ver más
ANÁLISIS

La Entrevista de Olavarrieta y el Cinismo en extremo

Sin anestesia y sin rubor alguno, casi con la naturalidad de quien comenta el clima, una confesión que retrata de cuerpo entero el talante autoritario de ese régimen

Por Antonio Ledezma

Conviene decirlo con claridad: pocas cosas producen más estupor que escuchar a los voceros del narco régimen hablar de Venezuela como si en estos últimos 27 años no hubiese ocurrido nada. Como si el país no hubiese sido sometido a un expolio sistemático, a un deslave humano de millones de compatriotas obligados a huir, a una devastación institucional que dejó a la República convertida en un campo de ruinas.

Por Antonio Ledezma

El más reciente ejercicio de cinismo tiene como protagonista a Jorge Rodríguez, uno de los comisarios políticos más visibles de esa corporación criminal que gobierna desde Miraflores. En una entrevista concedida al periodista Luis Olavarrieta, quien con su inconfundible tono y peculiar modulación fue hilvanando preguntas cuidadosamente aterciopeladas —consciente de que debía cuidar esa oportunidad y no ser aventado del recinto por quienes practican la intolerancia como doctrina—, Rodríguez habló con una serenidad que no se le arrugó ni un músculo del rostro. Lo hizo con ese aire de funcionario que pretende dictar cátedra moral, como si no hubiera sido uno de los protagonistas estelares de esta larga noche de oprobio que ha padecido Venezuela.

Y fue en ese mismo intercambio donde Olavarrieta consigue, con su bien preconcebida parsimonia, que su entrevistado soltara, así, sin anestesia y sin rubor alguno, casi con la naturalidad de quien comenta el clima, una confesión que retrata de cuerpo entero el talante autoritario de ese régimen.

Admitió que Hugo Chávez quiso comprar el canal de televisión RCTV y que, “como sus dueños no aceptaron venderlo, simplemente decidieron arrebatarle la concesión”. Y fue en ese mismo intercambio donde, sin estridencia alguna, el periodista Luis Olavarrieta condujo la conversación con el mismo pulso de un torero que maneja su capote con paciencia y cálculo. Con la capota de su micrófono fue llevando a Jorge Rodríguez hacia el punto exacto donde terminaría confirmando lo que siempre denunciamos. Porque, casi sin darse cuenta —o tal vez creyendo que nadie repararía en la gravedad de lo dicho—, Rodríguez terminó admitiendo que para esa llamada “revolución” el derecho de propiedad, la libertad de expresión y la institucionalidad republicana no son más que estorbos en su camino. La fórmula es brutalmente sencilla: o vendes… o te lo quitamos. Esa es la ética de una corporación criminal que ha confundido el ejercicio del poder con una patente de corso.

Dijo, por ejemplo, que “la ausencia de Maduro es temporal porque fue forzado a dejar la presidencia”. Lo dice sin rubor alguno. Como si ese personaje no hubiese sido derrotado en las elecciones del pasado 28 de julio de 2024, como si supiera que era el cabecilla de una estructura que arruinó al país, pulverizó el salario hasta volverlo paupérrimo y convirtió a Venezuela en una nación expulsora de su propio talento.

Pero el cinismo no termina allí. Mientras alardean de una supuesta lealtad inquebrantable al dictador, al mismo tiempo se entienden —por debajo de la mesa— con las autoridades de Estados Unidos, el mismo gobierno que terminó ejecutando la captura del propio Maduro. Es decir: para la propaganda gritan “imperio”, pero para sobrevivir políticamente negocian con ese mismo imperio al que durante años insultaron. Es la típica pista de carritos chocones en la que se ha convertido la política exterior del régimen: gritos de soberanía hacia las cámaras y tratativas oscuras en los pasillos.

Rodríguez también habló con desparpajo de una “nueva Fiscalía”, como si se tratara de una renovación institucional. Lo que no explicó —ni ha dicho esta boca es mía— es el prontuario del saliente fiscal Tareck William Saab, convertido en un auténtico comisario político que fabricó expedientes para perseguir adversarios y encarcelar inocentes. ¿Y cuál es la novedad? Que el sustituto pertenece al mismo engranaje de esa maquinaria de persecución. Cambian los nombres, pero la estructura sigue siendo la misma: una Fiscalía diseñada para castigar disidencias y blindar a los jerarcas del régimen.

