Por Gilberto Carrasquero Naranjo
La esperanza en tiempos de peste
Un país ya quebrado por la tiranía, ya fracturado por el exilio, recibe ahora que la tierra misma se le abra bajo los pies. Y uno se pregunta, sin adornos: ¿cuánto más puede soportar un pueblo? ¿Cuántas pestes caben en una misma historia?
Hay un libro que conviene tener cerca en las horas oscuras: La peste, de Albert Camus. Pocas obras han entendido con tanta lucidez lo que ocurre cuando una ciudad, un país o un alma descubren que la historia puede cerrarse sobre ellos como una puerta de hierro. Camus sabía que la pregunta decisiva no es cómo evitar el sufrimiento, porque a veces no se puede. La pregunta decisiva es cómo seguir siendo humanos cuando todo se derrumba.
Camus entendió algo que nuestra época, con toda su propaganda de bienestar, intenta olvidar: la felicidad no vive fuera de la tragedia. La felicidad verdadera, cuando aparece, no niega el dolor: lo interrumpe. Es una lámpara encendida dentro de la noche, no la abolición de la noche.
Pero hay horas en que hablar de felicidad parece casi obsceno. Horas en que un país queda de rodillas. Horas en que la muerte no llega como metáfora sino como escombro, como hospital colapsado, como polvo en la boca, como una madre gritando un nombre entre las ruinas. En esas horas, la palabra felicidad suena demasiado limpia para un suelo cubierto de sangre.
Los venezolanos conocemos esas horas. Las conocemos demasiado.
Porque nuestra peste no empezó ayer. Vino primero como peste política y moral: la devastación larga y organizada de un país que alguna vez se creyó bendecido por la abundancia. El saqueo vuelto método. La mentira convertida en idioma oficial. La crueldad disfrazada de justicia. Un régimen que no sólo destruyó la economía: destruyó la confianza, la continuidad, la casa interior de millones de personas. Esa fue la primera peste.
Después vino la segunda: el exilio. Porque cuando una peste política se prolonga lo suficiente, termina expulsando al alma de su propio territorio. La gente no se va solamente de un país: se va de una infancia, de una mesa, de una montaña, de una manera de nombrar el mundo. Se va de sus muertos. Se va de sus olores. Se va de una casa que, aun cuando ya no existe, sigue apareciendo en los sueños. Así Venezuela se multiplicó por el planeta —Madrid, Miami, Bogotá, Santiago, Lisboa— mientras una parte secreta del alma seguía haciendo fila en Maiquetía, seguía mirando el Ávila, seguía esperando una llamada imposible que dijera: ya puedes volver.
Y ahora, el 24 de junio, llegó la tercera. La peste de la tierra cuando deja de ser suelo y se vuelve amenaza.
Fueron dos terremotos. Primero uno, y treinta y nueve segundos después —treinta y nueve segundos, el tiempo de un abrazo, el tiempo de buscar a un hijo con la mirada— el segundo, más fuerte todavía. Era feriado: el día de Carabobo, en que conmemoramos la batalla que selló nuestra independencia. Por eso muchos estaban en casa. Por eso la casa, esa palabra tan sagrada, fue para tantos la trampa. La Guaira, Caraballeda, Macuto, Naiguatá. Los Palos Grandes, Altamira. Los nombres de nuestra infancia convertidos en mapas de escombros, y miles de personas todavía debajo.
Un país ya quebrado por la tiranía, ya fracturado por el exilio, recibe ahora que la tierra misma se le abra bajo los pies. Y uno se pregunta, sin adornos: ¿cuánto más puede soportar un pueblo? ¿Cuántas pestes caben en una misma historia?
En momentos así, la felicidad parece imposible. Pero la esperanza, no.
