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RELATO

Raúl Castro y el ojo de Zumbado

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión

Por CAMILO LORET DE MOLA

Cábalas, pitonisas, analistas y hasta algún que otro padrino afrocubano han aparecido en estos días a ofrecernos la fecha exacta en que debe desaparecer Raúl Castro de este planeta.

Debemos reconocer que ya alguno de estos druidas se ha atrevido a declararlo fuera de juego y como justificación del silencio oficial argumentan que somos las víctimas habituales de los tejemanejes desinformativos del régimen.

Recuerdo los juegos panamericanos de la Habana, en 1991, entonces un recurrente rumor ponía al general de ejército y ministro de las fuerzas armadas con las patas por delante: Raúl había desaparecido.

A diferencia del omnipresente Fidel, a Raúl nadie lo vio en la ceremonia de inauguración, ni entregando medallas en los podios de premiación.

Pero ¡oh milagro!: Cuando ya estábamos en las semifinales del béisbol lo sacaron de la cuarta dimensión y lo presentaron caminando por la arcilla del estadio latinoamericano.

Como no sabía nada de deportes, al militar de completo uniforme se le ocurrió preguntarle al tercera base de los Industriales, Lázaro Vargas, si el era el tipo de la mala cara que siempre arrastraba el bate y se fajaba con todo el mundo. Vargas no sabía si reírse o pedir disculpas.

Al general, evidentemente con algún padecer, lo caminaron un rato por el terreno y se lo llevaron de nuevo.

En aquel entonces, la premura de sacarlo no paró los rumores, solo consiguieron que cambiaran de estilo. Hubo quienes decían que era una política de los hermanos esconderse para crear ansiedades.

Otros aseguraban que una cura alcohólica periódica era necesaria, de allí las desapariciones.

Incluso un tercer grupo hablaba de un tratamiento psiquiátrico que Fidel le había impuesto luego del trauma del juicio de Ochoa dos años antes.

Pero los tiempos han cambiado y el horno no está para jugar a las escondidas.

Ahora también hay rumores, desde quienes creen que es un rejuego para que Trump no lo vaya a buscar, hasta los que hablan de un ensayo general para ver como reaccionarían los de a pie ante la ausencia del último eslabón de los dictadores históricos.

O realmente se está muriendo... perdiendo sus capacidades... como cualquier anciano de noventa y cinco años.

La versión más seria nos llega del Diario Las Americas, un medio de prensa nada dado al amarillismo y que presume de filtraciones sobre accidente cerebro vascular que lo tendría en coma y con respiración asistida.

Otros sitios de internet asumen como cierto un supuesto protocolo filtrado para los funerales de estado.

Para mí un documento apócrifo, plagado de disparates, como asegurar que será enterrado en el tercer frente oriental, cuando es de sobra sabido que ya existe un mausoleo en el segundo frente, donde se encuentra enterrada Vilma Espin y donde el imberbe rebelde realizó toda su campaña guerrillera.

El tercer frete oriental esta ligado a Juan Almedia Bosques, nunca a Raúl Castro.

Un entrañable amigo, Carlos Alberto Montaner, me insistía que los dictadores mueren cuando a los sobrevivientes de esos regímenes les da la gana de matarlos. Que, mientras oficialmente no lo publiquen, todo lo demás será ruido y suposiciones.

Así que atendiendo al dictum de mi estimado Montaner, Raúl Castro morirá cuando a Díaz Canel le de la gana de anunciar la esquela mortuoria.

Quizás pase como contaba el humorista cubano Héctor Zumbado en una de sus memorables ocurrencias sobre un presidente vitalicio, al que los médicos le amputaban brazos, piernas, órganos del cuerpo y, aun así, el hombre seguía preservando el poder.

Al final solo quedaba un ojo, que los médicos se pasaban de mano en mano, porque ninguno se atrevía a declararlo oficialmente muerto.

Narraba Zumbado que el problema estaba en aquel ojo abierto, de par en par, que inquisitoriamente los miraba, como si los vigilara más allá de toda lógica, anunciando consecuencias para el atrevido.

Nunca entendí como aquella narrativa logró esquivar la censura oficial.

“¿Y si se muere entonces?”, me increpa mi hija mayor,” ¿todo será distinto?”, creo que se burla porque me pone una coletilla, “al otro día el represor seguirá golpeando, el apagón seguirá llegando y el basurero creciendo”, se ríe y me desarma, pero sigue con su razonamiento: “tengamos claro que Raúl no es el muro de contención de la felicidad. Si estas contagiado, la infección no desaparece con la muerte del perro que te mordió, tu sigues enfermo después”

Mi hija tiene razón, Raúl más bien es la causa de que la caja de pandora se abriera y obsequiara a los cubanos con todos los males del mundo.

Se necesita mucho más tiempo que el de un funeral para que las mareas de la muerte abandonen nuestra isla, para que el sistema represivo acabe de volverse incorpóreo.

Pero todo camino, incluso el mas largo comienza con un primer paso y la partida de Raúl puede ser la zancada de arrancada.

Le cuento a mi hija de una canción de Charly García, una que escuchábamos antes de ella naciera, en la que el irreverente argentino nos aseguraba que, sin remedio, los dinosaurios van a desaparecer. Y entonces como dijera Zumbado, puede que, con la muerte del último dinosaurio, llegue la cagástrofe.

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