La circunstancia – no es fatalidad sino drama, en búsqueda de una solución – que hoy interpela a Venezuela, reducida al Pent House de una república de utilería, ha de encontrar correcciones prontas y oportunas. Está en riesgo de toparse con otra frustración, obra de un teatro de ficcionar y hacerle fraude a la democracia, reinstalando entre los venezolanos el mito de Sísifo. Ello me obliga a insistir sobre una cuestión vertebral a riesgo de repetirme. Me refiero a la importancia de aprender a «vivir en la verdad, tema pendiente para una nación como la nuestra, históricamente preterida, sujeta a la tutela de la república desde las guerras por la Independencia y urgida de reencontrarse con sus raíces libertarias extraviadas.
Servir o no a la verdad: el dilema de Venezuela
Un análisis minucioso y normativo que plantea reflexiones y tiene en cuenta los dictámenes de la historia
Alude esto a la cuestión de la reconstrucción de la confianza como institución invisible de la libertad, cuya verdad – no el interés ni los intereses que en la “circunstancia” hoy transan las élites del poder – es la única que le puede darle soporte firme a un proyecto de país viable y al andamiaje que luego la exprese orgánicamente. Es la búsqueda agonal de una forma legítima de reconocernos en lo que somos, reintegrarnos y a partir de ello forjar un poder genuino, auténtico, verdaderamente comprometido con la garantía de la libertad de todos y para todos, que sea favorecedora de nuestra experiencia democrática como derecho. Nunca más cabe digerir al poder como instrumento para la renovación de sus formas de tutela o de secuestro de la voluntad y la conciencia de nación, presentes hasta el momento.
Mi opinión al respecto no es el producto de un vano ejercicio teórico, menos ingenuo. Bien entiendo que sin Derecho con mayúscula desaparecen la libertad y los derechos de las personas. Lo sabemos los venezolanos. Y sin un poder constituido que los asegure, aquél y éstos terminan como catecismo de buenos propósitos. Pero he aquí lo que sí cabe advertir, a saber, que en esta materia el orden de los factores altera al producto. Y ese orden lo determina una premisa, la verdad y, repito, la voluntad de una nación a la que se busca secuestrar otra vez y como antes, a manos de las elites de un poder ilegítimo y coludido, tanto político como económico, de vocación expoliadora.
Llegó a mis manos, recién, una encuesta que reduce el favor popular que otras encuestas de fechas cercanas le acreditan a María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz, empeñada en orientar y acompañar el proceso de reconstrucción venezolana desde el ángulo y la perspectiva del ciudadano. El encuestador de marras, practicante de un oficio muy devaluado en América Latina – que lo digan los brasileños y los colombianos – afirma que los venezolanos – quienes “están felices” según el inquilino de la Casa Blanca - nos encontramos en la disyuntiva de pavimentarle el camino a otro liderazgo emergente.
La banalidad “republicana” de ese constructo, que estima a nuestra nación como frívola y voluble, atado por lo demás a una lógica utilitaria similar a la que administraban los partidos políticos desde la agonía de estos en el siglo XX hasta las elecciones primarias de 2023, está al desnudo. Basta con advertir que cifras más adelante, el encuestador reconoce el daño antropológico sufrido por el pueblo venezolano durante los últimos 26 años; que este resiente el mal absoluto padecido y sueña con su final, con su vuelta desde el ostracismo. El reencuentro, el restablecimiento de la empatía, de nuestros hilos de confianza recíproca destruidos, aparece como lo vital y existencial, sólo entendible desde el ángulo de lo sociológico y no conjugable, cabe advertirlo, desde la lógica del poder o de la ciencia política.
A Venezuela se la ha visto sólo desde el atalaya del poder institucional y de sus inútiles mesas de diálogo entre sordos, nutridas por la generosidad de los odios y las traiciones; todavía más en un país – el nuestro – que se encuentra constitucionalmente desmaterializado, desde 1999, cuando se impuso la Constitución Bolivariana y se la transformó en una gran mentira constitucional.
