viernes 4  de  septiembre 2026
OPINIÓN

"Virgen de la Caridad, salva a Cuba!"

“Oye nuestro ruego, salvanos a tiempo, como a los tres Juanes, no nos desampares, intercede con tu amor ante el Senor…” Plegaria por Cuba, Jorge Luis Piloto

Por NINOSKA PÉREZ CASTELLÓN

Uno de los recuerdos más gratos de mi niñez está ligado precisamente a un 8 de septiembre de 1961. Han pasado tantos años, pero todavía puedo sentir la emoción de aquel día, cuando miles de cubanos, recién llegados al exilio, acudimos al Estadio Bobby Maduro de Miami para celebrar la fiesta de nuestra patrona, la Virgen de la Caridad del Cobre.

¡Había tanto por lo que rezar!

Cinco meses antes, el 17 de abril, 1.500 cubanos habían desembarcado en Cuba, como parte de la Brigada 2506. Entre ellos, mis hermanos, tíos, primos y un sinfín de amigos de la familia. La invasión fracasó por la falta de ayuda prometida por la administración del presidente John F. Kennedy y alrededor de 1.200 sobrevivientes habían quedado prisioneros del régimen de Fidel Castro. Cuba había caído en las garras del comunismo y comenzaba el gran éxodo que aún no ha cesado. Los cubanos llegaban a Miami sin dinero, habiendo perdido todo por lo que habían trabajado una vida entera. Quedaban atrás seres queridos, llegaban a un país extraño y a un idioma que no conocían. Las familias eran divididas por la ideología, las cárceles estaban llenas y el paredón de fusilamiento funcionaba a diario. Comenzaban a cerrar iglesias y escuelas católicas y tratando de arrancar la fe del corazón del cubano. Los nuevos exiliados cargaban todo lo que tenían en una pequeña maleta, pero la dosis de tristeza, angustia y temor no cabía ni en las maletas ni en los corazones rotos. Aquella noche, unos 30.000 cubanos llenaron el estadio. Nadie imaginaba que la Virgen que iban a venerar llegaría ese mismo día desde Cuba. Cachita, una exiliada más, uniéndose a las filas del destierro.

La imagen provenía de la parroquia de Guanabo y había logrado salir de la Isla de manera clandestina. Llegó a Miami como otra exiliada más, después de atravesar las circunstancias extraordinarias de aquel viaje. Finalmente se supo que la Virgen estaba en camino al estadio, la multitud aguardaba ansiosamente sin importar su demora. Cuando la pequeña imagen hizo su entrada triunfal aquel estadio la recibió de pie, agitando pañuelos blancos y clamando a una sola voz:

“¡Virgen de la Caridad, salva a Cuba!”

Quizás aquella fue una de las misas más solemnes y emocionantes que he presenciado en mi vida. Hasta la fecha, cuando quiero recordar algo alegre veo los pañuelos blancos agitados en la noche y el clamor de un pueblo que, a partir de ese momento, se sintió menos solo.

Pero para entender por qué aquella imagen podía provocar semejante emoción hay que remontarse mucho más atrás, a los orígenes mismos de la nación cubana.

La historia cuenta que en 1612, en la bahía de Nipe, tres hombres, los llamados tres Juanes, encontraron flotando sobre las aguas una imagen de la Virgen María con el Niño Jesús en sus brazos y una pequeña cruz. La tabla sobre la que aparecía la imagen llevaba una inscripción: “Yo soy la Virgen de la Caridad.” Aquella imagen fue llevada a El Cobre, en Oriente, donde comenzó a crecer una devoción que con el tiempo atravesaría clases sociales, razas y generaciones. La Virgen llegó para formar parte de ese proceso misterioso mediante el cual nació algo que todavía no tenía nombre: la cubanía.

Y no es casual que uno de los primeros grandes episodios relacionados con la libertad de los cubanos ocurriera precisamente en El Cobre. En 1801 se leyó allí la Real Cédula que reconocía la libertad de los esclavos de las minas de El Cobre y su derecho a poseer tierras. Décadas antes de la abolición general de la esclavitud en Cuba, la Virgen ya estaba asociada, en la memoria popular, con la justicia y la libertad. Con la Guerra de los Diez Años, esa relación se hizo todavía más profunda. Los mambises llevaban con ellos medallas, estampas o pequeñas imágenes de la Virgen. Para muchos era la protectora en medio de la manigua, una presencia maternal en un mundo de hambre, enfermedades, muerte y combate.

