ver más
OPINIÓN

Octava y última carta a Marco Rubio: no nos fabriquen otra Cuba de cartón

Señor Rubio, si de verdad quiere ayudar a Cuba, empiece por escuchar a los cubanos sin intermediarios autoproclamados

Por ZOÉ VALDÉS

Confieso, senador Rubio —o secretario de Estado- que no sé quiénes son los arquitectos de esta nueva coreografía de poderes que como en el boxeo me obligan a tirar la toalla. No porque me falten fuerzas, sino porque ya cansa ver la misma película con distinto cartel luminoso. Cansa la retórica de la libertad administrada desde despachos, la democracia empaquetada en carpetas de abogados, el porvenir de los pueblos escrito por emisarios que llegan a Miami con la pose de procónsules y la sonrisa de quienes ya se repartieron el mantel antes de que exista la mesa.

De verdad, ¿están satisfechos con los resultados en Venezuela? ¿Con Irán? ¿Con el Líbano convertido en tablero de sombras, con China mirando desde lejos mientras compra paciencia y minerales, con Ucrania relegada al cajón de las causas cansadas? La política exterior norteamericana se ha vuelto un casino moral: se apuesta en nombre de la libertad, se pierde en nombre del realismo y se cobra siempre en nombre de la seguridad nacional. Mientras tanto, los pueblos ponen los muertos, los exiliados ponen la nostalgia -que en el caso de los cubanos ya es otra cosa, porque ¿nostalgia de qué, de la miseria?- y los burócratas ponen las firmas.

Y ahora vienen con Cuba. Otra vez Cuba, esa isla que algunos sólo recuerdan cuando conviene al discurso, cuando sirve para una foto, para un acto patriótico de salón, para un aplauso fácil en la Calle Ocho. Cuba, mi país roto, hambriento, vigilado, convertido en laboratorio de obediencia y también en botín de los que dicen salvarla. Ya lo hicieron antes. Ya nos inventaron soluciones desde fuera. Ya confundieron -¿confundida o aprobada o impuesta?- la caída de un tirano con el nacimiento automático de una república (comunista). Ya permitieron que el castrismo cambiara de uniforme, de idioma, de contabilidad, sin dejar de ser lo mismo: una maquinaria de miedo.

Ahora, al parecer, preparan otro gobierno insulso, improvisado, de salón refrigerado y hambre ajena. Un gobierno de abogados voraces, de técnicos sin alma, de patriotas sin currículo y sin pueblo, dispuestos a robarle a los cubanos no sólo el país sino la Constitución de jure de 1940, como si la República fuera una escritura pública abandonada en una gaveta de Coral Gables. Pretenden presentarle una Cuba a Trump, como quien entrega un plano inmobiliario: aquí irá la transición, aquí la inversión, aquí los perdones, aquí los viejos nombres reciclados con corbatas nuevas.

Lo vimos recientemente en Miami, todavía estoy aquí, respirando ese aire espeso donde el exilio se mezcla con la esperanza, el cansancio y la sospecha. Allí algunos se presentaron como si fueran la antesala de un poder inevitable. Hablaron de acuerdos fatuos, de futuro, de gobernabilidad, de una supuesta nueva institucionalidad. Pero detrás del vocabulario pulcro asomaba la vieja tentación cubana: sustituir al pueblo por una élite, cambiar una dictadura por otra tutela, llamar consenso a lo decidido entre pocos y llamar democracia a lo que nace sin consulta verdadera.

No me vengan con que hay que ser prácticos. La palabra práctico ha servido para justificar demasiadas cobardías. Práctico fue mirar hacia otro lado cuando encarcelaban muchachos por gritar libertad. Práctico fue negociar con tiranos mientras las madres lloraban frente a las prisiones. Práctico fue aceptar que el exilio debía portarse bien para ser escuchado. Práctico es hoy diseñar una transición sin los cubanos de adentro, sin los presos políticos, sin los desterrados pobres, sin los que no tienen lobby ni micrófono ni foto junto a nadie importante.