Se ha dejado de lado la otra perspectiva, la veraz y real: la que se alcanza desde la periferia. La que se mira en los ojos de una nación, la venezolana, ya madura para valerse por sí misma y a la que se busca apresarse una vez más para sostenerla como víctima irredenta, tan olvidada como las víctimas del doble terremoto y las que permanecen en las ergástulas del Rodrigado para ser usadas como monedas de cambio. La república que queda atrás y la que se negocia mejor se parece a una casa de apuestas. No es importuna, inoportuna o impertinente, por lo mismo, la pregunta crucial que hemos de hacernos y que en su momento se hiciese Vaclav Havel, artesano de la transición checoslovaca tras el régimen comunista que esclavizó y silenció a su pueblo: ¿Es posible construir un Estado desde la verdad?
He aquí, pues, las dos cuestiones que deben interpelarnos a todos los venezolanos: ¿Seguiremos sobre el camino de Eudomar Santos: cómo vaya viniendo iremos viendo? ¿A tropezones iremos resolviendo aquí y allá, sin reparar en un proyecto de vida estable, decente y digno para todos, rindiéndole culto a lo presente, a lo instantáneo, de suyo a la mentira como fisiología de la existencia? ¿O asumimos, en el marco de un debate sincero, el desafío de construir una realidad social e institucional que sea el resultado de una clara conciencia de nación, testimonio auténtico de nuestra voluntad como pueblo, y reparadora del sufrimiento padecido, a través de la memoria y la verdad?
Por lo pronto, tras el 3 de enero y la extracción de Nicolás Maduro y de su socia de empresa criminal, Cilia Flores, hay que decirlo sin ambages, lo único visible es el sostenimiento del territorio de Venezuela como plaza de remate de sus activos y en pública almoneda, bajo una república sin nación, que apenas frisa casi dos centurias como andamiaje militar con intersticios civiles y que se hizo fantasma durante ese día icónico.
De la cosmética del poder a la reconstrucción de una nación libre
Nuestra realidad material, sin reparo en los efectos espirituales que se le siguen irrogando a la nación en su conjunto, sigue siendo vista como el botín que se le arranca a la fuerza a un déspota desalmado y que pasó de manos como prenda de guerra, a otra potencia extranjera. Ayer lo fue Cuba y luego Rusia, China e Irak. Ahora es el Pentágono, suerte de empresario petrolero aliado con la buhonería empresarial y una burocracia virreinal de partidos franquicias, presta para la distribución de canonjías que permitan estabilizar a una república imaginaria. Esas tenemos. Y vayamos con las valoraciones ético-políticas que estos hechos ameritan.
Jürgen Habermas, un izquierdista serio, intentando elaborar el pensamiento renovado de la izquierda tras el final del comunismo – nada que hacer con la colcha de retazos del socialismo del siglo XXI y la demencial corruptela en que esta sumió a sus seguidores de manos de Fidel Castro y Luiz Inacio Lula da Silva – desde el ángulo europeo y atendiendo a las revoluciones ocurridas en la Europa del Este, vincula la idea de “vivir en la verdad” con el rechazo de un sistema basado en la mentira.
Se refiere a lo que compartían, a su vez, los comunistas con los fascistas italianos, tocándose ambos desde las colas. No por azar, Piero Calamandrei, lo cito por enésima vez y no me canso, describió lo que conociese bajo el régimen de la mentira como fisiología del poder instalado por Benito Mussolini, que no era otro que el fraude continuo y sistemático a la legalidad, la legalización de la ilegalidad, para normalizar al engaño constitucional. De allí que Habermas reparase, como necesario y al respecto, en el indispensable y necesario encuentro de los fundamentos pre políticos del Estado constitucional de Derecho. Es aquello que mejor enseñan la Patrística y Emmanuel Kant cuando se refieren a la búsqueda de la verdad, más allá de lo que indica el mundo sensible y de las emociones – esas que exacerban los algoritmos – y que se ha de encontrar, antes bien, en el interior de cada hombre, en su alma.
