OPINIÓN

Venezuela: La libertad no se tutela, se conquista

Un análisis minucioso y normativo que plantea reflexiones y tiene en cuenta los dictámenes de la historia

Por ASDRÚBAL AGUIAR

A pesar de que los actores políticos de 1999 bajaron la guardia y le dieron el beneficio de la duda a la entonces emergente revolución bolivariana, apoyada desde Caracas por la embajada norteamericana, el mismo pueblo que la elevó para dar lugar a la inédita experiencia de los autoritarismos competitivos del presente – reales dictaduras del siglo XXI – nunca perdió su instinto de preservación. Me refiero a la preservación de su libertad, al punto que, incluso en las horas más aciagas y oscuras por este vividas hasta el presente, desde hace 27 años, no ha permitido que ceda su inédita capacidad de resistencia democrática. Esto sorprende a propios y extraños.

He repetido en otras oportunidades lo que me dijo Ramón J. Velasquez durante el génesis de este traumático proceso histórico, que hinca sus dientes sobre Venezuela en 1989: “La gente abandonó sus casas y se fue a la calle para no volver”. Lo que, al paso, trae a colación la enseñanza clásica de Jacques Maritain acerca de la democracia y sus antípodas: “Los hombres contaminados por el fascismo y el nazismo han hecho mucho más que mentir: han pervertido la función del lenguaje”. De donde, haciéndose de necesario “un trabajo de purificación”, cabe tener presente que la democracia posee “un sentido mucho más amplio que en los tratados clásicos de la ciencia gubernamental. Primeramente, ante todo, designa una filosofía general de la vida humana y de la vida política, y un estado del espíritu”.

Podría agregarse que la experiencia de la democracia resulta de una clara relación entre el tiempo y el espacio, por ser parte y esencia de la cultura, la cultura de la democracia. Como bien lo explica John Dewey (Democracy and Education, 1916), es esta “una modalidad de vida asociada y de experiencia comunicada”. Las costumbres, los hábitos, las creencias y las relaciones sociales, en efecto, condicionan la existencia y la continuidad de las instituciones democráticas, tal como lo enseña el teórico moderno de dicha experiencia, Alexis de Tocqueville (La democracia en América, 1835-1840).

Siendo así y si entendemos a la democracia en los términos antes explicitados – que desbordan a la cuestión de las mayorías y minorías electorales, según lo advierte Norberto Bobbio – al hablar de ella, cuando se lo hace con sinceridad y se dejan de lado las manipulaciones de sus significantes y significados, mal cabe cosificarla como experiencia. Menos imaginarla como un producto susceptible de ser adquirido en el mercado u obsequiado por terceros. La democracia no es una dádiva que pueda prodigarle a la persona humana una casa de agiotistas, menos el tutor que duda sobre la capacidad o preparación de esta para gozar del bien de la libertad.

La democracia es una experiencia personal y de libertad, de discernimiento, de posibilidad como odre colectivo para el ejercicio individual y efectivo de nuestros derechos fundamentales – de todos y por todos – y para alcanzar la garantía de estos; sólo realizable cuando dichos derechos los ejercemos ante los otros y junto a los otros, que no frente a nuestros espejos, como suertes de narcisos. En dos de mis libros abordó esta temática crucial desde ángulos distintos (El derecho a la democracia, 2008, y Relectura de la democracia, 2024).

Entre el poder imperial y la república servil

Tras la circunstancia fatal del 3 de enero de 2026, cuando la Casa Blanca extrae por la fuerza, de forma unilateral, a las dos cabezas de la estructura narcoterrorista y criminal de Estado que se forja en Venezuela – dos pasos adelante, uno atrás, como lo decía Hugo Chávez Frías – desde el 10 de agosto de 1999 y que USA, tardíamente, descubre como amenaza para la seguridad hemisférica, resulta erróneo deducir de tal hecho un propósito democratizador para beneficio de los venezolanos. ¡Que se hizo para devolvernos y para cuidar de la experiencia de libertad que nos diésemos durante el intersticio histórico que va desde 1959 hasta el 2 de febrero del año previamente mencionado, es agua de borrajas!

