cubanos cualquier español es un gallego”, sentencia Tommy.

Menos de un año después, como abogado, tuve que defender a Tommy: el mismo gallego lo botó porque supuestamente compraba todos los dólares que los camareros de su turno recibían como propina.

Entonces tener dólares en Cuba era un delito por el que podías hasta ir preso.

A “los gallegos” no le importaba que le robaran la propina, pero sopesaron como un riesgo que alguien le inventara una casa de cambio clandestina en las taquillas del personal.

En el juicio penal logré sacar absuelto a mi defendido, más por la falta de pruebas y el mal trabajo policial que por su inocencia. Entonces, con el fallo absolutorio en la mano nos fuimos hasta el Sol Palmeras a reclamar que le devolvieran su uniforme y su espacio en el lobby bar.

“No pierdas tiempo con la parte cubana, aquí el que mea de verdad es el gordo, el que botó a la gente desde la puerta”, me decía Tommy mientras me arrastraba en una marcha forzada por los entresijos del hotel, evitando a los de seguridad y a los chivatos de los maleteros, para llegar hasta las oficinas.

Lo pillamos entrando en su oficina.

Mientras desplegaba mis dotes de orador y le abrumaba en la mesa con todos los documentos del caso, “el gallego” recuperó la compostura: Lo habíamos pescado fuera de base con nuestro abordaje tempestivo a nivel de pasillo, pero se relajó cuando vio de que se trataba. Ya no me prestaba atención como al principio, se reclinó en su sillón de cuero verde, exhibiendo su enorme abdomen, a duras penas contenido por los botones de la guayabera impostada como uniforme, que en uno de sus bolsillos llevaba bordada la palabra Meliá, con acento y todo.

“Ya yo molí el chorizo”, me interrumpió el gallego, “y aunque todo lo que digas sea cierto, la máquina de moler solo funciona en un sentido, por mucho que metamos de vuelta la picadilla, por detrás no sale el chorizo entero, sigue saliendo la moledura”.

No pude rebatirle porque un tropel de cubanos entró de repente en la oficina,

¡Que lo de los chivatos realmente funcionaba!, aunque le ganamos unos minutos, finalmente se enteraron y vinieron a tomar posesión de la situación.

El que evidenciaba como jefe nos pedía que le acompañáramos afuera, y al mismo tiempo se disculpaba “con el gallego”. No quedó claro si las disculpas eran por su entrada violenta en la oficina o por nuestra osadía de haber burlado su operativo de segurosos disfrazados de empresarios. Quizás por ambas razones.

“Chorizo tu madre”, alcanzó a gritarle Tommy al gallego mientras nos sacaban de la oficina... del hotel... y nos escoltaban más allá del parqueo de la instalación.

El jefe del grupo le advertía a Tommy que ni se volviera a acercar a los jardines del lugar si no quería ir preso. Y a mí, que la próxima vez que tuviera algo jurídico que viniera por el fondo y buscara la parte cubana, que con los españoles no tenía nada que hablar y mucho menos por la puerta principal.

Porque resulta que los trabajadores cubanos, aunque eran maltratados, botados y a veces hasta sodomizados por los españoles, eran en realidad empleados exclusivos de la parte cubana.

Meliá creció hasta convertirse en el principal socio comercial cubano, con presencia en todas las provincias de la isla. Incluso le sacaron las castañas del fuego a Fidel al asumir como suyo el elefante blanco de 22 pisos que los inversores mexicanos habían abandonado, a medio construir, en el corazón del Vedado y que los españoles transformaran en el Meliá Cohíba, todo un símbolo de La Habana, que hasta un historial de bombas en sus baños y habitaciones llegaron a acumular.

Hoy tocan retirada.

Me impacta la noticia de que Meliá se va de Cuba, tan pronto como el viernes 24 de julio del 2026. Cierran su última puerta, le tiran la llave al régimen de Diaz Canel y se largan, treinta y seis años después de su llegada y de aquel encuentro mío con “el gallego” del chorizo.

No quieren más negocios, si es que se le puede llamar negocios al descalabro en que se han visto sumergidos en estos últimos meses. Es decir que renuncian a los treinta y cuatro establecimientos que aun seguían operando en Cuba. Ya antes habían cerrado otros quince hoteles.

Los ejecutivos de Melia aseguran que están trabajando en base a las disposiciones de Washington y las restricciones contra Cuba, y sin ambages se refieren a la influencia de Marco Rubio en su actual determinación.

Me recuerdo del “gordo gallego” en el noticiero de la televisión cubana, allá por 1992, asegurando que habían venido para quedarse y que nunca se acobardarían porque no los asustaban con unos cuantos tiros. Tuvo sus quince minutos de fama en la televisión cubana justo cuando se reportaba que una lancha de los comandos L había tiroteado el hotel Melia Varadero, asustando a un custodio agachado en la escalera de la playa y rompiendo una que otra ventana, “consumaron su acto terrorista antes de escapar rumbo a Miami” decía Rafael Serrano, el locutor del noticiero con cara afectada.

Hoy, sin necesidad de un solo tiro, se largan y dejan sola a la parte cubana, con unos hoteles funcionales, pero sin turistas ni supervisores extranjeros que vigilen el cargamento de la mantequilla o que eviten que la merma del jamón sea la más alta de todo el mundo, “porque les robaban, a diestra y siniestra... desde el camarero hasta el gerente, con todo y su control... les robaban” me recuerda Tommy a quien he logrado contactar en Miami para rememorar el primer día de Meliá en Cuba, y el último también.

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Deja tu comentario

Te puede interesar