A menos de noventa millas de las costas de la Florida, Cuba ha dejado de ser un remanente geopolítico de la Guerra Fría para convertirse en un nodo estratégico desde el cual China, Rusia e Irán proyectan inteligencia, cooperación militar, influencia política y capacidades tecnológicas sobre el hemisferio occidental. La convergencia de infraestructura de inteligencia de señales (SIGINT), cooperación militar, tecnologías de doble uso y operaciones de sharp power (penetración autoritaria) representa uno de los desafíos estratégicos más significativos para la seguridad nacional de Estados Unidos en el Caribe desde el colapso de la Unión Soviética. La evidencia disponible indica que estas actividades no constituyen iniciativas aisladas, sino componentes de una estrategia sostenida de competencia entre grandes potencias cuyo propósito es ampliar la capacidad de influencia de regímenes autoritarios dentro del entorno geopolítico inmediato estadounidense (Center for Strategic and International Studies [CSIS], 2024; Office of the Director of National Intelligence [ODNI], 2026).
Cuba como plataforma de influencia de potencias adversarias en el hemisferio occidental
La convergencia estratégica de China, Rusia e Irán en el umbral geopolítico de Estados Unidos
¿Por qué importa?
Durante buena parte de las dos primeras décadas del siglo XXI, la atención estratégica de Washington estuvo concentrada en Afganistán, Irak, la lucha contra el terrorismo y, más recientemente, el Indo-Pacífico. Sin embargo, mientras Estados Unidos dirigía su atención hacia otros teatros, sus principales competidores geopolíticos aprovecharon la oportunidad para consolidar posiciones en América Latina mediante inversiones, cooperación tecnológica, acuerdos militares y campañas de influencia política. Cuba ocupa hoy un lugar privilegiado dentro de esa estrategia.
Su ubicación geográfica, la naturaleza autoritaria de su régimen, su extensa experiencia en inteligencia y contrainteligencia, así como su disposición a cooperar con actores adversarios convierten a la isla en una plataforma excepcional para la proyección de poder extrarregional. Como ha sostenido el Dr. Rafael Marrero en investigaciones desarrolladas por el Miami Strategic Intelligence Institute (MSI²), la creciente presencia de China en América Latina debe entenderse como parte de una estrategia de largo plazo orientada a expandir la influencia geoeconómica, tecnológica e informacional del Partido Comunista Chino (Marrero & Gutiérrez, 2026). Cuba representa uno de los componentes más sensibles de esa arquitectura.
Juicios clave
- Cuba ha resurgido como un teatro de primera línea de la competencia entre grandes potencias en el hemisferio occidental.
- China, Rusia e Irán están desarrollando relaciones estratégicas complementarias con Cuba, creando un ecosistema multiplicador de fuerzas en lugar de asociaciones aisladas.
- La infraestructura de inteligencia china en Cuba mejora significativamente su capacidad para recopilar inteligencia militar, comercial y relacionada con el espacio cerca del territorio continental de Estados Unidos.
- Cuba contribuye mucho más que la geografía al proporcionar experiencia en inteligencia, redes de influencia política y décadas de experiencia en el arte estatal autoritario.
- La convergencia de inteligencia, cooperación militar, tecnología y sharp power crea un riesgo estratégico acumulativo que exige una respuesta coordinada de Estados Unidos.
- El Caribe se ha convertido nuevamente en un teatro estratégico disputado, que requiere atención sostenida de los formuladores de políticas, agencias de inteligencia y aliados regionales.
La evidencia recopilada por organismos gubernamentales estadounidenses, centros de investigación y analistas especializados permite extraer varias conclusiones fundamentales. En primer lugar, China ha desarrollado en Cuba una infraestructura de inteligencia considerablemente más sofisticada de lo que se estimaba hace apenas algunos años. En segundo término, Rusia continúa revitalizando su cooperación militar con La Habana, mientras Irán incorpora capacidades asimétricas que complementan las fortalezas de ambos socios. Finalmente, Cuba aporta un activo que ninguno de ellos puede replicar: una plataforma geográfica situada en las inmediaciones del territorio continental estadounidense y un aparato estatal experimentado en operaciones de inteligencia, influencia política y control social.
