@CarlosOmobono

La mejor Venezuela está por venir, aunque las cicatrices sean visibles, las diferencias se irán diluyendo poco a poco y con el tiempo. Hoy estamos ganando y eso hay que entenderlo ¡muy bien!

A causa de muchos venezolanos que, por represalia, sufragaron por el teniente coronel difunto como el vengador por erigir, prontamente compartimos idioma sin entendernos, teníamos un presidente que no conllevábamos y fuimos obligados todos a vivir en un terruño asfixiante. Algo había salido mal, se estaba fraguando e imponiendo, de hecho, la maldad. Y la venganza llegó ¡sí!, pero in primis, sobre los más pobres.

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En un principio parecía completamente capitulado vivir en una ciudad-isla, cualesquiera de las tantas ciudades venezolanas enclavadas en un país del que era muy complicado aventarse.

Si bien las diferencias entre nosotros, entre los unos y otros no eran muchas, todos queríamos una mejor Venezuela, solo que los cabecillas se ocuparon de catalogarnos a unos como patriotas y a otros como escuálidos. ¡Divide y vencerás!

Y resultó que la Venezuela de esos militares, fallidos golpistas, se convirtió en una región subdesarrollada que arrastraría consigo al país al más histórico desastre, en tan solo poco menos de 20 años.

Ya nunca más fuimos un país normal, aunque en apariencia éramos una democracia como las de nuestro entorno regional.

Y aunque el espeluznante pasado pareciera indicar que no podremos normalizarnos del todo, no es verdad. Hubo, a pesar de todo, pocas alegrías; a pesar del régimen, no gracias a él.

La llamada TUMBA permanece, eso sí, como un crimen singular con el que tendremos que vivir siempre. Si bien es irrefutable qué hoy presenciamos el lado más fascista y criminal de un régimen que agoniza, la violencia los terminará condenando. El carácter criminal del régimen ha encendido las alarmas del mundo.

Hemos ganado muchas cosas en estos pocos meses de 2019 desde que Guaidó nos mostró un camino, el inicio de la transición, una posibilidad cierta, erigidos sobre la roca fuerte de la solidaridad entre la gente. El hecho desencadenante es que ya no hay escuálidos, ni patriotas, sino venezolanos, hundidos todos por igual en la miseria a excepción de los jerarcas y los llamados enchufados. Ellos están más violentos que nunca, es verdad, pero la violencia termina destruyendo el mismo poder malsano.

La libertad para viajar o para leer todos los libros y periódicos que cada uno desee nos mantendrá ocupados, una vez en libertad, en cosas gratas. Atrás quedarán los días de hacer cola para comparar comida o medicinas, si es que hubiese suficiente en los escálfales, ¡qué nunca había!, para dicha de los miserables bachaqueros revendedores.

Nuestras biografías no son tan diferentes, como nos trataron de hacer creer los amos del régimen. Lo importante es que el objetivo de este proceso que lleva adelante el ingeniero presidente (E) Guaidó es tratar de establecer el no buscar revanchas, como se hizo otrora, lo que nos trajo desgraciadamente hasta aquí.

Son momentos difíciles, se entiende que estamos desalojando una dictadura y, aún así, pulula una sensación de seguridad ante la vida.

Tan es así que anoche soné que el venezolano se convertía en el pueblo más feliz del mundo, cuando en breve los usurpadores estén derrotados.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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