Se desprendió, sí, un proceso tutelar que, cambiando de manos y habiéndosele arrancado a los cubanos, rusos, chinos e iraníes promete la estabilización del país para luego seguir – se afirma – con su recuperación económica, mientras se alcanza una postulada transición a la democracia. Restablecer la experiencia de la democracia no es, cabe decirlo sin ambages, una prioridad para el Departamento de Estado, pues queda sujeta al manejo de las realidades preferentes indicadas. El que se ponga un énfasis sobre este último aspecto y en sus dimensiones formales o institucionales, en el marco de una mesa de diálogo conformada por este a su arbitrio y cuyas partes, ambas, actúan bajo sus dictados, no pasa de ser una simulación.

Acaso pueda interesar esta a los actores políticos más preocupados por rescatar y conservar alguna cuota de poder partidario o preferentemente económico, o ganar espacios de impunidad dentro de la república imaginaria que les ocupa. Su andamiaje represor permanece intacto, acaso retraído, pero en manos de la misma estructura que lo ha venido detentando. De modo que, la reconfiguración de la república con ausencia del único soporte que podría purificarla y sostenerla en pie a mediano plazo, a saber, la nación, es por lo pronto un ejercicio, más que ilegítimo, banal y de perverso sincretismo de laboratorio.

A inicios del siglo XX, no se olvide, Estados Unidos buscó extraer por la fuerza al general Cipriano Castro, luego de su altercado con una empresa concesionaria de asfalto, la New York & Bermudez Co. No obstante, este viajó al exterior por razones de salud, pero luego se le impidió regresar al país. Seguidamente, su vicepresidente, Juan Vicente Gómez, asume el poder respaldado por los acorazados que su canciller solicita de Washington y acto seguido se firman, el 19 de febrero de 1909, los acuerdos con William I. Buchanan, Alto Comisionado y embajador especial enviado por Washington. Se le abrió senda, así, a las transnacionales estadunidenses e inglesas para la exploración del subsuelo venezolano, bajo contratos asegurados jurídicamente. Gómez muere en el ejercicio dictatorial del poder, en 1935.

Ocurre ahora, por lo demás, un proceso global de redistribución de espacios vitales entre las grandes potencias, tras el quiebre epocal de 1989 y con efectos derogatorios del orden mundial que nos legase la Segunda Gran Guerra del siglo XX, a partir de 1945. Atrás ha quedado el principio ordenador del respeto a la dignidad humana. La energía y las tierras raras: los 17 elementos químicos metálicos esenciales para la tecnología moderna y la transición energética representan esta vez el verdadero eje del poder político y lo preferente para el siglo de la IA que avanza. Tanques y cañones son piezas de museo.

En fin, visto que las amenazas reales a ese cosmos geopolítico emergente son el dominio y sobreposición del crimen trasnacional organizado, la gobernanza digital, o la migración sistémica de poblaciones con sus incidencias sobre la estabilidad social y la misma seguridad de las naciones, el transar sobre estos asuntos por encima del imperio de la libertad sitúa como prioridad geopolítica a las alianzas militares y de inteligencia. He allí al Escudo de las Américas.

La resistencia de una nación que se niega a desaparecer

Mas media en el caso de Venezuela un elemento de ponderación que es vertebral a lo anterior y al conjunto de los desafíos que habrá de asumir la nación. Puede ser, probablemente, el ariete que le facilite catapultar la experiencia de una democracia no tutelada. Aquel no es otro que la fractura ocurrida en la columna vertebral, en la piedra angular de la república, fijada, ésta, a raíz de una desviación histórica de factura bolivariana desde 1812, a saber, el dominio de lo militar, de las espadas.

