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VIOLENCIA

Colombia podría dejar atrás su pesadilla pronto

La historia recoge los hechos y los sinsabores que condujeron al sangriento conflicto armado que produjo tanto terrorismo, secuestros, persecución y emigración

SERGIO OTÁLORA
sotalora@diariolasamericas.com
@sergiootalora

De todas partes de Colombia, en 1946, llegaban a Bogotá telegramas con la noticia, que se convirtió en constante diaria, del asesinato de seguidores del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. Provenían sobre todo de las zonas rurales, donde este dirigente con una plataforma socialista tenía gran arraigo y se había convertido en líder indiscutible de su partido.

En el poder estaba el partido contrario, el conservador, con el presidente a la cabeza, Mariano Ospina Pérez. En Colombia, para ese momento, había tres factores que ponían al país ya en las puertas de una violencia inextirpable: las hegemonías de partido, heredadas de las guerras civiles del siglo XIX, con su secuela de sectarismo; los conflictos agrarios, con luchas campesinas e indígenas que buscaban una redistribución justa de la tierra; y el inicio de la persecución sistemática y sangrienta contra el movimiento gaitanista que tenía las mayorías dentro del partido liberal pero que en las elecciones de 1946, como disidencia, dividió al partido y permitió el ascenso de Ospina, a nombre de un partido minoritario.

Foto sin fecha. El jefe de las FARC, Manuel Marulanda "Tirofijo",
y otros miembros de las autodefensas agrarias. (EFE/ARCHIVO)

Esa combinación de sectarismo y represión, por parte de la policía conservadora que llamaban “chulavita” (una especie de paramilitares de la época) contra la dirigencia y la base gaitanista y contra los liberales, fue creando las condiciones para que la acción política pacífica cada vez se hiciera más difícil. A medida que el gaitanismo crecía en todo el país, era mayoría en concejos municipales y asambleas departamentales, la reacción del gobierno conservador y de su policía -un cuerpo en ese entonces totalmente politizado- se volvía cada vez más letal. Y era claro que en las elecciones de 1950 Gaitán llegaría al poder con un ideario socialista que había transformado al liberalismo en un partido de masas.

La ruptura

En 1948 la crisis política y la agitación social eran inmanejables. El conflicto por la tenencia de la tierra no se había resuelto, a pesar de dos reformas agrarias (1936 y 1942) que no lograron tocar la estructura latifundista del país. Las élites liberales y conservadoras estaban enfrentadas, al tiempo que se hacía insostenible el clima de violencia en todo el país.

Un grupo de guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (ARCHIVO)

El 7 de febrero de 1948, dos meses antes de su asesinato, Gaitán convocó a una manifestación histórica en la que expresó su profundo descontento ante la inacción del gobierno conservador para detener la ola de crímenes contra los liberales y gaitanistas. La manifestación se llamó “la marcha del silencio” y, de todas partes del país, llegaron a la capital, Bogotá, autobuses repletos de gente para participar en un acto político sin precedentes. “Mientras en las veredas y municipios fuerzas minoritarias se lanzan al ataque, aquí están las grandes mayorías obedeciendo una consigna. Pero estas masas que así se reprimen también obedecerían la voz de mando que les dijera: ‘ejerced la legítima defensa’”, expresó Gaitán y sus palabras, pronunciadas en medio de un silencio aterrador, fueron premonitorias de lo que sucedería después de su muerte, el 9 de abril de 1948, que torció para siempre la posibilidad de resolver las diferencias políticas, sin la interferencia de la violencia y las armas.

La huella profunda

Pedro Antonio Marín era un liberal gaitanista, nacido en Génova, departamento del Quindío, dedicado al campo y al comercio. Después del magnicidio que incendió al país, debió huir al monte (como tantas otras familias y líderes campesinos) para salvar su vida ante la arremetida del Gobierno, que impedía la acción política no sólo para el gaitanismo sino incluso para las élites liberales que, en las elecciones presidenciales de 1950, se abstuvieron de participar por falta de garantías.

