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OPINIÓN

Nazismo como insulto: cuando la retórica tuerce la memoria

La izquierda que se autoproclama progresista tiene una responsabilidad histórica: preservar la memoria, no manipularla

Por DAVID GHITIS

¿Qué pasa cuando el horror del Holocausto se reduce a un insulto político cotidiano?

En América Latina, algunos líderes de izquierda han adoptado una peligrosa costumbre: llamar “nazi”, “neonazi” o “Hitler” a todo aquel que contradiga su visión del mundo. Esto se ha convertido en una estrategia retórica que banaliza el Holocausto, distorsiona la historia y convierte el insulto en política de Estado, sin importar las consecuencias que pueda tener en quienes son estigmatizados, consecuencias que van desde el matoneo digital, pasando por actos de vandalismo y llegando hasta riesgos reales fruto de amenazas.

Gustavo Petro ha sido uno de los más prolíficos en esta práctica. En marzo de 2022, respondió visceralmente a una columna publicada por RCN con un trino lapidario: “Neo nazis en RCN”. El artículo, titulado “Petro nos quiere atracar”, criticaba su propuesta de acabar con los fondos privados de pensiones. La reacción no fue una refutación argumentada, sino una estigmatización directa contra el autor y el medio. Fue tan grotesca la respuesta del entonces candidato presidencial, que la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) condenó el ataque, advirtiendo que “lesiona gravemente la libertad de prensa” y promueve la autocensura. Otros medios y agrupaciones importantes como la SIP y Voces del Sur se sumaron a la condena.

Pero Gustavo Petro no se detuvo ahí. Ya de presidente ha llamado “nazi” a jueces que fallan en su contra, a activistas digitales que lo critican, a empresarios que defienden la propiedad privada, y a importantes medios como El Colombiano, al que acusó de “defender a Hitler”. En marzo de 2025, intensificó esto, usando el término más de 10 veces en 24 horas contra opositores y jueces. En su lógica, hay “nazis nazis y actitudes nazis”, como si el término pudiera estirarse al gusto del orador.

Esta retórica se extiende a su entorno. El vicecanciller Mauricio Jaramillo Jassir ha comparado acciones israelíes con el nazismo, como la invasión de Gaza con la de Polonia en 1939, invocando el 'lebensraum' hitleriano en publicaciones de 2025. Si bien critica un conflicto real, el uso recurrente lo convierte en arma contra disidentes. También algunos congresistas de izquierda, como Iván Cepeda, han compartido material en redes sociales haciendo estas comparaciones.

Este patrón no es exclusivo de Colombia. El fallecido Hugo Chávez comparó a George W. Bush con Hitler en múltiples discursos (como en la ONU en 2006); Nicolás Maduro llamó “nazi sionista” al presidente argentino Javier Milei; Rafael Correa respondió con un “¡Heil Hitler!” irónico a sus críticos en redes sociales; Daniel Ortega ha acusado a Estados Unidos, Israel y la Unión Europea de actuar como nazis. También Evo Morales y hasta Fidel Castro han sido vinculados a esta retórica, directa o indirectamente. Incluso en México hubo un caso en el que Andrés Manuel López Obrador calificó al periodista Carlos Alazraki de tener un pensamiento “hitleriano” por sus críticas al gobierno. La retórica se repite: el nazismo ya no es una advertencia histórica, sino una etiqueta para el adversario.

El patrón es claro: cuando la prensa incomoda es “nazi”; cuando los empresarios reclaman garantías, son “neonazis”; cuando los jueces fallan en contra, actúan “como Hitler”. Esta lógica convierte el nazismo en un insulto genérico, despojándolo de su peso histórico y ético. Ya no se trata de denunciar el antisemitismo o el totalitarismo, sino de usar el recuerdo del Holocausto como arma política.

Esta banalización ofende a las víctimas del nazismo y a la comunidad judía en general, como lo ha denunciado en repetidas ocasiones la Liga Antidifamación en reportes sobre Latinoamérica. Además, polariza sociedades divididas, fomentando amenazas y autocensura, como advierten expertos en El País: 'cuando todo es nazi, nada lo es'.

La izquierda que se autoproclama progresista tiene una responsabilidad histórica: preservar la memoria, no manipularla. Usar el nazismo como insulto es traicionar esa memoria. Y hacerlo desde el poder, con micrófono oficial, es convertir la historia en herramienta de intimidación.

A medida que los sobrevivientes del Holocausto desaparecen, también lo hacen sus relatos de primera mano. Esto ha generado una preocupante falta de conciencia entre los jóvenes latinoamericanos, como advierte Kenneth Jacobson en Infobae.

La ausencia de educación histórica rigurosa permite que el nazismo se convierta en un comodín retórico, desprovisto de contexto. Encuestas muestran que muchos jóvenes ignoran detalles del Holocausto, permitiendo su uso como recurso con carga emocional, pero sin sustancia histórica.

La democracia exige debate, no etiquetas. Y la memoria exige respeto, no distorsión. La banalización del Holocausto y del régimen nazi no solo trivializa el sufrimiento de millones, sino que convierte el término en una herramienta de polarización.

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