El acantilado es inmenso y está lleno de unos pajaritos llamados colirrojos, que no es que tengan la cola como Maduro, sino como el pecho de un petirrojo. Se mueven de roca en roca levantando la cola sin descanso. También hay un par de gaviotas desentrañando una especie de roedor en una hendidura de la roca. Si la víctima tuviera cabeza tal vez podría identificarlo. Creo que este asunto del desayuno de la gaviota no hará muy feliz a los animalistas, pero nunca hay que olvidar que lo que menos preocupa a los animales son los derechos de los animales. En ese aspecto son como hombres. Y en todos los demás también.
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A mi lado un borracho se asoma al abismo y me pregunta si sé volar. Lo miro y lo convenzo con imbatible razonamiento: “Yo sí, pero tú no”. De todos modos, por su aspecto, no creo que sea capaz de arrojarse al océano
El gran Atlántico me mira, sabio, a lo lejos. El viejo faro romano lo ha visto todo ya y ha perdido el hormigueo de la curiosidad. Titila de pura rutina, lanzando haces de luz en las noches cerradas. Hoy, luminoso, duerme. He venido a escribir junto al mar convencido de que ocurriría algo importante y, para mi felicidad, no ha sucedido nada con lo que pueda convertir esta crónica en portada del New York Times. Eso sitúa las cosas en un plano en el que me siento mucho más cómodo: dicen que si no hay noticias, son buenas noticias. Así que pidamos otra caipirinha y sigamos oteando el horizonte por si aparece el pirata Drake. Nada me haría más feliz que poder patearle el culo otra vez, como hicieron nuestros antepasados. Por suerte, el pirata inglés intentó invadir estas tierras en el siglo XVI. De intentarlo ahora, nadie saldría a su paso para cortarle la cabeza, porque todos estarían muy ocupados publicando las fotos del asalto en Instagram.
En la falda del acantilado hay un tipo pescando. Ha sacado un pez tan gordo que estoy seguro de que aparece en los papeles de Panamá. A mi lado un borracho se asoma al abismo y me pregunta si sé volar. Lo miro y lo convenzo con imbatible razonamiento: “Yo sí, pero tú no”. De todos modos, por su aspecto, no creo que sea capaz de arrojarse al océano salvo que le diga que el mar acaba de convertirse en vino. Mientras se lo piensa se ha quedado dormido al borde del precipicio. No me atrevo a despertarlo por si se asusta y se cae al mar, y me acusan de borrachicidio. Hay maneras mucho más elegantes de ir a la cárcel.
Las olas rompen con fuerza y entonces llega la prensa, mejorando lo presente. La costa atlántica española es un pozo sin fondo repleto de noticias climatológicas. Yo me he tendido al sol a lo largo de un banco, que es mi manera de hacer periodismo, pero a mi lado, una chica monísima, vestida de sábado noche, intenta calentarse las manos antes de entrar en directo, para contar en televisión un día más que, a pesar del sol, hace mucho frío y hay olas en el mar.
Subo unos metros para salirme del plano y refugiarme en el bar que corona esta costa. El café es como una estufa y me permite deambular por la terraza desierta, cortando el viento gélido del nordeste, y comprobar que la inmensidad del mar sometiendo nuestras ciudades me produce vértigo. Más a lo lejos diviso un crucero saltando en el horizonte y logro descifrar a unas cuantas parejas en las barandillas de la cubierta. ¡Ah, el inconfundible amor de primavera! Nada une más que vomitar juntos en alta mar. Ya lo dejó escrito Espronceda, o tal vez fue Keith Richards. Todos los románticos acaban pegándose un tiro y así no hay manera de memorizar quién dice qué. A propósito, Richards está vivo. Lo de Espronceda, sin embargo, no deja lugar a dudas. Tiene una calle en Madrid. Creo que no murió de nada grave.
Dicen las chicas en el informativo que el viento es tan fuerte que hasta derriba sus equipos técnicos, pero yo veo al cámara liándose un cigarrillo con calma. La escena representa fielmente las dos caras del relato televisivo. Yo, en cambio, estoy arriesgando mi estilográfica, rescatada ya dos veces al borde del despeñadero, después de rodar a gran velocidad por la hierba que conduce al acantilado. Esa manía de tener el césped tan corto en los miradores turísticos está acabando con las plumas de muchos periodistas, de los que nos jugamos la piel en primera línea del frente, y a nadie parece importarle.
Ahora rompe a llover y es perfecto porque la tinta corre sobre el papel, y cuando tenga que transcribir todo esto me veré obligado a inventármelo. Por suerte, desde el nacimiento del periodismo gonzo no es tan importante lo que ocurre como contarlo bien. Sé que Walter Matthau me da la razón desde su sillón del Chicago Examiner. Y es igual, porque he venido aquí a contar algo realmente importante para la Humanidad y todo lo que puedo decir es que no ha pasado absolutamente nada. Y eso no ocurre todos los días.
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