Pero el punto culminante del descaro fue cuando Rodríguez afirmó que la oposición “es mala ganadora”. Conviene recordar algunos episodios para refrescar la memoria. En diciembre de 2015 el pueblo venezolano logró una victoria histórica, otorgando a la oposición dos tercios de la Asamblea Nacional. Apenas cuatro semanas después, el Tribunal Supremo de Justicia —subordinado al poder político— inventó la figura del “desacato” para neutralizar ese triunfo ciudadano. Es decir, el régimen convirtió una derrota electoral en una victoria burocrática.

Una vieja maña heredada de Hugo Chávez, quien en 2007 perdió el referéndum constitucional y aun así se permitió llamar “victoria pírrica” al veredicto de millones de venezolanos. En otras palabras: los malos ganadores no son los ciudadanos que votan. Los malos perdedores son quienes no aceptan el resultado cuando pierden.

También se atrevió Rodríguez a reprocharle a la oposición que pretende “aplastar al adversario”. Curiosa afirmación viniendo de quienes promovieron la Ley del Odio, organizaron los llamados “círculos bolivarianos”, armaron colectivos con poder de fuego y estigmatizaron a millones de venezolanos llamándolos “majunches” o “escuálidos”, los mismos que judicializaron a los partidos políticos. Ellos sí instauraron una política de odio. Ellos sí promovieron persecuciones. Ellos sí convirtieron al adversario político en enemigo a exterminar.

Por supuesto, Rodríguez también repitió la cantaleta del “bloqueo imperial” para explicar el descalabro económico. Ese libreto ya nadie lo cree. La verdad es que destruyeron PDVSA, despidieron malamente al más formidable elenco de trabajadores petroleros, despilfarraron miles de millones de dólares de la renta petrolera, se robaron y regalaron recursos a aliados “ideológicos” mientras los hospitales y escuelas del país se caían a pedazos. Ahora vienen con el cuento de que explotarán el petróleo y el oro para construir escuelas, hospitales y carreteras. La misma fábula que repiten desde hace décadas. Una especie de Caperucita Roja tropical que pretende convencer a un pueblo que ha visto cómo se desvalijaron la despensa nacional.

También dijo Rodríguez que esa ley de ¿amnistía? no beneficiará a quienes pidieron intervención extranjera. Según su lógica, invocar el principio de la Responsabilidad de Proteger —mecanismo reconocido por Naciones Unidas— sería una traición a la patria.

Pero entonces cabe preguntar: ¿qué dice el régimen de la presencia de asesores y guardaespaldas cubanos, militares rusos, operadores iraníes y narcoguerrilleros colombianos instalados en territorio venezolano? ¿Eso sí es soberanía? ¿Eso sí es patriotismo?

Conviene hacer otra pregunta más directa: ¿Quién sostiene realmente a Delcy Rodríguez? Porque lo que ocurre en Venezuela no es un “gobierno” defendiendo su soberanía. Es una corporación criminal aferrada al poder mientras el país se desangra.

Sin embargo, a pesar de tanta ignominia, algo debe quedar claro: el pueblo venezolano ha demostrado una resiliencia admirable. Ha resistido persecuciones, hambre, exilio y manipulación institucional sin renunciar a su aspiración de libertad. Y esa aspiración —como lo demuestra la historia— termina imponiéndose.

Porque las dictaduras podrán manipular tribunales, fabricar expedientes o inventar victorias burocráticas. Pero jamás podrán confiscar la voluntad de un pueblo decidido a recuperar su dignidad. Y cuando llegue esa alborada —que llegará— la República tendrá que reconstruirse sobre tres pilares simples pero irrenunciables: verdad, justicia y libertad. No para vengarnos. Sino para que nunca más el cinismo pretenda gobernar a Venezuela

 NULL

    

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Temas

Deja tu comentario

Te puede interesar

video