Porque la esperanza es otra cosa. No es optimismo —el optimismo suele ser apenas una forma educada de no mirar—. La esperanza mira la realidad de frente: ve los cuerpos, ve el hambre, ve el miedo, ve la incompetencia del poder, ve la obscenidad de un régimen que se protege mientras el pueblo sufre. Y aun así encuentra, entre los escombros, una razón para no entregar el alma. La esperanza no nace de que las cosas estén bien. Nace de ver que, cuando todo está mal, todavía hay seres humanos capaces de actuar bien.
Esa es la revelación de toda peste, y es la que Camus puso en el centro de su novela. La peste cuenta la historia de Orán, una ciudad cerrada en cuarentena por una epidemia. Su protagonista es el doctor Bernard Rieux, un médico común —ni santo ni héroe de bronce— que decide hacer lo decente. Cura cuando puede. Acompaña cuando no puede curar. Se presenta cada mañana ante el dolor y hace lo que hay que hacer. No vence a la peste por completo; sabe que nadie la vence del todo. Pero le niega el derecho de convertirlo en cómplice de la indiferencia. Y a su alrededor, sin grandes proclamas, empiezan a formarse brigadas de gente corriente que arriesga la vida por desconocidos —no porque tengan garantizada la victoria, sino porque hay momentos en que la decencia no pregunta por el resultado antes de actuar.
Después de mirar de frente todo el horror del que es capaz el ser humano, Camus se negó a darle la última palabra, y escribió una de las frases más valientes del siglo: que en los hombres hay más cosas dignas de admiración que de desprecio. No lo dijo como consuelo bonito. Lo dijo como una verdad arrancada al peor escenario posible. Y el 24 de junio, esa verdad volvió a cumplirse en nuestro propio suelo.
Porque mientras los edificios todavía se asentaban en el polvo —antes de que llegara ninguna orden, ninguna autoridad, ninguna cámara— llegó la gente.
Llegaron los vecinos, con las manos, a cavar por personas que minutos antes eran extraños. Llegaron, de madrugada, caravanas desde Valencia que manejaron toda la noche para estar ahí al amanecer, bajando por la autopista cargadas con su propia agua, su propia comida, sus propias cobijas, repartiendo lo que tenían a quienes lo habían perdido todo. No los mandó nadie. No cobraron nada. No preguntaron por quién votaba el que estaba bajo los escombros.
Y luego llegó el mundo. Rescatistas de México, de El Salvador, de Chile, de Suiza, de República Dominicana. Llegaron los turcos, que saben de terremotos como nosotros sabemos de exilio. Llegaron los franceses, los estadounidenses —más de dos mil quinientos hombres y mujeres de países lejanos que dejaron a sus familias para venir a arrancarle vivos y muertos a la tierra de un país que muchos de ellos no sabrían ubicar en un mapa—. Llegaron con perros entrenados para oler la vida bajo el cemento. Hubo un muchacho de veintiún años, atrapado cinco días en Tanaguarena, y un médico salvadoreño se las ingenió para colarle agua entre las grietas, para mantenerlo vivo mientras cavaban. Cinco días de extraños peleándose con los escombros por una sola vida que no era la suya.
Y los que no podían cavar hicieron otra cosa: unos voluntarios montaron en pocas horas una página en internet para que las familias colgaran las fotos de sus desaparecidos. Un altar improvisado, hecho de amor y de urgencia, para que ningún nombre se hundiera en el silencio.
Eso es lo que quiero que veas. No el titular. No la cifra, que siempre llega tarde al dolor. Quiero que veas esa botella de agua bajando por una grieta. Quiero que veas esas manos rotas cavando. Quiero que veas a un desconocido negándose a abandonar a otro desconocido. Allí, en ese gesto, empieza la única esperanza que no miente.
Porque la peste muestra lo peor —la corrupción, el abandono, la cobardía, la obscenidad del poder que se protege mientras otros quedan enterrados—. Pero también arranca las máscaras y deja al descubierto la belleza radical de la naturaleza humana cuando decide no encerrarse en sí misma. De pronto, en medio del desastre, aparece alguien que, pudiendo retirarse a cuidar sólo lo suyo, cruza la línea del miedo y dice: aquí estoy. Aquí están mis manos. Aquí está mi tiempo. Aquí está mi pan. Aquí está mi cuerpo, que también tiembla, pero que ha decidido no dejarte solo.
