El propietario del bar EFE, en la barriada del Vedado, es Sandro Castro Arteaga, nieto del fallecido dictador. “No figura entre los diez mejores centros nocturnos de La Habana”, cuenta Keyla, una joven que se dedica a revender teléfonos inteligentes de última generación comprados en Miami.
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Dos veces a la semana, ella acude al King Bar, Shangri-La o al antiguo Johnny, discoteca a orillas del río Almendares, en Miramar, al oeste de la ciudad. A pesar de la feroz crisis económica y los extensos apagones, “hay bares y paladares privados que se ven obligados a cerrar por capacidad, no cabe ni un alfiler".
Según Keyla, acuden extranjeros residentes en Cuba y algunos turistas, pero la mayoría de los clientes son cubanos. "Nuevos ricos, dueños de pequeños negocios, personas que ganan mucho dinero en 'bisnes' por la izquierda, prostitutas de lujo e hijos de papá, cuyos padres son generales o altos cargos en el gobierno. En esos centros nocturnos, un reservado puede costar entre 80 y 200 dólares. Y una botella de whisky de una marca conocida no baja de 100 dólares".
“Los más pudientes andan en autos comprados en Estados Unidos. Otros manejan Audi o BMW. Conozco muchachas que no parten con un tipo porque tiene un KIA sudcoreano o una moto eléctrica. Se vive tremendo postureo. Los usuarios comienzan a llegar después de las once de la noche y están hasta las cuatro o cinco de la madrugada, cuando cierra el local”.
“En ese tiempo se pueden gastar en pesos, el equivalente a 300 dólares o más, con la misma facilidad que se toman un vaso de agua. Quienes no poseen carros, tienen que pagar entre 10 mil y 14 mil pesos, de acuerdo a la distancia, para que un taxi te deje en la puerta de tu casa. A esos bares con frecuencia acuden nietos y sobrinos de Raúl y Fidel, entre ellos Sandro Castro".
"Su bar del Vedado no es de pegada, no tiene ambiente, es más bien de bajo costo. Pero Sandro se ha ganado a mucha gente porque es agradable y compartidor. Últimamente parece como si formara parte de una campaña para postularse a presidente de Cuba”, afirma Keyla.
Es habitual ver a Sandro conduciendo un auto descapotable de lujo por diversos lugares de La Habana. Nacido en 1991, en pleno periodo especial, le gusta hablar con una entonación fingida. Hace seis años se hizo famoso por publicar en las redes sociales un video conduciendo un Mercedez Benz en medio de la pandemia del Covid.
En busca de simpatías
Pasó de descarnados reproches, por ostentoso e insensible, a captar la simpatía de un segmento de cubanos por sus críticas, más o menos ingeniosas, al régimen autoritario fundado por su abuelo. A menudo sube a Instagram audiovisuales donde en pose solemne le pide al cantinero un trago de Cuba Libre o camina por las calles de la ciudad con un tipo imitando a Donald Trump. Se ha mofado de Díaz-Canel, de instituciones estatales como ETECSA y del cantautor Silvio Rodríguez.
Para Carlos, sociólogo, “la fingida disidencia de Sandro, en un país donde la oposición es un delito sancionado a muchos años de cárcel, es una muestra que los familiares de Fidel, Raúl, Ramiro, Machado Ventura y Guillermo García, entre otros, están por encima de la Constitución, los estatutos del partido comunista y las leyes vigentes. Son el poder real".
"Por lo mismo que hace Sandro Castro, han llevado a prisión a dos muchachos del grupo el C4tico de Holguín. Y a la youtuber Anna Bensi, por hacer podcasts criticando al gobierno, a ella y a su madre la han amenazado con prisión domiciliaria. Pero a Sandro nadie lo reprime. La familia de la casta gobernante juega en otra liga".
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