Más importante aún, estas capacidades no deben analizarse de forma independiente. La interacción entre ellas genera un efecto multiplicador que incrementa significativamente la capacidad colectiva de estos actores para recopilar inteligencia, influir sobre gobiernos latinoamericanos y proyectar poder estratégico en el Caribe.
Cuba y el retorno de la competencia entre grandes potencias
La historia estratégica demuestra que la importancia geopolítica de Cuba nunca ha dependido de su tamaño territorial ni de su peso económico, sino de su ubicación. Desde la época colonial, la isla ha constituido un punto de control sobre las principales rutas marítimas del Golfo de México y el Caribe. Durante la Guerra Fría, esa posición adquirió una dimensión existencial para Estados Unidos con la Crisis de los Misiles de 1962. Hoy, más de seis décadas después, Cuba vuelve a ocupar un lugar central dentro de la competencia entre grandes potencias, aunque bajo modalidades considerablemente distintas.
La rivalidad contemporánea ya no se limita al despliegue de armamento estratégico. Se desarrolla mediante infraestructura digital, inteligencia electrónica, tecnologías de doble uso, inversiones portuarias, telecomunicaciones, cadenas logísticas y campañas de influencia política. Como ha señalado el reconocido especialista Evan Ellis, la estrategia de la República Popular China en América Latina trasciende ampliamente el comercio y la inversión. Pekín procura construir relaciones estructurales que incrementen progresivamente su acceso político, económico y militar en la región, creando dependencias que puedan traducirse en ventajas estratégicas futuras (Ellis, 2022).
Desde esta perspectiva, Cuba constituye un activo excepcional. Ningún otro país latinoamericano ofrece simultáneamente proximidad geográfica a Estados Unidos, infraestructura heredada de la Guerra Fría, un aparato de inteligencia consolidado y una voluntad política tan marcada para cooperar con actores que desafían el orden internacional liderado por Washington.
Esta interpretación coincide con las investigaciones desarrolladas por el Miami Strategic Intelligence Institute sobre el concepto de “Socialimperialismo chino”, mediante el cual el Dr. Rafael Marrero y José Adán Gutiérrez describen la utilización coordinada de instrumentos económicos, tecnológicos, diplomáticos e informacionales por parte del Partido Comunista Chino para expandir su influencia global sin recurrir necesariamente al empleo directo de la fuerza militar (Marrero & Gutiérrez, 2026). Bajo ese marco analítico, la presencia china en Cuba no constituye una anomalía, sino una extensión lógica de una estrategia hemisférica mucho más amplia.
La arquitectura de inteligencia china
La publicación del Center for Strategic and International Studies en diciembre de 2024 modificó sustancialmente la comprensión pública sobre el alcance de las actividades de inteligencia chinas en Cuba. Basándose en imágenes satelitales comerciales, análisis geoespacial y observación sistemática de infraestructura crítica, el CSIS documentó la existencia de al menos cuatro instalaciones principales dedicadas a actividades de inteligencia electrónica: Bejucal, El Salao, Wajay y Calabazar (CSIS, 2024).
Bejucal continúa siendo el complejo más conocido. Sus antenas, instalaciones subterráneas y sistemas de interceptación permiten monitorear comunicaciones militares, enlaces satelitales y actividades aeroespaciales estadounidenses. Particular preocupación genera su capacidad potencial para observar lanzamientos desde Cabo Cañaveral y otras instalaciones estratégicas localizadas en el sureste de Estados Unidos.
Más recientemente, la atención de los analistas se ha desplazado hacia El Salao, donde imágenes satelitales revelan la construcción de una gran antena circular dispuesta (Circularly Disposed Antenna Array, CDAA). Este tipo de infraestructura se utiliza tradicionalmente para localizar emisiones de radio de alta frecuencia a grandes distancias, permitiendo identificar la procedencia de comunicaciones militares y civiles distribuidas a lo largo del Caribe, el Atlántico y parte del continente americano.
Las instalaciones de Wajay y Calabazar complementan esta arquitectura mediante capacidades orientadas al monitoreo satelital, la interceptación terrestre y el apoyo a operaciones de inteligencia técnica. Aunque buena parte de sus capacidades específicas permanece clasificada, la convergencia entre el análisis del CSIS y la Evaluación Anual de Amenazas de la Comunidad de Inteligencia estadounidense refuerza la conclusión de que China continúa expandiendo sistemáticamente su capacidad de recopilación de inteligencia desde territorio cubano (ODNI, 2026).