Este artículo me traerá nuevas enemistades, lo sé. Nuevos retiros de saludo, nuevas miradas torcidas en restaurantes, nuevos insultos públicos. Ya he visto ese mecanismo: primero te invitan a callar por estrategia; luego te acusan de dividir; después te convierten en enemiga de la causa. La causa, naturalmente, son ellos. La patria son ellos. La libertad son ellos. Y si una osa disentir, entonces una estorba, una exagera, una no entiende los tiempos. Pero he aprendido que cuando ciertos patriotas se molestan demasiado, conviene revisar qué negocio espiritual -digámoslo con la palabra de Dios, cuando en verdad sería la del Demonio- les ha tocado.

Numerosos fantoches, nutridos por los millonarios grants, han pisoteado con ligereza lo que muchos hemos hecho durante años en Europa, en América, en cada rincón donde fue necesario explicar que Cuba no era una postal triste ni una dictadura folclórica, sino una cárcel política sostenida por complicidades internacionales. Ahora aparecen emisarios que llegan vanagloriándose de ser el nuevo gobierno nombrado por Estados Unidos para la futura Cuba. ¿Quién los nombró? ¿Quién les dio esa llave? ¿En qué urna, en qué barrio, en qué prisión, en qué cola del pan se les concedió semejante mandato? ¿Qué obra a la altura de los verdaderos intelectuales y empresarios cubanos han esculpido por la patria?

No se trata de rechazar la ayuda de Estados Unidos. Sería absurdo negar que una nación poderosa puede presionar, sancionar, abrir espacios, acompañar una reconstrucción. Pero acompañar no es sustituir. Ayudar no es administrar. Presionar a una dictadura no significa fabricar una democracia en laboratorio. Los cubanos no necesitan otro comité de salvación nacional con acento de conferencia y apetito de ministerio. Necesitan recuperar la soberanía, la ley, saldar la deuda histórica, salvar la propiedad robada, la dignidad triturada y la posibilidad de equivocarse por sí mismos, que también eso forma parte de ser libres.

Porque el peligro no es sólo que nos roben nuevamente la República. El peligro es que nos roben la democracia antes de estrenarla. Que nos entreguen una Constitución mutilada y falsaria, una transición tutelada, una oposición domesticada, una justicia negociada y un relato donde los culpables envejezcan tranquilos mientras los oportunistas rejuvenecen en los cargos. El peligro es que nos digan: esto es lo posible. Y que, exhaustos, hambrientos, desconfiados, terminemos aceptando lo posible como si fuera lo justo. De los Castro esperaba el cambio fraude, de organizaciones elementales lo esperaba también, pero del gobierno de Estados Unidos, con ustedes, con Trump, con usted, no.

Señor Rubio, si de verdad quiere ayudar a Cuba, empiece por escuchar a los cubanos sin intermediarios autoproclamados. Escuche a los presos, a las madres, a los artistas censurados, a los campesinos arruinados, a los médicos esclavizados, a los jóvenes que huyeron por Nicaragua o por el mar. Escuche a ese exilio que no vive de administrar la tragedia, existe también y es numeroso. Escuche también a quienes no aplaudimos automáticamente cada jugada de Washington porque sabemos, por experiencia, que los imperios se equivocan con una seguridad admirable.

Cuba no puede ser otro experimento. No puede ser otra paz de sepulcros, otra estabilidad comprada al precio del silencio, otro país convertido en vitrina para que algunos declaren victoria. La libertad cubana no cabe en un memorando, ni en una reunión privada, ni en la vanidad de quienes ya se prueban el traje de gobernantes. Si van a hablar de la República, háganlo con respeto. Si van a hablar de democracia, empiecen por no hurtársela al pueblo. Y si van a hablar de Cuba, recuerden que Cuba no es de ustedes, ni de los Castro, ni de los nuevos pretendientes. Cuba es de los cubanos. Todavía. A pesar de todo. Contra todos los ladrones de pasado y de futuro. Y como dijo el escritor portugués José Saramago con relación a los Castro, ahora lo reitero yo frente a su gobierno: “Hasta aquí hemos llegado”.

 NULL

    

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Temas

Deja tu comentario

Te puede interesar