Le debemos a Zygmunt Bauman, el concepto de “sociedad líquida”. Entre las causas de esta última, el autor señaló la impotencia del Estado, como hasta ahora lo conocemos, ante el creciente poder de las grandes corporaciones trasnacionales. Como se diluye aquella entidad que, garantizaba a los individuos –al menos en teoría- la posibilidad de resolver de manera homogénea los distintos problemas de nuestro tiempo, las ideologías y los partidos políticos, dejan de tener relevancia y, con ello, toda apelación a los valores compartidos que, permitirían al ciudadano, sentirse como parte de un todo.
Los trapos sucios se lavan en ... Instagram
Cae, entonces, en bancarrota la idea de pertenencia a un colectivo. Surge el individualismo exacerbado, en el que nadie es compañero de nadie sino que todos nos percibimos como antagonistas. Al no haber puntos de convergencia, todo se disuelve, se licuefacciona, de allí la denominación de “líquidas”, nada sólidas, de las sociedades resultantes de tal proceso. Prosigue Bauman: Únicos asideros para el individuo en medio de tal dinámica, el consumismo desenfrenado y el ansia de visibilidad, en la que, para no vegetar en un insoportable anonimato, se hará cualquier cosa a cambio de notoriedad. Hasta hace poco, ser el guapo o la chica más hermosa del barrio, bastaban. Hoy, la ansiada visibilidad, es más voraz. Una integérrima madre de familia, típica, de dos generaciones anteriores, impedida, de pronunciar una sola palabrota, degenera –o evoluciona, según los gustos de cada cual- en mujer que, para hacerse notar, no vacila en divulgar los más sórdidos episodios de su hija soltera, o viceversa, en algún reality shows de TV. O más expeditivo: conseguir que la reconozcan cuando asiste a misa los domingos, gracias a sacrificar la reputación de cualquier miembro de la familia, vía Instagram, Facebook, WhatsApp, Twitter, TikTok, Snapchat, portal de noticias, medio escrito o audiovisual. Nuestros maestros nos enseñaban que, una cosa es ser famoso y otra, estar en boca de todos. Esa distinción, muy rígida, ha perecido de asfixia por inmersión en el cuerpo acuoso social.
Hay quienes predicen que los credos religiosos a la vuelta de pocos años serán estadísticamente invisibles. Timothy Egan en “Peregrinación Hacia la Eternidad. Desde Cantebury hasta Roma en busca de la fe”, asegura que el 71 por ciento del segmento, entre 18 y 25 años, de nativos de EEUU, no profesa religión alguna; que solo uno de cada 20 franceses, puede considerarse practicante cristiano y que en Reino Unido en los últimos años “se han cerrado más de mil locales de oración para su demolición, subasta o simplemente abandono y consiguiente conversión en escombros”. Sin embargo, del célebre diálogo o debate, entre el futuro Sumo Pontífice, cardenal Ratzinger y el laicista, Junger Habermas, por lo menos este cronista, sacó en limpio que, el Estado liberal, de Derecho, democrático, secular, genera un ciudadano perennemente inconforme, exigente, respondón, con una cadena interminable de exigencias, imposibles de satisfacer. Ante el colapso de las ideologías aludidas al comienzo, la única forma de amalgamar al gentío, de adunarlo, tras un fin común, sería a través de la espiritualidad y moralidad enraizada en el pueblo. Pero está visto que los creyentes en esas cosas, son cada día son menos. El panorama no es halagador.
Lavar los trapos sucios familiares en los medios de comunicación masivo, en lugar de hacerlo en casa, por ansias de figuración, notoriedad, por ir tras minutos o centimetraje de prensa, repugna, desdice normas elementales, de educación, decencia, decoro, sobriedad, buen gusto; horada el patrimonio ético de la civilización. Convertir tal práctica en paradigma, remunerarla; pretender que recompense en lo material, monetizarla, porque repotencia una languideciente o incipiente carrera en la farándula, a costa de despotricar padre o madre contra hija o hijo, o viceversa, equivale a minar los escasos cimientos, de solidaridad, lealtad, gregarismo, construidos en los últimos siglos.
No hay justificaciones ni excepciones que valgan. No lavar los trapos sucios de la familia en Instagram, ni en ningún otro medio público. En el caso del cronista, preferiría que los limpios, tampoco.
@omarestacio
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