Confieso que me molestó mucho escuchar a Jorge Rodríguez atacar a Juan Guaidó, soportándose en información publicada por un medio presumiblemente opositor a la dictadura. Que el ministro de Comunicación mienta, es rutina. Pero que lo haga sobre un documento falso multiplicado por los nuestros, preocupa y avergüenza. Me refiero al comunicado –inventado deliberadamente con toda la maldad– atribuido al “Venezuela Aid Live”, cuyo contenido invadió las redes. El texto se refería a los supuestos actos de corrupción relacionados con la ayuda humanitaria destinada a Venezuela y que se encuentra en Colombia.

Horas después de la difusión en cadena de la mentira, las autoridades de “Aid Live Foundation” precisaron que el dinero obtenido en el concierto organizado por Richard Branson y su empresa Virgin Group, no ha sido entregado ni se entregará a ningún gobierno u organización política. Eso lo había explicado antes Juan Guaidó, pero el río ya estaba revuelto y al parecer hay muchos que desean que sean ciertas las acusaciones contra los funcionarios designados por el presidente interino, destituidos e investigados en Cúcuta. Hay un sector que se muestra ansioso por gritar: “¡yo sabía! ¡yo tenía razón! ¡todos los políticos son iguales!, ¡Guaidó es más de lo mismo!”. Un “autosuicidio”, diría el fallecido Carlos Andrés Pérez.

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Respecto al hecho denunciado, por supuesto que tiene que ser investigado por las autoridades –proceso que se inició en Colombia a solicitud de Guaidó– para actuar en consecuencia apenas se conozcan los resultados. Eso no se discute.

Quisiera detenerme en otro aspecto que urge evaluar. Muchos asuntos están revueltos en nuestro país, cuando los objetivos propuestos desde el pasado 23 de Enero –cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres– no han sido alcanzados, lo que ha contribuido a una gran decepción y ha cargado de ira a nuestro pueblo.

A partir de ahí, diferentes grupos comenzaron a hacer dibujo libre y a convertir al presidente interino en el principal blanco de sus ataques.

El sentimiento de que todo está perdido nos ha convertido como sociedad en buena pesca no solo para el enemigo en Miraflores, si no para todo aquel que se ha ido convirtiendo en su espejo, usando las mismas técnicas e incluso repitiendo acusaciones y argumentos.

Una trágica realidad contribuye a este desastre: La hegemonía del régimen sobre información y medios de comunicación. La dictadura que se ha afianzado sobre la destrucción de las instituciones, se encargó de pulverizar la libertad de expresión. En Venezuela la verdad queda sometida a la arbitrariedad de las redes donde entre otras funciones, todos se sienten periodistas (también presidentes) y por lo tanto construyen su propia verdad, la de su gusto, la de su necesidad, sin considerar que al no tener las herramientas para valorar una noticia, están expuestos a poderosos gobiernos o sectores interesados varios, que enturbian la realidad, que manipulan hechos con objetivos casados con sus intereses. La existencia de los troles con mensajes dirigidos a la comunidad en línea ha sido suficientemente probado. Venezuela no escapa a ello. Y sabemos que Rusia es el primero bajo sospecha. En ese camino engañan a una audiencia y también dañan trayectorias. Porque al herir la verdad también quedan cuestionados los profesionales de la comunicación, situación que a una dictadura nunca le viene mal.

Por eso es muy importante que seamos cada vez más celosos de lo que se publica y replica. La advertencia vale para todos. Equivocarse no es exclusivo del usuario común porque hasta los medios más reputados han resbalado. Un ejemplo reciente fue la supuesta boda de la hija de Diosdado Cabello, rumor falso que nació en un tuit del general Carlos Julio Peñaloza. Medios importantes, portales y seguidores, dieron por cierta la denuncia a pesar de detalles poco creíbles como que la celebración había costado 16 millones de dólares. Además, el dato fundamental fue pasado por alto. ¿Dónde estaba la novia el día anterior a la fecha prevista? ¿En Los Roques donde se estaba montando el gran evento? Pues no. Un video mostró a Daniela Cabello bajando del avión junto a su padre en Cuba. ¡No me digan que una novia chavista va estar horas antes de casarse en La Habana, en lugar de acicalarse en un spa!

No todos los que publicaron el falso evento lo desmintieron. Y a muchos de los que lo hicieron, no les creyeron. La explicación es sencilla: la gente prefiere creer que es verdad para reforzar lo que piensa como cierto: que Diosdado es un ladrón capaz de gastarse esa cifra para complacer a su heredera.

Dicen que los Cabello se divirtieron mucho desmintiendo.

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