Los militares han sido la instancia última de preservación institucional bajo la república militar y durante la república civil de partidos. Tanto es así que, Marco Tulio Bruni Celli, ilustre venezolano, en su libro El 24 de noviembre de 1948 (2021) escribe que “el mundo político-civil venezolano está obligado a reconocer, con propósitos de futura corrección, que hubo evidente y exagerada complacencia y hasta debilidad frente a las demandas y presiones indebidas, y en el reparto y entrega de las cuotas de poder exigidas por los militares a lo largo la historia, incluyendo las últimas cuatro décadas de democracia”.

Pues bien, el asunto es que los componentes militares dejaron de existir, paulatinamente, tras los hechos del 11 de abril de 2002, cuando sus fisuras anteriores – las citadas complacencias, los amagos de golpes de los años 1983 y 1988, el Juramento ante el Samán de Guere y la Noche de los Tanques respectivamente, los golpes militares de 1989 – y el mismo fracaso en la deposición de Chávez Frías tras la masacre de Miraflores, los reveló ineficaces, prescindibles, irrelevantes.

En la actualidad, como lo confirman los mismos hechos del 3 de enero y el sucesivo doble terremoto del 24 de junio siguiente, los soldados venezolanos carecen de la fuerza histórica que los acompañó, sea para instalar como para derrocar gobiernos. Ha llegado a su final la elipse del dominio castrense inaugurado por Bolívar, tamizado por la república de José Antonio Páez, y exacerbado durante los largos gobiernos de Antonio Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez, y Marcos Pérez Jiménez. Decir esto no es desatino o impertinencia sino la formulación de una tesis contrastada con la experiencia.

La homologación de los suboficiales técnicos con los oficiales profesionales, el sucesivo ascenso en masa de los militares rezagados en el historial de méritos de las academias, la transformación de los componentes tradicionales en una red celular e invertebrada – regiones, zonas y áreas de defensa integral – y por lo demás desarmada, de suyo acabó con la pirámide institucional de la Fuerza Armada. Se la pulverizó y corrompió por consejo de La Habana y de sus comisarios. El desplazamiento de los uniformados hacia otras actividades preferentemente ilícitas, dentro del campo económico y de tráfico de bienes, los llevó a perder el control del monopolio de las armas que estos habían detentado en nombre de la república y para su defensa.

Carece Venezuela, en suma, de soportes de poder susceptibles de hacer valer su soberanía territorial. Por lo mismo, se la viene rematando en pública almoneda, sin que se escuche siquiera un disparo de salva en algún rincón del cuero seco que resume, metafóricamente, a lo que fue el asiento histórico de la nación y sus poderes constituidos.

Ante un ejército desarmado y neutralizado de 2.000 generales con guerreras ocultas por las condecoraciones que ganaron en sus quijotescas e imaginarias guerras, sin tropas a las que mandar, sobrevino como sustituto y en el vacío, eso sí, una red paramilitar y narco criminal bajo las órdenes de cada plagiario o raptor de la república para el ajuste de sus cuentas personales y sostenerse a través del miedo, la práctica de actos de tortura o la privación de libertad de todo aquel que le sirva para satisfacer su sevicia.

La única realidad que sobrevive en Venezuela, en suma, es su gente de a pie, las víctimas del terremoto, los carentes de electricidad, los presos políticos y sus familiares, las familias despedazadas por la diáspora. Y lo relevante es que quienes rematan o reconfiguran a la república bajo dictado ajeno, les temen a esas gentes, a la nación que estas forman. Les sobrecoge el liderazgo de María Corina Machado, y por ello hacen caso omiso del custodio de la voluntad popular, Edmundo González Urrutia.

Lo que se palpa, en desafío de quienes asumen erróneamente que sus libertades pronto llegarán sobre el trineo de Santa Claus y bajo instrucciones de Washington, es que la resistencia democrática de los venezolanos ha forjado lo que se llama el sentimiento nacional y su voluntad, que es irrevocable. La democracia, decía Octavio Paz (Itinerario, 1993), “no es una dádiva, ni puede concederse; es menester que la gente, por sí misma y a través de la acción, la encuentre y, en cada caso, la invente".

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