La resistencia en la Isla tiene rostro de mujer. Llamémosle Selma, 69 años, una mulata de facciones finas, madre de tres hijos y abuela de dos nietos, remueve el arroz congrí con un cucharón plástico antes de enchufar al tomacorriente la olla de presión eléctrica.
Mujeres lideran protestas callejeras tras una semana de apagones en Cuba
En el barrio se escuchan quejas subidas de tono. Con un par de lámparas recargables y cuatro velas, alumbran la cocina y la sala
En una tabla pica trocitos de cebollinos y salchichas de pollo que luego añadirá a un tazón con cinco yemas de huevo, los batirá y hará una tortilla. En la sala, los nietos, chillando, accionan el mando de un videojuego. Su hija llegó molida del trabajo y se tiró un rato en la cama después de caminar unos quince kilómetros.
En el trayecto de regreso a la casa, hizo una cola de hora y media y pudo comprar pan de corteza dura. Luego pasó por el agro y compró cebollinos. En un bodegón privado adquirió una docena de huevos y un paquete de salchichas de pollo. Los dos hijos varones también vociferan desde un sofá descolorido. En la tele están viendo un juego del Clásico Mundial de Béisbol.
“Coño, dejen el escándalo”, reclama Selma desde la cocina. “Habló la matrona”, señala uno de sus hijos. “Déjate de gracia, que te quedas sin comer”, riposta la madre. La esposa del hijo mayor se dispone a preparar la tortilla y vierte un chorrito de aceite en el sartén. Selma le advierte: “Suave, mi corazón, que el litro de aceite anda por 1,600 pesos y va subiendo. Esa botella tiene que durar dos semanas”.
Justo en ese momento se va la luz. Son las seis y diez de la tarde. “Me cago en Díaz-Canel y todos sus descendientes. Hasta cuándo es el abuso con el pueblo”, grita Selma. En el barrio se escuchan quejas subidas de tono. Con un par de lámparas recargables y cuatro velas, alumbran la cocina y la sala. Después de servir la comida, sus tres hijos, los dos nietos y la nuera se sientan en la mesa. Antes de comer, Selma añade en cada plato un poco de col y rodajas de tomate. Y se sienta con un pozuelo plástico en un butacón de la sala: en la mesa solo caben seis personas.
Sus hijos se encargan de fregar los platos. Mientras tanto, la madre ve en el teléfono móvil una novela turca que le grabó el hombre que alquila el Paquete (copias piratas de series, películas y documentales que circulan en la Isla de forma semiclandestina desde hace más de una década). Y ahora, cuando han arreciado los apagones, es uno de los pocos ocios que tienen los cubanos de a pie, porque la conexión a internet de datos es pésima.
Después de ver el culebrón, Selma empieza a dar cabezazos en la butaca. Los muchachos ya se fueron a dormir. Su hija rellena un crucigrama a la luz de una vela. Sus hermanos conversan con algunos vecinos del edificio. “Detrás de la guerra de Irán viene Cuba, lo dijo Trump”, advierte un vecino. “No creo que haga falta intervención militar, ya el Cangrejo vendió a Díaz-Canel y su gente como sardinas en lata. La familia Castro, Ramiro Valdés, Guillermo García, Machado Ventura y los generales socios de Raúl que están en GAESA, son los que tienen asegurados boletos para el avión. El resto se queda”, describe el hipotético panorama un hijo de Selma.
“¿Y tú crees que esa gente es tonta? Si Raúl ya no estuviera en sus cabales, Díaz-Canel se va insubordinar. El Cangrejo negoció para que su familia escapara con la fortuna. Pero si el actual gobierno los deja marcharse, las cadenas perpetuas y las demandas judiciales les caerán a ellos. No se van a atrincherar, porque hasta el bobo de la esquina sabe que ya esto no tiene remedio”, comenta una vecina.
