Desde el mismo momento en que se anunció el cambio de rumbo en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, la salida del país que gobierna Raúl Castro de la lista de países que apoyan el terrorismo estuvo sobre la mesa.
Una decisión oscura
Se puede estar abierto a una negociación y demostrar buena voluntad, pero es difícil fiarse de un régimen que durante 56 ha pisoteado los derechos humanos y ha promovido la violencia como vía para cambiar gobiernos.
Desde entonces se ha venido especulando sobre cuándo se produciría de hecho esa salida con la consiguiente redención del castrismo en su apoyo a grupos terroristas de todo el mundo, extremo que hasta el propio Raúl Castro reconoció hace unos días en Panamá cuando dijo “¿país terrorista, nosotros? Sí, hemos hecho actos de solidaridad que pueden considerarse de terroristas cuando estamos acorralados y hostigados al infinito”.
La dictadura castrista tuvo vínculos con las FARC y otros muchos movimientos violentos en Latinoamérica, refugió a miembros de la banda terrorista ETA, cobijó a personas acusadas de asesinato en los Estados Unidos y envió armas a dictaduras como Corea del Norte.
Más importante que si es bueno o malo para su desarrollo económico que Cuba salga de la lista, es verificar que desde su Gobierno no se siga amparando el terrorismo y los movimientos violentos de una u otra manera. Habría que pedirle al presidente Obama que junto con la petición -parece que exigencia de Castro- se argumentara y detallara el motivo de este cambio.
Se puede estar abierto a una negociación y demostrar buena voluntad, pero es difícil fiarse de un régimen que durante 56 ha pisoteado los derechos humanos y ha promovido la violencia como vía para cambiar gobiernos.
Entre tanta euforia de sus incondicionales, no nos cansamos de recordarle al Presidente que tiene que proyectar más luz sobre esta negociación y tener en cuentas que en Estados Unidos las víctimas del castrismo se cuentan por cientos de miles y que tiene la obligación de velar por sus intereses.
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