En el devenir de la fallida y, al parecer, olvidada transición democrática que emprendieron los partidos de la llamada Unidad en 2019, que estos mismos entierran tras un pedido de Nicolás Maduro a la Administración Biden con vistas a los Acuerdos de Barbados, sus autores anunciaron que regresarían a la vigencia de la Constitución a partir de sus mismas normas, desconocidas y violentadas por la dictadura y que aún sigue en pie.
No obstante, le dieron vida a un Leviatán sin relación ni tradición alguna con el devenir republicano de Venezuela, ajeno al mismo texto constitucional que afirmaban defender. Forjaron un gobierno parlamentario colegiado, de distribución de cuotas clientelares entre los partidos y, antes que cumplir con lo mandado por la Constitución ante la falta de un presidente electo, es decir, convocar a elecciones presidenciales, optaron por gobernar sin límite de tiempo, sobre un pequeño pedazo de los activos de la república: aquellos que lograba quitarle Estados Unidos al régimen de Maduro, mediante sus sanciones.
Ese intento culminó en un ajuste de cuentas, en 2022, sobreviviéndole una mera “sindicatura de la quiebra”, necesaria para la disposición sucesiva de esos activos por la Casa Blanca. Mas llegado el año 2026, como si los poderes republicanos no tuviesen límites temporales en las democracias teatrales o autoritarismos electorales del siglo XXI, son resucitados a dedo diputados miembros de la fenecida Asamblea opositora para que departan y dialoguen con otra Asamblea ilegítima, la de 2026. Su propósito fijado es, a través de un sincretismo de laboratorio, restablecer los fueros de la libertad, de manos de jueces y rectores electorales forjados por una suerte de doctor Frankstein. Lograr que la ilegitimidad y su maldad connatural, den lugar a otro estadio, de legitimidad ¿simulada, atenuada, transada?
La legitimidad que a posteriori se logró construir en América Latina y en Venezuela desde dictaduras precedentes, fue posible al hacerse presente la nación, que debe respetarse y cuya dignidad ha de ser respetada. Empero, los artesanos del despropósito actual forjan mataburros electorales, pues estiman a la nación venezolana como impreparada para el sufragio. Entierran y se empeñan en diluir para la memoria, la experiencia del 28 de julio de 2024, la elección de Edmundo González Urrutia, que ahora copian otras naciones del hemisferio para blindarse de la corruptela electoral y sus cortapisas tecnológicas.
Servir o no a la verdad, en suma, es el verdadero dilema de Venezuela. No es otro y tampoco es el de la cosmética del poder. Eso lo entendieron a cabalidad los alemanes tras el Holocausto y como premisa del orden que debían construir, para dejar atrás al mal absoluto. Se convencieron de que lo apriorístico – volvamos a Havel y a Habermas – reside en esa regla, en esa idea, en esa norma connatural a partir de la que registramos y leemos al mundo de lo sensible, sea el político, el relativo al poder y a sus manifestaciones varias, incluidas las mercaderiles o dinerarias, para valorarlas a tiempo y rectificar, cada uno, su camino personal y como sociedad. Esas reglas “son algo apriorístico, en lo cual el hombre, frente al mundo y su experiencia, se demuestra superior, libre, y autónomo”. Hace valer su dignidad inalienable como persona y como ciudadano.
El problema o el dilema venezolano es que, así como en la Alemania que hubo de superar al nazismo, su nación sujetó a la república a una prescripción constitucional situada en su pórtico, a cuyo tenor “la dignidad humana es intangible, y respetarla y protegerla es obligación de todo poder”, entre nosotros, antes bien, la Constitución bolivariana dispone que nuestro patrimonio moral y valores residen en el pensamiento de Simón Bolívar, el Libertador. Para este el poder es vitalicio, y la nación un conjunto de seres impreparados para el bien de la libertad.
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