En la búsqueda de comprender y reivindicar la esencia del carácter femenino, resulta inevitable evocar la figura de María: símbolo universal de dulzura, pureza y fuerza espiritual. En los tiempos modernos, donde la lucha por los derechos de la mujer ha cobrado protagonismo, nos enfrentamos también a distorsiones y malinterpretaciones que pueden oscurecer el verdadero significado del feminismo y, con ello, la riqueza de la identidad femenina.
Volver a María
María, en la tradición cristiana, encarna no solo la maternidad, sino también la compasión, el amor incondicional y la fortaleza silenciosa
María, en la tradición cristiana, encarna no solo la maternidad, sino también la compasión, el amor incondicional y la fortaleza silenciosa. Su dulzura no es una muestra de debilidad, sino de una fuerza interior capaz de transformar su entorno mediante la empatía y la entrega. Volver a María implica rescatar ese equilibrio entre ternura y firmeza, alejándonos de caricaturas impuestas tanto por los excesos culturales como por las simplificaciones ideológicas.
Es imprescindible plantearse la necesidad de olvidarse y salvarse de la rispidez inculta que manifiestan ciertas mujeres, identificando en la envidia y la falta de educación unas raíces de comportamientos disonantes con el carácter femenino genuino. La rispidez, entendida como dureza o aspereza, se convierte en una coraza que aleja a la mujer de su esencia, llevándola a imitar características negativas atribuidas históricamente a lo masculino. La envidia, por su parte, puede corromper la nobleza interior y generar divisiones innecesarias entre mujeres y hombres, perpetuando estereotipos y resentimientos.
Es vital aclarar que el feminismo, en su sentido más puro, no es ignorancia, ni incapacidad, ni brutalidad que persiga imitar la parte bestial e inhumana del hombre. Por el contrario, el feminismo, como el humanismo —sea este del sexo que sea—, surge como respuesta a la injusticia, buscando restaurar el respeto, la igualdad y la dignidad de la mujer en la sociedad. La verdadera fuerza del movimiento radica en la reivindicación de la sensibilidad, la inteligencia y el potencial femenino sin renunciar a las cualidades propias de su naturaleza. Confundir el feminismo con una competencia hostil o una copia de lo peor del carácter masculino es perder de vista su esencia transformadora y humanizante.
Alejarse de la rispidez y de la envidia implica un ejercicio de introspección y humildad. Es necesario reconocer los aportes históricos de las mujeres que, desde su dulzura y fortaleza, han cambiado el mundo sin renunciar a su identidad. Volver a María es, en última instancia, volver a la fuente de una feminidad honesta que sabe conjugar paciencia y pasión, ternura y coraje, sin caer en la tentación de imitar acríticamente lo ajeno a su esencia. Es retornar a la tradición y a la cultura sin extremismos ni racismos ni estereotipos de ningún tipo.
La reivindicación del carácter femenino no está reñida con la lucha social ni con el feminismo auténtico. Todo lo contrario: la dulzura virginal y la fuerza interior de María son testimonios vivos de que la mujer puede transformar su entorno desde la autenticidad, sin sucumbir al autoritarismo, a actos de humillación del prójimo, que al final son actos desprovistos de fe, y malas visiones y peores vibraciones, carentes de sentido común y ausencia de buenos sentimientos.
Apostar por esta visión de María, madre de Dios y de los hombres, es apostar por una sociedad donde la equidad y la humanidad sean las piedras angulares del avance colectivo. Y María no puede ser cualquier pelandruja Cacafuaca.
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