En 1964 Marín se llamaba Manuel Marulanda Vélez, también le decían Tirofijo, y era uno de los líderes de la resistencia de lo que en ese momento se llamaba la “república independiente de Marquetalia”, una zona donde 30 guerrilleros y colonos habían creado una resistencia agraria, de autodefensa, y que en ese momento se convertiría en escenario de la primera ofensiva del Batallón Colombia, una fuerza de más de 3.000 hombres, acompañados de aviones de guerra, y helicópteros contra esos guerrilleros mal armados.

Ahí nacieron, en ese bautizo de fuego, las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), pero su formalización como ejército irregular fue en 1966. No estuvieron inspiradas, en lo absoluto, por la revolución cubana. En el mismo año de su triunfo, en 1959, Marulanda y otros campesinos en armas se habían acogido a un segundo proceso de paz (el primero fue en 1953), que buscaba que las autodefensas comunistas y algunos reductos liberales de la primera etapa de la violencia, se entregaran y se acogieran a la pacificación del Frente Nacional, una fórmula de alternancia en el poder, durante 15 años, del partido liberal y el partido conservador, creada para superar el sectarismo y la violencia entre esas dos organizaciones, pero que no permitía, por ley, la participación de otras fuerzas políticas que no estuvieran adscritas a esas dos colectividades.

El expresidente Belisario Betancur abraza al jefe de las FARC "Manuel Marulanda" o Tirofijo", a su llegada a Los Pozos,
un campamento del municipio de San Vicente del Caguán, donde mantuvieron una reunión. (EFE/ARCHIVO)

Esa acción masiva del ejército, llamada Operación Soberanía, que se daba a la sombra del Plan Lazo, creado por Estados Unidos como forma de contener el posible influjo del comunismo en América Latina (era la época dura de la Guerra Fría), estaba combatiendo zonas agrarias de colonización marcadas por la violencia que ya, para entonces, había dejado cerca de 150.000 muertos.

En una serie de relatos, publicados en El Espectador de Bogotá, al calor de las negociaciones de La Habana, uno de los sociólogos y periodistas que más conoce todo el proceso de colonización y de violencia en Colombia, Alfredo Molano, contó que “la revista Life informó pormenorizadamente los resultados de la Operación Marquetalia: los bandoleros no sólo no habían sido derrotados sino que habían logrado consolidarse como fuerza guerrillera”.

Paz y fusil

En adelante, durante los tres lustros de la fórmula del poder compartido entre dos élites políticas y después del final de ese pacto institucional, cada gobierno se trazó la tarea de derrotar a las FARC. También en 1964 se crearía el Ejército de Liberación Nacional (ELN) –asentado en zonas de violencia temprana y ese sí de inspiración castrista- y en 1965 el Ejército de Liberación Popular (EPL), de inspiración maoísta. Y en 1974, saltó a escena el M-19, una guerrilla populista, inspirada, según sus líderes, en el robo de las elecciones presidenciales de 1970, en las que habría ganado la ANAPO, un movimiento alimentado en las canteras del peronismo y del cual salió la mayoria de los comandantes de esa organización rebelde.

El objetivo de derrotar a esa subversión, con un incremento exponencial de presupuesto militar y ayuda logística de Estados Unidos, tuvo hondas repercusiones institucionales en el país: estado de sitio que restringía las libertades civiles y que estuvo en vigencia durante 34 años, zozobra permanente en amplias regiones, militarización progresiva del poder civil para contener, además, el secuestro, la extorsión y la presión permanente de la guerrilla en ricas zonas agrarias.

Cientos de colombianos en Bogotá celebran acuerdo de paz firmado en La Habana. (EFE)

En 1982, durante el Gobierno del conservador Belisario Betancur, fue el primer intento de paz, en el que hubo amnistía sin entrega de armas, cese del fuego bilateral y acuerdos de desmovilización a cuenta gotas. La tregua fue con las FARC, pero el protagonista de ese proceso fue el M-19, organización subversiva que se entregaría, diezmada en lo militar y derrotada en lo político, en 1990.

Desde el esfuerzo inicial de Betancur hasta el pasado jueves 23 de junio, los sucesivos gobiernos utilizaron la fórmula combinada de la guerra y la búsqueda de la paz, con sucesivos fracasos estruendosos.

Nunca, como ahora, se había llegado tan lejos en la posibilidad real de acabar con 70 años de un dolor permanente y una tragedia indescriptible para millones de colombianos.

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