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OPINIÓN

Un antídoto contra las guerras 

Las guerras de ocupación no tienen sentido para una mentalidad moderna. Es mejor negociar en paz con tu vecino que someterlo por la fuerza
Por JUAN MANUEL CAO

El mejor antídoto contra las guerras es la democracia. No es el único, pero casi. Los dictadores son más propensos a iniciar guerras porque pagan un precio menor por sus errores a nivel interno, porque las sociedades que gobiernan no tienen contrapesos y no poseen una prensa libre que movilice la opinión pública contra sus decisiones erróneas o caprichosas. Peor aún: los conflictos contra un enemigo externo les sirven para convocar la unidad nacional, acusar a los disidentes u opositores de traidores y exacerbar unas pasiones nacionalistas que le reafirman en el poder. No hay mayor peligro para la paz que una dictadura. Lejos de constituir un elemento estabilizador como creen algunos, a la larga las autocracias se tornan un centro de inestabilidad regional y por momentos, como vemos en el caso de Rusia, de inestabilidad global.

Las guerras de ocupación no tienen sentido para una mentalidad moderna. Es mejor negociar en paz con tu vecino que someterlo por la fuerza, es más útil cooperar con su prosperidad y beneficiarse a las buenas de ese intercambio, que explotarlo o empobrecerlo a las malas. Pero una tiranía es siempre un modelo desfasado al que le cuesta trabajo razonar y actuar con sentido crítico. Un autócrata es hoy un fósil político. No se puede esperar que actúe contrario a su naturaleza.

Sin embargo, las dictaduras proliferan y tras el fracaso de los regímenes del comunismo clásico se han reinventado, proponiendo al mundo la legitimación de unos modelos híbridos de autoritarismo competitivo. El talón de Aquiles del comunismo clásico fue la ineficiencia de sus economías, pero ahora los nuevos centralismos, como el chino, o a su manera el ruso, están consiguiendo ser despotismos eficientes insertados en la economía global.

No quiere decir que las democracias no se vayan a la guerra. Pero cada vez menos. Colonialismo e imperialismo son hoy dos malas palabras. El rechazo que terminó provocando la intervención en Vietnam, o la segunda guerra de Irak, hace que cada día le sea más difícil a un presidente norteamericano (o de otra democracia) involucrarse en un conflicto de tal magnitud. Tengan o no razón. Ya no hay guerras razonables: a la larga el horror al horror las condena. Quedan, eso sí, las pequeñas incursiones, los ataques quirúrgicos, y los conflictos de baja y corta intensidad, pero pocas democracias se aventurarían en contiendas de envergadura putinesca.

Un mal negocio

Contrario al mito, las guerras modernas son un mal negocio. Empobrecen y entorpecen, desvían recursos materiales y malgastan recursos humanos. Tampoco resultan rentables las guerras de ocupación o las invasiones con el propósito de apropiarse de bienes materiales o estratégicos. Nada de eso tiene verdadero sentido en la economía actual. El mundo está lleno de países con grandes recursos naturales que son profundamente miserables, como es el caso de Venezuela. Porque la riqueza, como la felicidad, está en otra parte. Los que trataron de explicarse la invasión de Irak con el argumento de que Estados Unidos obtendría petróleo, se equivocaron. Todavía no tienen una sola prueba de que esto haya sido así, más o menos como Bush no pudo probar la existencia de armas químicas.

Las democracias son frágiles y por ello resulta peligroso que convivan con sus parodias. Es un error que por omisión, o complicidad, terminen legitimando el fraude que constituyen estos sistemas híbridos. Sistemas que perciben la democracia occidental y las sociedades abiertas como malos ejemplos que necesitan extirpar. Cuando las democracias cohabitan con estos sistemas están durmiendo con el enemigo y colocándose la soga al cuello.

América Latina

Las dictaduras latinoamericanas han sido tan belicosas como cualquier otra. En 1955 Pérez Jiménez invadió Costa Rica con la ayuda de Somoza. Los aviones de combate venezolanos atacaron varias ciudades ticas e incluso San José, la capital. La guerra entre El Salvador y Honduras en 1969, bautizada frívolamente por Kapuciski como la guerra del fútbol, debió llamarse la guerrita de los militarotes.

Y fue la dictadura militar de Argentina la que inició la guerra de Las Malvinas. Y ha sido la dictadura militar cubana la que ha enviado tropas a Santo Domingo, Panamá, Nicaragua y Haití en 1959, o a Bolivia y Venezuela en 1967. En realidad la dictadura militar cubana ha sido un foco de conflictos continentales y tricontinentales, con intervenciones directas en países tan distantes como Angola, o Etiopía. La locura revolucionaria de Fidel Castro y su internacionalismo fue posible por la ausencia de frenos internos, porque su sistema represivo eliminó todos los contrapesos. Un estado que sigue vigente.

Hace mal Estados Unidos en menospreciar lo que ocurre al sur de su país. Presidentes y diplomáticos latinoamericanos, en cámara o tras ella, se suelen quejar de la despreocupación o la incomprensión de Washington. Algunos creen que esta desidia se debe a la creciente irrelevancia económica y militar de la región. Pero se equivocan porque el continente es un polvorín donde el populismo y la corrupción campean por su respeto. Y donde China y Rusia aumentan su nefasta influencia.

El mundo libre debería hacer un esfuerzo por diseminar de una manera más eficiente los valores de la democracia, la libertad y el progreso, y en lugar de promover una convivencia cómplice, ayudar con hechos a quienes dentro de cada nación se debaten contra las dictaduras de nuevo tipo. Deberían, porque un día esta realidad les va a estallar en la cara como hoy les ha estallado Ucrania.

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