En diciembre de 1868, las fuerzas independentistas ocuparon El Cobre. Poco después, Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, visitó el santuario. Allí, ante el altar de la Virgen, se arrodilló y puso la causa de la independencia de Cuba bajo su protección. Desde entonces comenzó a llamársela también la Virgen Mambisa. La devoción no terminó con aquella guerra. En la manigua, los soldados celebraban su fiesta aun cuando no tenían prácticamente nada. El testimonio de Ignacio Mora describe cómo, en medio de la pobreza y sin alimentos suficientes, los cubanos buscaban cera para encender velas a la Virgen. Era la fe que los acompañaba, era la Virgen Mambisa la que les daba fuerza.

En 1895, durante la nueva guerra por la independencia, continuaron llevándola en el pecho. Y en 1915, terminadas las guerras, unos 2.000 veteranos mambises, entre ellos los generales Jesús Rabí y Agustín Cebreco, llegaron a caballo hasta El Cobre para solicitar al papa Benedicto XV que reconociera oficialmente a la Virgen de la Caridad como Patrona de Cuba. En 1916, la petición fue concedida.

Pero quizás la historia más conmovedora de la Virgen es que nunca dejó de acompañar a los cubanos. Cuando comenzó el éxodo después de 1959, también ella emprendió el camino del exilio, aunque como buena madre se dividió en dos. Una permaneció en el santuario del Cobre, la otra en la Ermita de la Caridad aquí en Miami. Porque aquella pequeña imagen que llegó al Estadio Bobby Maduro el 8 de septiembre de 1961 es la misma que hoy se venera en la Ermita de la Caridad de Miami. Allí acuden los cubanos para pedir, agradecer, cumplir promesas, rezar por un enfermo, por un hijo, por los que están lejos y, sobre todo, por Cuba.

Quizás por eso la Ermita es mucho más que un santuario. Para generaciones de exiliados se convirtió en un pedazo de Cuba acompañada por ese marque tanto nos ha marcado. Hay quienes llegan con lágrimas. Algunos a prender una vela, una medalla o una promesa que vienen a pagar. Y hay quienes simplemente se sientan frente a la imagen y miran las olas, porque el mar, para los cubanos, también es memoria: el mar que separa, el mar que acerca, el mar que tantos han cruzado para encontrar libertad.

Pero de todas las manifestaciones de esa devoción hay una que para mí resume mejor que ninguna otra lo que significa la Virgen de la Caridad para los cubanos: ver a una madre recién parida acercarse al altar, colocar a su bebé ante la Virgen y consagrárselo a María. Es un gesto sencillo y, al mismo tiempo, inmenso.

Porque María es la Madre de Dios. Pero para los cubanos, bajo la advocación de la Caridad del Cobre, se convirtió también en la madre de todos: de los que nacieron en la Isla y de los que nacieron lejos de ella; de los que se quedaron y de los que partieron; de los que combatieron en la manigua y en las playas de Giron, en las montañas del Escambray. Acompañó a miles de hombres y mujeres a sobrevivir un presidio inhumano, aunque rezar un rosario a veces era razón para una golpiza. La Virgen de la Caridad es la madre de los que llegan al exilio, y la de los que mueren sin ver a Cuba libre.

La historia de Cuba puede escribirse con fechas, guerras, presidentes y revoluciones. Pero también puede escribirse con una imagen de una Virgen que nos llegó sobre el mar. Una Virgen que encontraron tres hombres en las aguas de Nipe, que acompañó a los esclavos de El Cobre, que recibió las oraciones de Céspedes y de los mambises, que partió al exilio y a la que pedimos con fe y devoción que salve a Cuba.

Quizás esa sea la razón más profunda de su devoción. Los cubanos podrán perder un hogar, una ciudad, o incluso la patria. Pero mientras exista una madre en el exilio que acuda a la Ermita de la Caridad a poner a su recién nacido a los pies de la Virgen de la Caridad, seguirá existiendo en el destierro un lugar donde encontrar a Cuba, a pesar del tiempo y la distancia.

Por eso, cuando el Padre Espino, rector del Santuario Nacional de la Ermita, me pidió que pintara una Virgen de la Caridad para el certificado que acompaña a cada niño al ser presentado ante ella, supe una vez más que la Virgen continuará acompañando a nuevas generaciones, que crecerán bajo la protección del manto sagrado de María. Cuba será eterna, como también la presencia de la Virgen de la Caridad del Cobre en el corazón de los cubanos. No importa cuán lejos estemos de Cuba.

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