Lo verdaderamente significativo no es solo la existencia de estas instalaciones, sino su integración dentro de una estrategia regional mucho más amplia. Pekín ha invertido durante las últimas dos décadas en puertos, redes de telecomunicaciones, infraestructura energética, sistemas digitales, cooperación espacial y proyectos tecnológicos distribuidos en prácticamente toda América Latina. Como resultado, las capacidades de inteligencia desarrolladas en Cuba pueden beneficiarse de una red regional de infraestructura que amplía considerablemente el alcance estratégico de las operaciones chinas.
Esta realidad explica por qué diversos responsables del United States Southern Command han advertido que la creciente presencia china en el hemisferio occidental debe analizarse desde una perspectiva integral y no exclusivamente económica. La infraestructura de doble uso (civil en apariencia, pero susceptible de aplicaciones militares o de inteligencia) constituye uno de los principales desafíos estratégicos que enfrenta actualmente la región.
Rusia, Irán y la consolidación de un ecosistema estratégico adversario
Si China constituye el principal motor económico y tecnológico de esta arquitectura emergente, Rusia e Irán aportan capacidades complementarias que amplían significativamente su alcance estratégico. Lejos de competir entre sí, los tres actores parecen operar bajo una lógica de convergencia táctica en la que cada uno contribuye con fortalezas particulares para erosionar la posición estratégica de Estados Unidos en el hemisferio occidental.
Rusia ha mantenido una relación privilegiada con Cuba desde la Guerra Fría y, pese al colapso de la Unión Soviética, nunca abandonó por completo su interés geopolítico en la isla. La invasión rusa de Ucrania en 2022 y el consecuente deterioro de las relaciones entre Moscú y Occidente aceleraron un renovado acercamiento con La Habana. Durante los últimos años, las visitas de buques de guerra rusos al Caribe, los acuerdos de cooperación en defensa y los intercambios de alto nivel entre autoridades militares reflejan el interés del Kremlin por preservar una presencia estratégica a escasa distancia del territorio continental estadounidense (ODNI, 2026).
Aunque la capacidad militar rusa en el Caribe dista mucho de la existente durante el período soviético, su valor estratégico no debe medirse exclusivamente en términos cuantitativos. Como ha explicado el analista Mark Galeotti, Moscú privilegia hoy una estrategia de presencia selectiva, flexible y políticamente simbólica, diseñada para proyectar influencia con recursos relativamente limitados. En ese contexto, Cuba continúa representando un punto de apoyo diplomático y militar de considerable importancia para la política exterior rusa.
Irán, por su parte, ha incrementado gradualmente su presencia en América Latina mediante una combinación de cooperación diplomática, asistencia tecnológica, relaciones comerciales y alianzas políticas. Aunque su presencia física en Cuba resulta menos visible que la de China o Rusia, diversos estudios sostienen que Teherán busca consolidar una red de relaciones que le permita ampliar su margen de maniobra frente a la presión occidental. El analista Joseph Humire ha documentado ampliamente cómo la estrategia iraní en la región combina instrumentos diplomáticos, económicos, religiosos y de seguridad para construir influencia política de largo plazo.
Particular preocupación han generado los reportes publicados durante 2026 sobre la posible incorporación de drones de origen ruso e iraní al inventario militar cubano. Aunque buena parte de esta información permanece sujeta a limitaciones propias de la inteligencia de fuentes abiertas, funcionarios estadounidenses han expresado preocupación respecto al potencial empleo de estas plataformas para ampliar las capacidades de vigilancia, reconocimiento e incluso ataque de la isla (Axios, 2026). En un entorno caracterizado por la rápida evolución de las tecnologías no tripuladas, incluso capacidades limitadas podrían modificar los cálculos estratégicos relacionados con la protección de infraestructura crítica, instalaciones militares y rutas marítimas en el estrecho de la Florida.
Más allá de las capacidades individuales de cada actor, el aspecto verdaderamente novedoso reside en la creciente complementariedad de sus esfuerzos. China aporta recursos financieros, infraestructura tecnológica y capacidades avanzadas de inteligencia; Rusia contribuye con experiencia militar, cooperación en defensa y respaldo diplomático; Irán incorpora herramientas de guerra asimétrica y redes de cooperación política. Cuba actúa como el facilitador geográfico e institucional que permite integrar estos instrumentos dentro de un mismo espacio estratégico.
