Desde la historia de los tiempos el hombre no ha cesado de buscar y ganar terreno en la sabiduría. Sin embargo, existen claras diferencias entre los sabios y los artistas, rara vez encuentras a un sabio también artista en una misma persona, porque los dones son dados por Dios, muy particulares, y según lo que toque; es cierto que infinitamente variables y a veces hasta muy bien repartidos. Jesús Cepp Selgas es un hombre-duende, un hombre-infante, un hombre-fuego, un hombre-demiurgo, un hombre-monstruo, un hombre-guerrero, un hombre-santo, un hombre-demonio… El santo, la divinidad, triunfa sobre lo endiablado. Selgas pertenece a numerosas categorías desde su alma de artista como desde su memoria de sabio. Pudiera decirse que en él se conjugan lo humano del animal, y lo salvaje del hombre. ¿No creyente? No lo veo así, desde su arte es el más creyente inmerso en los rezos dibujados sobre una cartulina, sus oraciones son pinceladas en el lienzo.
Selgas: La armonía del conocimiento
Al ser cubano será por destino otro escapado del infierno que otros tomaron como paraíso; la fuga define su obra
Al ser cubano será por destino otro escapado del infierno que otros tomaron como paraíso; la fuga define su obra, en el sentido bachiano de Juan Sebastián Bach y lezamiano, por José Lezama Lima, en aquel cuento titulado Fugados. Es otro escabullido del Mariel al que le impusieron la huida del Trópico hacia el Norte. Un contrarrevolucionario de postín y revolucionario en las artes, pese a los magos negros que convirtieron el oro en pesadilla perpetua.
Compartió su vida, digamos que, entre dos B, Briel y Bill. A ambos los conocí, y ambos me emocionaron de distintas formas, y cada uno por su carácter. En Nueva York, en aquel apartamento de la 44 entre la 8va y la 9na, frente por frente al de Reinaldo Arenas, Briel me miró a los ojos la primera vez que nos dimos cita con Gustavo Valdés, bebimos cerveza irlandesa muy fría, indagaba si yo era de verdad una effrontée como le habían dicho. Al fondo Selgas ya estudiaba mi rostro para en el futuro delinearlo, fundido con el de su idea de la Venus caribeña, como el pintor y mitógrafo que es, en su estilo, que es el estilo de los sabios que no saben que lo son.
Selgas había creado ya un Bestiario de líneas, redondeles, figuras, que luego compartiría con aquellas colecciones de porcelana del amado Bill. Los animales de su Bestiario eran tan reales, y al mismo tiempo tan imaginarios, que a veces quería atraparlos y resbalaban entre los dedos o entre los entresijos de mi mente; cual fantasmas y exuberancias de cualquiera de las formas posibles. Bill era otro ángel cálido.
Selgas es un valiente pintor cubano, enfrentó al cinismo y al espanto con audacia e inteligencia; no le pudieron impedir que pintara, recortara, pegara, esculpiera, que sus sueños abandonados en La Habana se convirtieran en extraordinarias piezas en bronce, madera, cerámica, en el atelier de su espíritu. Qué importaba si era arte, no arte, antiarte, seguía siendo delirio libertario. Un frenesí que rompió todo parámetro civil y parametrismo militarista. Selgas es el mejor cómplice en cualquier combate; glorifica a sus amigos, inclusive cuando muerden, gruñen, arañan, porque todos somos sus bestias predilectas en el circo del arte, de la vida. Sé que soy una de sus criaturas elegidas, como él lo es también mío. En una Bacanal literaria ambos seríamos todavía jóvenes y al mismo tiempo dionisíacos y apolíneos, la reflexión y el desenfreno. Alfred Jarry y Ubu-Rey, unidos debajo de la colcha, palabra que prefiero a la de manta.
Resulta curioso abrir el álbum familiar y contemplar esos seres arrebatados del olvido, sus rostros reflejan el enigma de la identidad subterránea. Su esencia, reinterpretada desde antes resulta menos seductora que la sustancia que imaginamos fluyente de los recuerdos. Las sienes laten afiebradas ante las imágenes de la locomotora de la vida, emociona enfrentar esos rasgos consanguíneos, hieráticos o lujuriosos, en la profundidad pigmentada del óleo. En diversas ocasiones, de tanto observar un cuadro, el espectador pudiera llegar a parecérsele, mediante deseo enfático, por enigmática emoción intuitiva, o enervamiento de los sentidos, esos que recalan en la erudición.
Jesús Cepp Selgas es el Fayoum cubano, extendido al cuerpo, a la piel; lo que diferencia a aquel pintor del Egipto Medio, autor de los hermosos retratos greco-egipcios, de Selgas, es el origen del calor, la sustancia de la luz, el espesor de la arena. En la obra de Selgas advierto una luminosidad transpirable, polvillo fino como el polvo de arroz que maquillaba las facciones nefertíticas, llamaradas aristocráticas, leche tibia y natosa en el mato de ‘El origen de todos los enigmas’. Las Mercedes transcultivada y transculturada en Obbatalá, bajo una gasa de ternura, a través de cuyo tejido se filtran los misterios de sus complejas miradas.
La obra de Selgas es geométrica y barroca, surgida del altar donde se funden y mezclan las sensaciones; encandila a los paseantes la Diosa-Artemisia recostada dentro de una concha marina, el cráneo rapado, el índigo del mar jaspeado en posición de configurar la protección maternal del vientre, moldeado el ombligo de la inteligencia en la licuada vehemencia del océano que baña a la Virgen de Regla, Yemayá, Nuestra Señora del Agua.
El pintor es el bien y su esencia, sin parecidos, sin dobles, él es su propia réplica. Su obra es humus y un summum. El exceso que invade la huella, que la baña con el jugo de la libido y la devora de mordida onírica. Es pura esencia que asciende desde el humo telúrico hasta la cortina del aguacero. Una tarde le escribí desde París: “Mirar intenso a las paredes blancas es adentrarse en los espejos”. Selgas sonrió y musitó desde Nueva York: “De ellos emana una reminiscencia a lirios, de gladiolos aplastados, de rosas pálidas de girasoles molidos, a todo eso que somos: Espíritus arrullados por ilusiones de libertad, perdidos y hallados en la vasta y armoniosa naturaleza”.
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