Sigo escribiendo la continuación de Se acabó la diversión y me encuentro cada cosa que dijo el Orador Orate... Me encuentro una y otra vez con las estupideces que ese tipo nos dijo a los cubanos.
Una vez más con el Mentiroso en Jefe
Sesenta años después de las promesas de Fidel Castro sobre el fin del hambre y la seguridad para todos los cubanos, la isla atraviesa una profunda crisis humanitaria.
Cuando las leo —con el estómago revuelto—, me convenzo más de que, cuando recuperemos Cuba, una de las primeras cosas que haré será buscar una grúa, cargar la piedra que dicen que contiene sus maquiavélicas cenizas, ponerla sobre una rastra, llevarla al puerto de Santiago de Cuba, subirla a una patana, salir al mar y, a tres kilómetros de la costa, dejarla caer en la fosa de Bartlett para que se hunda los casi ocho kilómetros que tiene esa furnia.
No se preocupen: no le costará nada a nuestra Cuba libre. Asumo los gastos, y si no me alcanza, sé que alguno de ustedes me tirará un cabo.
Miren algunos ejemplos de lo que decía este barbudo que se creía estadista. Estas imbecilidades las dijo el 26 de julio de 1966: hace sesenta años.
Nuestra población no pasará hambre en la década de 1980. Sin la revolución agraria que hemos hecho, la década de 1980 habría sido la década —no voy a decir de hambre— de canibalismo; porque si este país hubiese seguido como iba, con su economía paralizada desde hacía treinta años, con las divisas que se llevaban de aquí los monopolios americanos, con las inversiones que hacían en lujos los ricos en este país; si este país hubiese continuado trayendo decenas de miles de automóviles todos los años en vez de traer decenas de miles de tractores y de equipos de construcción para hacer represas, para hacer caminos, para desbrozar la tierra, para desarrollar la agricultura, en este país habríamos terminado devorándonos los unos a los otros.
¿Qué familia es hoy desalojada de una vivienda? ¿Qué obrero no tiene derecho hoy a la jubilación? ¿Qué hombre de campo no tiene su trabajo asegurado? ¿Qué enfermo no tiene en un hospital todo lo que necesite sin tener que pagar un centavo? ¿Qué niño no tiene escuela? ¿Qué joven no posee un instituto tecnológico o la oportunidad de ir a una universidad?
Un mes después, en agosto de 1966, dijo:
Ustedes saben que los hijos de ustedes no están desaprovechando el tiempo; ustedes —yo estoy seguro de que con respecto a muchas cosas— sienten una seguridad que nunca sintieron: seguridad en el trabajo, seguridad frente a la enfermedad, seguridad frente a la vejez, seguridad para la familia. Cualquier obrero sabe que no tiene ya ningún problema él, que no lo tiene su familia si él muere de muerte natural, de cualquier cosa, que la familia no quedará desamparada, que los hijos no quedarán desamparados.
Pero, además, cualquier obrero hoy puede decir algo que antes solo podían decir los ricos en este país, porque un rico decía: “Mi hijo va a ser ingeniero”, o “Esta va a ser maestra”, o “Este va a ser médico”. Y eso que antes solo podían decirlo aquí un puñado de ricos hoy lo pueden decir todos los trabajadores de este país.
Sesenta años después, los cautivos de la isla sobreviven en una catástrofe humanitaria a la que los llevó la locura y malignidad de este Orate. Catástrofe hoy agravada por la ineptitud, necedad y maldad heredadas por la Junta Militar de Barrigones que heredó la obra destructiva de ese Orador Orate.
Hoy los cubanos de la isla pasan hambre: todos excepto los de la élite que los mantiene en la miseria.
Antes de 1959, cualquiera podía importar un auto en Cuba: miles de ellos al año. Durante décadas el Orate prohibió aquel acto libre. Hoy solo los enchufados y la élite tienen los medios y la autorización para importar autos.
Hoy no hay agricultura, caminos ni tractores, y los cubanos están a punto de devorarse los unos a los otros.
Hoy los esbirros desalojan a familias enteras de sus viviendas y los jubilados no pueden cobrar su miserable pensión.
Hoy los hospitales están colapsados y, si requieres de atención médica, tienes que sobornar al que se dice médico y llevar los insumos necesarios; las escuelas no tienen maestros, ni agua, ni meriendas, y las universidades están vacías.
Hoy los jóvenes cubanos viven sin esperanzas, obligados a desaprovechar no solo su tiempo, sino sus vidas, adictos al “químico” o a lo que encuentren. No hay trabajo ni seguridad frente a la enfermedad. Los adultos mayores están abandonados, los fallecidos no reciben una sepultura digna y las familias están desamparadas.
Hoy los ricos son los de la élite dictatorial: los únicos que sí pueden garantizarles el bienestar a sus hijos. El resto de los cubanos —incluyendo a los ingenieros, maestros y médicos— solo tienen la esperanza de emigrar, de escapar de ese infierno creado por un bandido hablador.
Este individuo, que nunca tuvo un trabajo productivo antes de que empezara a destruir aquella Cuba próspera y autosuficiente, se pasó toda su vida no solo destruyéndola, sino hablando estupideces. Diciendo en su verborrea todo lo contrario al resultado de sus acciones.
Por eso escribo historia: para que a nadie se le olvide lo que nos pasó a los cubanos. No veo la hora de llegar a Santa Ifigenia con mi grúa. Sé que, si no me alcanza el dinero para la rastra y la patana, alguno de ustedes me tirará un cabo.
Antes de que el seboruco llegue al fondo de la fosa, ya estaremos todos reconstruyendo Cuba. La que este Orate y su pandilla nos robaron y devastaron.
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