Hoy es una noche que aún a fines de marzo funciona como epílogo invernal o tiempo muerto para los almendros. El frío se postra en las farolas y yo, acongojado en estos ventanales, veo pasar los coches con su zigzag de sábado, prólogos del camión de la basura, trayendo consigo ese ruido amarillento que enerva cada ciclo de la fase REM.
Paseadores de perros
Narraciones que combinan vivencias y ficción con un claro propósito reflexivo
Ya es de madrugada, digamos que alrededor de las tres, y un hombre pasea encapuchado junto a su perro, deteniéndose por las esquinas, entre los deshechos y bajo las faldas de las luces. El perro hociquea ruedas de bicicletas, motos y coches. Arrastra sus fosas por entre las grietas de la acera, que irradian el nostálgico pis de sus compañeros.
Hay quien pasea a su perro a estas horas: camareros que acaban su jornada laboral, engullen fideos al microondas y cumplen con su deber de amo, o insomnes que, tras una tarde de vaguezas, molestan a sus vasallos caninos bajo la fe de satisfacer su necesidad de animal enclaustrado.
Hay paseadores de día, de peregrinaje a pipicán y romería al esparcimiento; incluso trabajadores del paseo que, arrastrados por un millar de correas tensas y peludas, intercambian sus servicios por unas pocas perras. También hay humanos que no permiten que sus animales de loft rocen la fría losa callejera y los enceldan en sus brazos y hasta en carritos de bebé. De hecho, a veces, es complicado averiguar quién de los dos es el chucho.
Y mientras tanto, yo, acongojado en estos ventanales, pensando en que debería sacar a mi perro.
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