“Pero querrán tener argumentos a la hora de negociar con los yanquis. El problema, como yo lo veo, es que el Cangrejo les vendió el cajetín. Pero Díaz-Canel tiene a su lado a muchos oficiales de la Seguridad del Estado y las FAR que están jamando soga igual que el pueblo. Y tienen armas. Si yo fuera el sin casa metiera presos a todos los Castro, me sentaba a negociar con Rubio y me colgaba la medallita de héroe. Si no lo hace, va a pagar los platos rotos”, opina el vecino de más edad.
Selma se despierta de su sueño exprés, pasa por el cuarto de los nietos, les echa fresco con un cartón y trata de espantar a los mosquitos. Ya el ventilador recargable consumió la carga. Mira el reloj del teléfono. Son las dos de la madrugada. Llevan ocho horas de apagón. Por la mañana se fue la luz otras ocho horas. Dieciséis horas en total. Cuando sale al pasillo de su apartamento escucha a varias mujeres quejándose.
“Ya no puedo más. Me voy a enfermar de los nervios. No he podido cocinar, ni bañar al viejo, enfermo en la cama, porque no tengo agua. Estos hijos de puta nos van exterminar como si fuéramos cucarachas. Qué ganas tengo que la 82 división aterrice en La Habana”, dice una vecina. Las quejas no paran. Selma escucha en silencio. Y de pronto estalla.
“Con lamentos no vamos a resolver nada. Los machangos por un lado jugando dominó, tomando ron o haciendo planes para liberar a Cuba a golpe de muela (hablando). Los deseos no hacen hijos. No podemos esperar que la solución venga de Estados Unidos. No podemos pedir que un soldado americano arriesgue su vida para darnos lo que nosotros no hemos sido capaces de lograr”, expresa en voz alta.
¿Qué hacemos entonces?, preguntan las mujeres que la escuchan. “Pa'la calle, pinga. A buscar calderos, palos, hacer bulla, trancar la calzada”, responde Selma. En diez minutos se organizan. Comienzan a sonar las cazuelas con gritos intercalados de Libertad, Patria y Vida y Díaz-Canel singao. Son casi las tres de la madrugada en una barriada al sur de La Habana.
Una señora informa que en las redes sociales se comenta que “calentaron la timba en Zamora en Marianao, en San Miguel de Padrón, Jesús María y Lawton, entre otros”, y muestra los videos. “Filma y pasa el video de la protesta de nosotras. Arenga a la gente pa’ que más vecinos salgan a la calle. De jodido pa'bajo no hay más pueblo. No hay cárceles pa' meter preso al país entero. Cuando las protestas duren dos o tres días sin parar, tú verás como el singao y el marrano (Manuel Marrero) cuadran la caja. La fuerza Delta somos nosotros. No hace falta ni tirar un tiro. Esta gente está cagá de miedo, esta vez no van a reprimirnos”, indica Selma.
Sin proponérselo, se ha convertido en una líder comunitaria. La gente la respeta, la escucha, la sigue. A la media hora de protestar ponen la luz. Algunos se marchan a sus casas. Otros siguen repiqueteando calderos. “Ese es el problema de los cubanos, siempre nos quedamos a la mitad. Si las manifestaciones se mantienen, se unirán más personas. No se protesta solo por los apagones. Es larga la lista de demandas que el gobierno no puede cumplir. Pero la principal es que queremos libertad”, subraya Selma.
Los hijos intentan calmarla. “Mamá, que tú no eres Mariana Grajales, te van a meter en Manto Negro (prisión de mujeres). Vamos para la casa”, intenta convencerla su hija. Pasadas las cinco de la mañana regresa a su apartamento. Está súper cansada de tanto ajetreo. Se empina un buche de café y se va a la cama. Antes, pasa por el cuarto de sus nietos y los besa en la frente.
Uno de ellos se despierta y le dice: "Felicidades, abuela, por el día internacional de la mujer". Selma se lo agradece. No había reparado en la fecha. Cuba no está para festejos.
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