¿Será que, en vez de mi añorado “París con aguacero”, me tocará morir solo en Miami?
Madrugada de viernes con Charlie García
Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión
La mitad de mi casa se derrumba, deshabitada: Se depaupera, pero con sus paredes perfectamente pintadas. Abandonada, aunque brillante, vacía, más con sus camas tendidas con hermosos edredones.
Cuando por fin pude comprarme la casa… nuestra casa, defendí… más bien impuse, respetar el derecho de una habitación para cada niña, venerando su espacio vital, el nicho donde madurarían y estudiarían cada uno de mis consejos de vida.
Hoy son espacios muertos. Las “niñas” crecieron en fuga, tomando distancia, sin respetar mi dedicación. Convirtiéndose en voces ocasionales al otro lado del celular.
Dice Elsita que estoy ganando, que lo hice bien.
Mi maravillosa esposa me encontró esta madrugada, estancado en el pasillo, contemplando la mitad de la casa que se desdibuja en sordina y repitiendo la estrofa del peruano: “los húmeros me he puesto a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, con todo mi camino, a verme solo”.
Ella me abraza, sabe cómo nadie interpretar la dilatada pupila del desespero y tratar de cerrar el desborde del sufrimiento.
Dice que las preparamos para volar y que despegaron perfecto, divinamente alto, inalcanzables.
¡Pero qué lejos!, pienso yo.
La victoria de los closets vacíos es algo para lo que no me prepararon mis padres.
Mamá insistía en que, sin importar lo fuerte de las tormentas y las diferencias, los domingos nos sentábamos juntos, tirios y troyanos, alrededor de sus ollas, a almorzar en su casa.
Cuando murió, a mi hermana le tocó asumir el reflejo condicionado de los hermanos que aparecíamos en sus predios heredados, como si respetáramos el dictum de la madre, a comer lo que aparecía, a mirarnos de frente: acuarelistas y daltónicos, gusanos y revolucionaros.
No he conseguido defender la tradición: Mañana será de nuevo fin de semana y otra vez desayunaremos solos, mi mujer y yo, en la mesa de doce sillas que domina el comedor.
A falta de hijas cuelgo una pintura, un retrato que las inmortaliza jóvenes: la obra de un artista amigo que juega a recetarme paliativos a base de óleo sobre lienzo, buscando reconciliarme con la almohada. Al menos juego a regañarlas, a exigirles que cambien la burla de sus caras congeladas por el pincel.
Además de mi tragedia me duele mi amigo el Soto: lo veo caminar como zombi hacia el abismo de la mayoría de edad de su hija: luce feliz, sin saber lo que le espera.
O mi hermano menor que ha condicionado su mundo a la danza de su émula de Isadora Duncan, una lluvia de bucles rubios que recién domina sus predios. ¿Como advertirles de un desierto que no sospechan?
El vacío que me desvela es más amplio que la evasión de mis hijas, hay otros corredores en fuga: Tengo un sobrino, una herida grande que arrastré al exilio, el rostro infantil que recuperé muchos años después, ya adulto, para verlo correr, sin tiempo para contarle cuanto sufrí esperándolo. Siempre de lejos, resignándome a que me llame en mis cumpleaños.
Tengo en la lista también a un ser etéreo que adelantó mi entierro por mal interpretar mis aplausos y admiración por ella, me dejó sin ánimos de aclaraciones. Otra ausencia.
“Empty” …
Cambiaron mis preferencias infantiles de inmortalidad. Tengo un mundo real que no fue el que soñé.
Como vicio adquirido arrastro un rezo eterno, egoísta quizás: Pido al universo que se me permita irme de este mundo antes que mi mujer, aunque le cause dolor no verme. Si en una broma del destino ella se me adelantara me perdería en este laberinto de dos pisos con pisos pulidos y ventanas a prueba de huracanes. Ella sobreviviría, yo no.
¡Coño!...
¿será que realmente voy ganando?
¡Que por fin amanezca y que el teléfono repique! es ahora mismo mi máxima aspiración.
“Cambiaste de tiempo y de amor y de música y de ideas” repite Charlie García en el tema que Youtube me deja remachar una y otra vez.
Le vuelvo a colocar el corcho a la botella, no estoy seguro de por qué debo brindar.
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