CoreWeave era una empresa prácticamente desconocida hasta hace pocos meses. Había empezado como una compañía de minería de criptomonedas, pero rápidamente pivotó hacia algo mucho más ambicioso: convertirse en proveedor de infraestructura de inteligencia artificial (IA). En menos de un año, su valorización bursátil explotó. Desde su salida a bolsa a 40 dólares por acción, subió más de un 350%, alcanzando los 165 dólares en cuestión de semanas. Este ascenso fulgurante no fue casual. CoreWeave firmó contratos por miles de millones con empresas como OpenAI y Google, instaló centros de datos de altísima capacidad y se convirtió en uno de los primeros operadores en desplegar la nueva generación de chips de Nvidia, los Blackwell Ultra, en servidores diseñados por Dell con refrigeración líquida. Pero lo más notable no es el caso en sí, sino lo que representa: una tendencia de concentración cada vez más marcada en el mundo de la computación avanzada.
Soberanía imposible: solo cinco empresas decidirán el futuro de la inteligencia artificial
La IA no dispersa el poder, lo organiza en torno a unos pocos nodos, cada vez más autónomos, más eficientes y más inaccesibles para quienes están fuera
Los llamados hyperscalers son empresas capaces de operar centros de datos que escalan de forma masiva. Gestionan cientos de miles de servidores distribuidos globalmente, con una eficiencia y flexibilidad que ninguna empresa tradicional puede igualar. Pero más allá de su definición técnica, lo que importa es que esos hyperscalers no son muchos. Amazon Web Services, Microsoft Azure y Google Cloud dominan más del 60% del mercado global. A ellos se suman algunos jugadores como Alibaba u Oracle, pero la lista no es larga. Estas empresas controlan el acceso a la infraestructura que hace posible la IA, la simulación científica, los modelos económicos complejos y, en muchos casos, las operaciones militares y de vigilancia más sofisticadas.
Esta concentración no se detiene en la capa de servicios. En el nivel más profundo, el del hardware, el mapa es aún más cerrado. TSMC, la fundición taiwanesa, fabrica prácticamente todos los chips avanzados del planeta. Nvidia, por su parte, diseña casi todos los procesadores gráficos utilizados para IA. Esos chips solo pueden fabricarse en TSMC. Así, la cadena entera de la IA moderna —desde los chips hasta los modelos que usamos a diario— está anclada en dos compañías y tres o cuatro centros de datos gigantescos. Todo el resto orbita alrededor de ellos.
Ante esta situación, algunos países desarrollan lo que llaman soberanía digital. Francia, Alemania y España propusieron proyectos como Gaia-X o consorcios propios para no depender completamente de los hyperscalers estadounidenses. Pero levantar centros de datos a esa escala no es una cuestión de voluntad política. Se necesitan recursos inmensos, acceso a chips que solo produce TSMC, acuerdos con Nvidia, servidores especializados, refrigeración extrema y, sobre todo, escala. Porque sin envergadura, los costos unitarios son demasiado altos y la competitividad desaparece. Por eso estos proyectos terminan siendo híbridos o asociándose con alguno de los grandes actores que supuestamente iban a evitar.
La paradoja es que incluso las startups que logran irrumpir, como CoreWeave, no pueden escapar a esta dinámica. Su éxito depende de acuerdos con Nvidia, servidores Dell, chips de TSMC y contratos con los mismos clientes que utilizan AWS o Azure. La IA no democratiza el acceso al poder computacional; lo concentra. Y lo hace con una lógica implacable: a mayor escala, menor costo por tarea, mayor eficiencia, más contratos, más datos, más entrenamiento, más ventaja.
Además, los mismos centros de datos que hoy se construyen masivamente son diseñados por IA. Algoritmos optimizan la ubicación de los racks, el flujo de aire, el consumo energético y los ciclos de mantenimiento. En breve, los datacenters serán estructuras autoptimizadas por IA, adaptándose en tiempo real a las cargas de trabajo, anticipando fallos y reajustando su arquitectura sin intervención humana. Esto vuelve aún más difícil la competencia para cualquier actor que no tenga acceso a ese conocimiento técnico o a esa escala de recursos.
La convergencia, entonces, es una consecuencia inevitable de las reglas del juego. La IA no dispersa el poder, lo organiza en torno a unos pocos nodos, cada vez más autónomos, más eficientes y más inaccesibles para quienes están fuera. CoreWeave, con su ascenso meteórico, es la excepción que confirma la regla: incluso los nuevos jugadores participan con las piezas de siempre.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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