Esa frase —aquí estoy— es el verdadero antídoto contra la peste. Y fíjate en lo que es, en el fondo: amor convertido en logística. Compasión convertida en turno de guardia. Bondad convertida en alimento. La esperanza no es una idea bonita; es una conducta. No es una emoción; es un verbo. Es una camilla cargada. Es una botella de agua bajando por una grieta. Es una caravana en la madrugada. Es una olla común. Es una linterna encendida.
Y a nosotros, los que estamos lejos —los de la segunda peste, los que vemos arder la casa desde la otra orilla del mar y sentimos la impotencia como una piedra en el pecho—, esta tercera peste nos enseñó algo que el exilio nos había hecho olvidar. Creíamos haber perdido el país. Y resulta que el país estaba vivo, y nos lo demostró de la peor manera y de la más hermosa: temblando, y levantándose. Porque una nación no es su gobierno, ni su petróleo, ni su frontera, ni siquiera su himno ni sus fechas patrias. Una nación es su gente cuando se agacha a buscar al otro entre el polvo. Eso no lo tumba ningún terremoto. Eso no lo expropia ningún régimen. Eso no lo borra ninguna distancia.
Vendrán días terribles todavía. Los números crecerán; ya lo sabemos. Habrá nombres que no aparezcan nunca, dolores que no se cierren, edificios que tardarán años en volver a ser hogar. La peste de la tierra retrocederá, como retroceden todas las pestes, sin desaparecer del todo: la falla seguirá ahí, dormida. Igual que sigue ahí la falla del régimen, y la del destierro. No conviene mentirnos: la historia no se cura con una emoción. La reconstrucción exigirá años, justicia, memoria, instituciones, verdad. Exigirá también esa forma adulta de la esperanza que no se conforma con conmoverse, sino que se organiza.
Pero ninguna reconstrucción empieza con cemento. Empieza con confianza. Y la confianza empieza cuando alguien ayuda. Cada gesto solidario pone una piedra invisible en la reconstrucción del país. Cada voluntario dice, sin saberlo: todavía hay comunidad. Cada vida salvada dice: todavía hay futuro. Cada mano extendida dice: la peste no nos ha convertido del todo en lo que quería.
Ese es el hilo. Delgado, frágil, pero real. El hilo de la esperanza. No la ingenua, la que cree que todo saldrá bien porque sí. La otra: la terca, la lúcida, la cubierta de polvo, esa que tiene manos, espalda, hambre y sueño. La que llega con una linterna. La que reparte sopa. La que cava. La que cura. La que abraza al que acaba de perderlo todo.
La tiranía quiso hacernos desconfiados. El exilio quiso dispersarnos. El terremoto quiso dejarnos de rodillas. Pero la solidaridad dice otra cosa: que todavía somos un nosotros. Que debajo de la ruina política, debajo de la diáspora, debajo del concreto partido, sigue respirando algo que no pudieron destruir. El país profundo. El país que no necesita permiso para ser digno. El país que aparece cuando alguien pregunta: ¿qué necesitas?
Hay una escena que se repite en toda catástrofe y que contiene una teología entera: alguien atrapado bajo los escombros, y alguien afuera cavando para alcanzarlo. Entre los dos hay piedra, polvo, peligro, tiempo en contra. Pero también hay una voz. Y esa voz dice lo único que, al final, importa. Es lo que una madre le dice a un hijo. Lo que un rescatista le grita a un desconocido bajo una pared caída. Lo que los venezolanos del mundo entero queremos decirle a nuestro país, incluso desde lejos, incluso con el corazón roto, incluso sin saber cuándo llegaremos del todo: Aguanta
Ya vamos.
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