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@DesdeLaHabana

LA HABANA.- Cuando el viejo taxi colectivo para en la Esquina de Toyo, en La Habana, Cuba, el chofer sudaba a chorros. En el semáforo de Concha y Luyanó, en el populoso municipio Diez de Octubre, al sur de La Habana, aprovecha y bebe agua de un pomo plástico que guarda a un costado del asiento. En la reproductora del automóvil, un auténtico Frankenstein mecánico comprado en el mercado negro, con carrocería de un Chevrolet de 1954, motor surcoreano, caja de velocidad alemana y sistema de freno japonés, se escucha el hit ‘Un sueño’.

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“Un cambio urgente es lo que quiere la gente. Que la cosa está mala lo sabe hasta el presidente. La vida está dura, demasiado fuerte. Tienes que estar ahí no que venga nadie y te lo cuente”, resuena la voz ronca del reguetonero El Micha. Tres pasajeros del taxi cantan a coro. Cuando termina la canción, una muchacha dice: “De verdad que ya los cubanos lo que tenemos es que tirarnos pa’la calle. Todo el día estuve haciendo cola para comprar dos paquetes de picadillo y un litro de aceite. De pinga los singaos estos”.

Los pasajeros coinciden con la joven. “Ahora mismo, un grupo de mujeres con sus hijos trancaron un tramo de la Autopista Nacional. Están reclamando conversar con Díaz-Canel. Casi todas las noches, la gente suena calderos vacíos en diferentes provincias. Tremendo pitcheo, sin jama y con apagones de hasta 15 horas”, cuenta el chofer. Y una señora añade: “Lo que hace falta es perder el miedo. Y que los hombres se sumen, porque en todas las protestas las mujeres son las que están sacando la cara. ¿No hay huevos en Cuba?”, pregunta con ironía. Todos sonríen, pero siguen criticando.

La lista de quejas es extensa: los altos precios de los alimentos, el desabastecimiento generalizado y la corrupción. “Tuve que darle mil pesos a un guardia que cuida la cola en un mercado para que me dejara comprar dos paquetes de pollo. Todo el mundo está robando o en el 'invento'. La carne de puerco deshuesada a 600 pesos y por un viaje de La Víbora al reparto Caballo Blanco en San Miguel del Padrón, si es de noche, un taxista te cobra 2.000 pesos. No hay quien aguante esta locura”, afirma un señor.

En el trayecto de la Esquina de Toyo a San Miguel del Padrón, unos ocho kilómetros, solo pasó un ómnibus de la ruta P-7. Las paradas de guaguas estaban a reventar de personas. Si en algo concuerdan casi todos los cubanos, no importa el bando político, es que el país se ha ido a pique. El Estado no puede garantizar un funcionamiento medianamente regular de los servicios públicos, sea el transporte, la alimentación, la sanidad, el suministro de medicamentos, agua, electricidad y gas, entre otros.

Hace 28 años, el viernes 5 de agosto de 1994, la gente no criticaba abiertamente al gobierno como ahora. Además del lógico temor que engendran los regímenes totalitarios, todavía un segmento amplio de ciudadanos sentía respeto por Fidel Castro.

Los apagones de doce horas diarias, la miseria socializada y la falta de futuro provocaron un estallido popular en barrios habaneros como San Leopoldo, Colón, Jesús María, Cayo Hueso, Pueblo Nuevo y Los Sitios.

Entonces, la válvula de escape al descontento social eran los robos y secuestros de embarcaciones para intentar atravesar el peligroso Estrecho de la Florida en primitivas balsas de goma. Aunque no había internet, redes sociales ni prensa independiente, las historias de represión y crímenes como el del Remolcador 13 de Marzo se contaban en voz baja en la Isla. Pero ese viernes, poco después de las once de la mañana, miles de personas comenzaron a congregarse en los alrededores del malecón y saquearon la tienda en dólares, exclusiva para turistas, ubicada en el Hotel Deauville, mientras reclamaban marcharse del manicomio castrista.

Algunos rumores aseguraban que decenas de embarcaciones procedentes de la Florida iban a recoger a todos aquellos que deseaban emigrar de Cuba. Hubo enfrentamientos con la Policía, se destruyeron autos de patrullas y una marea humana ocupó la Avenida del Malecón desde el Parque Maceo hasta el Puerto.

Para Carlos, sociólogo, las protestas del 5 de agosto de 1994 y las del 11 de julio de 2021, “fueron muy diferentes, pero el escenario económico era parecido. Aguda crisis económica, inflación creciente, mala alimentación y apagones extensos. En el Maleconazo el reclamo mayoritario de la gente era marcharse del país. Se gritó 'Abajo Fidel' y 'Libertad', pero incluso los opositores más recalcitrantes reconocían el poder de convocatoria y el carisma de Fidel. Ahora no, la gente percibe que el actual gobierno, repleto de funcionarios mediocres y pésimos gestores públicos, no los representan. El régimen intentó repetir el mismo guión de Fidel Castro en momentos de crisis, juicios ejemplarizantes y permitir que miles de personas se marcharan del país para quitarle presión a la caldera social. En 1994 el éxodo fue de 30.000 personas. En estos momentos van por más de 150.000 y siguen sumando. Y, a pesar de eso, el descontento no disminuye”, explica y agrega: “La gente ha ido perdiendo el miedo. Habla lo que piensa en cualquier lugar. Se critica en duros términos el desempeño del gobierno y al presidente se le descalifica con burlas e improperios. Aún existe temor de salir a la calle a manifestarse, pero cuando una muchedumbre salga espontáneamente a protestar, se van a sumar decenas o cientos de miles. Mire por donde se mire, el modelo verde olivo está agotado, muerto. Funciona por inercia. El sistema represivo, que es lo que mejor funciona en Cuba, a duras penas mantiene el estado de cosas. Parafraseando a Lincoln, no se puede engañar ni atemorizar a todo un pueblo todo el tiempo. Las marchas del 11J y las protestas y cacerolazos que con frecuencia se vienen sucediendo en localidades de todo el país, son el principio del fin del régimen”, opina el sociólogo.

Adrián, licenciado en Ciencias Políticas, asegura que además de la crisis económica existen otros factores que demuestran la caducidad del modelo socialista autoritario en la Isla. “Casi la totalidad de la producción de alimentos agrícolas decreció entre un 20 y 60 por ciento. La salud pública y la educación, otrora joyas de la corona de la revolución fidelista, están en franco deterioro y retroceso. El movimiento deportivo cubano, entre los primeros del mundo, está en caída libre. Campeones olímpicos y jóvenes talentos del béisbol o el atletismo se marchan del país. Un porcentaje considerable de la población reconoce que con urgencia se necesitan reformas profundas”.

Los cubanos no solo quieren servicios públicos de calidad, viviendas dignas y con sus salarios adquirir los alimentos que desean. Quieren libertad y aspiran a vivir en una democracia. También por eso protestan.

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