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Opinión

Turismo sobre víctimas

El sufrimiento, las torturas, las golpizas, la barbarie y el ensordecedor ruido de los disparos serán los fantasmas que acompañen a los visitantes

Por NINOSKA PÉREZ CASTELLÓN

“Jamás olvidaré ese silencio nocturno que me privó para toda la eternidad del deseo de vivir. Jamás olvidaré esos momentos que asesinaron a mi Dios y a mi alma y convirtieron mis sueños en polvo”. Eli Wiesel, sobreviviente del Holocausto.

En una Cuba a oscuras, con montañas de basura en las calles, con mal servicio en los hoteles y olor a represión, surge el primer ministro del régimen, Manuel Marrero Cruz, a decirnos la razón por la que no hay turismo en Cuba. “No por gusto los enemigos de la revolución se han empeñado en destruir el proyecto, en desacreditar el turismo, porque saben lo que representa un turismo próspero, generando ingresos y además dominan todo el potencial que tiene Cuba como destino turístico”. Así de simple, la culpa no es de ellos, es nuestra.

No importa si un canadiense se ahoga en el mar y dejan su cadáver en la arena bajo el sol durante ocho horas, ni que su familia pague $10,000.00 a una funeraria para que sus restos sean devueltos a Canadá y el muerto termine en un remoto pueblo en Rusia. Tampoco los asaltos, o la joven a la que le cayó un pedazo de techo en la nariz la noche antes de su boda y lo más visible en las fotos de las nupcias era el vendaje en su rostro y no el vestido de novia. Ni la anciana que se despertó durante la noche y resbaló rompiéndose la cadera porque el suelo de la habitación estaba inundado. Según el estado cubano, son pequeñeces que no deben impedir que los capitalistas dejen sus dólares en la isla del diablo.

A eso se une el penoso incidente de la exministra de Trabajo que le costó el puesto declarar que en Cuba no existen pordioseros que buscan algo que comer en los basureros; más bien son vagos disfrazados. Pero parece que los ministros están tan desesperados que hablan sin pensar. Me imagino el estrés de buscar soluciones a la inminente crisis. El ministro de turismo, Juan Carlos García Granda, propuso “visitar castillos” porque, según él, “constituye hoy motivo más que sobrado para quienes en el mundo planifican vacaciones con tintes de historia y cultura, como ocurre por estos tiempos en Cuba”. La imagen que acompaña el post es la de la fortaleza de la Cabaña.

El sugerido destino turístico es la sede que le ganó al nefasto Che Guevara el título del “Carnicero de la Cabaña” porque fue allí donde se instaló al comienzo de la revolución y, sin juicios, pruebas e inclusive con datos irrefutables de inocencia, se sació derramando sangre cubana ante el infame paredón. Los que duden pueden buscar en la internet el video de su comparecencia ante la Asamblea General de Naciones Unidas, en su propia voz cuando desafiante proclamó: “Sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario". “Nuestra lucha es una lucha a muerte”.

A la invitación del ministro de turismo en X respondí que, porque no aclaraba que en ese castillo donde ahora celebran fiestas y ferias, fusilaron y encarcelaron a miles de hombres y pregunté si se lo informaban a los visitantes. ¿Les contarán a los turistas que cuando los familiares llegaban en las mañanas aún se veía la sangre fresca en los antiguos adoquines de quienes habían fusilado esa madrugada? ¿Les contarán de la angustia de los presos al escuchar la orden de fuego, el grito de "Viva Cristo Rey", los disparos contra sus compañeros y el tiro de gracia? ¿Les contarán de la famosa frase del Che Guevara? Si el acusado vestía el uniforme del antiguo ejército o policía, hubiese pruebas o no para ponerle fin a su vida, la orden era: “¡Ese va de viaje!”

Por supuesto que el ministro me bloqueó en la X. Censurar, aplastar la verdad, evitar que otros saquen sus propias conclusiones es parte del macabro juego de las dictaduras. Difamar, calificar de terrorista, desacreditar son las ya gastadas armas a las que acude un régimen decadente como el de Cuba. En Alemania, los que otrora fueron campos de exterminio son hoy sagrados. La solemnidad se respira al pisar el suelo donde hubo tanta crueldad y se padeció tanto dolor. No así en Cuba, ese eterno carnaval donde la vida no vale nada y ahora pretenden sacarle beneficio económico al turismo.

No se lo contarán a los turistas, pero las voces de las víctimas jamás podrán ser silenciadas. El sufrimiento, las torturas, las golpizas, la barbarie y el ensordecedor ruido de los disparos serán los fantasmas que acompañen a los visitantes. Algo así como el recorrido del fantasma del manifiesto del fracasado comunismo que vio el comienzo de su fin con la fuerza de un pueblo derribando un muro.

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