El sharp power cubano: la dimensión menos visible de la competencia estratégica
Limitar el análisis de Cuba a sus capacidades militares o de inteligencia sería un error. El régimen cubano también posee una larga experiencia en la utilización de instrumentos políticos e ideológicos para influir sobre actores regionales, una capacidad que complementa eficazmente los objetivos estratégicos de sus socios extrarregionales.
Los conceptos desarrollados por Christopher Walker y Jessica Ludwig sobre sharp power ofrecen un marco particularmente útil para comprender este fenómeno. A diferencia del soft power, basado en la atracción cultural y la persuasión, el sharp power emplea manipulación informativa, penetración institucional, propaganda, censura y desinformación para moldear percepciones políticas y debilitar instituciones democráticas.
Durante décadas, Cuba ha construido una sofisticada red de relaciones políticas, académicas, sindicales y de cooperación en numerosos países latinoamericanos. Esa experiencia constituye un activo estratégico que China, Rusia e Irán pueden aprovechar para amplificar sus propias narrativas y expandir su influencia regional. Desde esta perspectiva, la isla no solo proporciona infraestructura física para actividades de inteligencia, sino también capital político acumulado durante más de seis décadas de activismo internacional.
Como ha señalado el Dr. Rafael Marrero en diversos análisis publicados por MSI², la competencia estratégica contemporánea se libra simultáneamente en los dominios económico, tecnológico, informacional, diplomático y cognitivo. La influencia ya no depende exclusivamente del despliegue de fuerzas militares; también se construye mediante la capacidad para moldear narrativas, influir sobre élites políticas, controlar infraestructura crítica y generar dependencias tecnológicas. Cuba continúa desempeñando un papel relevante precisamente porque contribuye a esa dimensión menos visible de la competencia geopolítica (Marrero & Gutiérrez, 2026).
Cuba dentro de la estrategia hemisférica de China
Las investigaciones del profesor Evan Ellis coinciden en señalar que la estrategia china en América Latina responde a una visión integral y de largo plazo. Más que perseguir beneficios económicos inmediatos, Pekín procura construir una arquitectura regional que facilite su acceso a mercados, recursos naturales, infraestructura estratégica, tecnologías críticas y espacios de influencia política (Ellis, 2022).
Esta interpretación converge con el concepto de “Socialimperialismo chino” desarrollado por el Dr. Rafael Marrero, quien sostiene que el Partido Comunista Chino utiliza instrumentos aparentemente civiles (como inversiones, financiamiento, infraestructura digital, telecomunicaciones y cooperación tecnológica) para expandir gradualmente su capacidad de influencia sobre gobiernos y sociedades extranjeras. Bajo este enfoque, la infraestructura de inteligencia observada en Cuba representa únicamente uno de los componentes visibles de una estrategia hemisférica mucho más amplia.
Puertos administrados por empresas estatales chinas, redes de telecomunicaciones, proyectos energéticos, estaciones espaciales, cooperación en inteligencia artificial y financiamiento de infraestructura forman parte de un ecosistema que incrementa progresivamente la presencia estratégica de Pekín en el continente. Cuba destaca dentro de esa arquitectura no solo por su ubicación geográfica, sino también por la integración de capacidades políticas, militares e ideológicas que difícilmente podrían replicarse en otro país de la región.
En este sentido, resulta particularmente relevante la observación formulada recientemente por George Friedman, quien ha argumentado que, desde la perspectiva de la seguridad nacional estadounidense, Cuba reviste una importancia estratégica incluso superior a la de Venezuela debido a su proximidad geográfica y a su potencial como plataforma para la proyección de inteligencia y poder por parte de actores extrarregionales. Si bien ambas realidades presentan desafíos distintos, la evidencia analizada en este trabajo respalda la necesidad de otorgar a Cuba una prioridad renovada dentro de la planificación estratégica hemisférica.
Evaluación estratégica
La principal conclusión de este estudio es que Estados Unidos ya no enfrenta una colección de desafíos independientes provenientes de China, Rusia o Irán. En cambio, enfrenta un ecosistema integrado de competencia estratégica en el cual estos actores cooperan, de manera formal o informal, para ampliar su presencia e influencia en el hemisferio occidental.
