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OPINIÓN

Un juicio firme sobre los dedos al aire

De las cosas horribles que sugieren un par de pies, la peor de todas no es su aroma, no siempre en sintonía con los efluvios florales de las rosas de un jardín, sino la insulsa contemplación de esa suerte de desvarío evolutivo que conforman los dedos
Por ITXU DÍAZ

Soy un firme defensor de que los pies de todo el mundo estén siempre tapados. El mero asomo a la existencia de un dedo ajeno me parece tan repugnante como cualquier araña, y ya es repugne para un aracnófobo como yo, que me desmayo solo de ver esas cosas peludas arrastrando su mal fario por cualquier lugar. Anoche vi una en mi cuarto y solté un alarido tan descomunal que falleció al instante de un ataque al corazón. Naturalmente no le practiqué la autopsia, pero esa caída de patas tan característica, como el pliegue de un paraguas, es síntoma inequívoco de infarto en una araña. Pensé al verla que al horror de ser araña, ese bicho añadía el de ir descalzo, por lo que no puede reunirse en una sola criatura tanta molestia junta para el resto de la humanidad. Que hay que ir descalzos, dicen ahora los sabios de la ciencia –esa colección de botarates-, y creo que prefería cuando decían aquello de que debíamos empezar a alimentarnos de insectos, porque tienen un montón de proteínas, y poca grasa, y porque eso evitaría que matemos tantas vacas al año. Y no me parece mal. Me sumaré a la corriente tan pronto como alguien consiga fabricar una Big Mac sabrosa con carne de mosquito.

En vestirse y no en desvestirse consiste siempre la civilización, dejó escrito Gómez Dávila, y esto puede aplicarse de un modo particular al asunto de los zapatos. Enseñar los dátiles al prójimo es síntoma de sociofobia, de guarrería, y de odio al vecindario. Nada tengo contra esas damas jóvenes y brillantes que visten con decoro y belleza esas sandalias tan aplicadas, pero fuera de eso, torturar al resto de viandantes con la presencia intimidatoria de unos pies debería estar tipificado entre los delitos de exaltación del terrorismo.

De las cosas horribles que sugieren un par de pies, la peor de todas no es su aroma, no siempre en sintonía con los efluvios florales de las rosas de un jardín, sino la insulsa contemplación de esa suerte de desvarío evolutivo que conforman los dedos. Sin dedos, la visión del pie resulta aún más grimosa, así que cortárselos no es una solución, entre otras razones porque dicen los médicos que sin ellos no se puede caminar. Particularmente, discrepo: a menudo me los dejo en casa y no me caigo al andar, pero conviene subrayar que siempre embuto mis pies en un par de zapatos, antes de pisar esa cosa tan hostil y peligrosa que llamamos acera.

Quien realmente contribuye a la estabilidad del cuerpo humano, además de la buena calidad del vino, es el dedo gordo. El más orondo de los dedos del pie es el culpable de que logremos mantener el equilibrio, incluso en esos momentos en los que el cerebro parece haber estado centrifugando en jugo de daiquirí, y la Tierra decide comenzar a dar vueltas sobre sí mismo por el mero placer de ver a cuántos idiotas logra tirar al suelo. Luego te levantas, claro, que para eso están también los dedos, pero todas esas operaciones de estabilidad pueden realizarse perfectamente con los pies a buen recaudo, sin la necesidad de demostrar al mundo nuestro solidario compromiso con las comunidades indígenas; que son los mismos que aún siguen pintándose la cara con sangre de cordero, invitando a las fiestas a Evo Morales, y otras salvajadas por el estilo. Preservar su cultura es fundamental para cualquier sociedad avanzada, pero los límites de nuestros ademanes de solidaridad ha de marcarlos el buen gusto. Y sacar al aire los pies en plena calle es un asunto turbio y muy peligroso, completamente incompatible con las buenas maneras, la mayoría de las Escrituras, y los valores de Occidente.

Insisten los expertos en que es hora de caminar descalzos. Que se puede empezar por hacerlo en casa y luego ya ir adquiriendo el hábito. Supongo que muy pronto esos mismos expertos descubrirán que frotando dos piedras se consigue fuego, que con un tam-tam puedes comunicarte con las tribus que están al otro lado del río, y serán capaces de hacer una lanza con huesos de mamut; y entonces estaremos ya en condiciones de bailar todos en pelotas para conseguir que empiece a llover, y finalmente podremos batirnos en duelo y comernos a los perdedores. Al menos será divertido.

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