China proporciona la capacidad tecnológica y la infraestructura de inteligencia. Rusia aporta experiencia militar, cooperación en defensa y capacidad de disuasión política. Irán incorpora herramientas de guerra irregular y redes de apoyo asimétrico. Cuba ofrece el espacio geográfico, la infraestructura institucional y la experiencia en inteligencia que permiten integrar estos elementos dentro de una plataforma operativa situada en el entorno inmediato de Estados Unidos.
Desde la perspectiva del Miami Strategic Intelligence Institute, esta convergencia representa uno de los desarrollos geopolíticos más relevantes observados en el Caribe desde el fin de la Guerra Fría. Su importancia no reside únicamente en las capacidades actuales de estos actores, sino en el potencial acumulativo que podrían alcanzar si las tendencias observadas durante los últimos años continúan consolidándose.
Conclusión
La evidencia disponible confirma que Cuba ha recuperado una relevancia estratégica que trasciende ampliamente su limitada dimensión económica. La isla vuelve a ocupar una posición central dentro de la competencia entre grandes potencias, facilitando la presencia simultánea de China, Rusia e Irán en un espacio geográfico de extraordinaria importancia para la seguridad nacional de Estados Unidos.
Las investigaciones del CSIS, las evaluaciones de la Comunidad de Inteligencia estadounidense y los aportes de especialistas como Evan Ellis, Joseph Humire, Christopher Walker y George Friedman convergen en un punto esencial: el Caribe vuelve a convertirse en un escenario prioritario de la competencia geopolítica del siglo XXI. Las investigaciones desarrolladas por el Miami Strategic Intelligence Institute amplían esa conclusión al situar la presencia de estas potencias dentro de un proceso más amplio de expansión geoeconómica y tecnológica impulsado por regímenes autoritarios.
Ignorar esta transformación implicaría interpretar los desafíos del presente con categorías propias del siglo pasado. Comprender la evolución estratégica de Cuba exige reconocer que la competencia contemporánea ya no se limita al poder militar convencional. Se desarrolla simultáneamente en los dominios de la inteligencia, la tecnología, la economía, la infraestructura crítica y la información. En ese nuevo escenario, Cuba ha dejado de ser un actor periférico para convertirse nuevamente en una pieza central del tablero estratégico hemisférico.
Referencias
Axios. (2026, May 17). Exclusive: U.S. eyes attack-drone threat from Cuba.
Center for Strategic and International Studies. (2024). China's Intelligence Footprint in Cuba: New Evidence and Implications for U.S. Security.
Ellis, R. E. (2022). China Engages Latin America: Distorting Development and Democracy? Lynne Rienner Publishers.
Humire, J. (2022). Iran's Strategic Penetration of Latin America. Center for a Secure Free Society.
Ludwig, J., & Walker, C. (Eds.). (2017). Sharp Power: Rising Authoritarian Influence. National Endowment for Democracy.
Marrero, R., & Gutiérrez, J. A. (2026). Chinese Social Imperialism: The CCP’s Expanding Footprint in Latin America. Bravo Zulu Publishers.
Office of the Director of National Intelligence. (2026). Annual Threat Assessment of the U.S. Intelligence Community.
The Wall Street Journal. (2026). U.S. Warns of Growing Russian and Chinese Spying in Cuba.
Autora
Idabell Rosales es directora de Idabell Solutions LLC, una empresa de consultoría estadounidense propiedad de una mujer, especializada en la promoción de la democracia, el fortalecimiento de la sociedad civil y la asistencia humanitaria en Cuba y América Latina. Con más de 14 años de experiencia en la gestión de programas financiados por el gobierno federal de los Estados Unidos y por organizaciones sin fines de lucro, se especializa en fortalecer la resiliencia cívica, promover la libertad de expresión y apoyar la participación democrática en entornos restrictivos. Su experiencia también abarca el desarrollo de propuestas para financiamiento federal, la implementación de programas de promoción de la democracia y el diseño de estrategias de gobernanza orientadas a fortalecer la libertad, la transparencia y la resiliencia democrática en el hemisferio occidental.
Publicado originalmente en el Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com
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