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Análisis

Rompiendo las cadenas

El totalitarismo castrista, más eficiente que la corona española en el control social, ha inducido y formado a muchos compatriotas en la dependencia del Estado

Por PEDRO CORZO

Los cubanos, a los 67 años y seis meses de opresión totalitaria, no tienen otra opción que intensificar y extender las protestas. La situación en el país ha llegado a extremos en los que no se cuenta con más alternativas. Es muy controvertido escribir sobre esto en la distancia, pero no vislumbro otra salida que ponga fin al espanto que ha sumido a Cuba en una abyecta miseria.

El padre Félix Varela, testigo de la opresión colonial, escribió: “Los pueblos, cuando no tienen medios para pensar, se familiarizan con la idea de su incapacidad… dejan a otros el cuidado de discutir y se constituyen en masa inerte”.

El totalitarismo castrista, más eficiente que la corona española en el control social, ha inducido y formado a muchos compatriotas en la dependencia del Estado, a ser la masa inerte de la que escribió este ilustre compatriota.

El no pensar, no hacer y solo padecer de parte de la población, sin importar dónde se encuentren, no es por falta de coraje, sino que el método de instituir la subordinación ha sido parcialmente exitoso, aunque no todo lo que la dictadura hubiera querido, pues la resistencia no ha desaparecido.

El sistema impuesto en Cuba por los Castro ha reprimido cruelmente el libre pensamiento. La inaccesibilidad a otras fuentes de conocimiento y la represión incitan a la sumisión, lo que motiva que el sujeto se sienta incapaz de actuar por su propia cuenta, dando origen a que no pocos arguyan que son los otros los que deben correr los riesgos, ignorando que sus hijos también padecen los males de los cuales también son responsables, por apatía o complicidad.

La miseria es absoluta. La población vive en condiciones más míseras que las de los esclavos en los barracones en los tiempos del padre Varela. No hay probabilidades de conciliación entre el pueblo cubano y el totalitarismo que le oprime. La situación ha llegado a extremos insospechados; desgraciadamente, el país y su gente han arribado a niveles de sobrevivencia, por lo que me dicen numerosos amigos que se encuentran en la Isla y quienes viajan a ella.

La desdicha lo ensombrece todo. Se conoce desde el momento del nacimiento y se sufre hasta en la hora de la muerte. No faltarán quienes ríen de la desgracia que soportan, pero la mayoría padece una penuria que los agobia.

He escuchado a más de un cubano expresar que enfrentar el totalitarismo es muy difícil y demanda correr grandes riesgos, una verdad más que rotunda. El castrismo mata o encarcela, pero también se muere por indefensión, por sumisión.

El enemigo es cruel, despiadado, jamás reconoce sus culpas y menos admitirá ser responsable de los desastres del país. El poder castrista es capaz de engañarse a sí mismo, hacer promesas de cambio para que todo siga igual, como ha expresado el dictador designado, Miguel Díaz-Canel, en su más reciente alocución en la que anuncia reformas que nunca aliviarán las penurias de la ciudadanía. Simple y llanamente porque el sistema es ineficiente y se niega a reconocer los más elementales derechos ciudadanos, fundamento de todo progreso material y espiritual.

Es el propio castrismo el que ha llevado a la población a asumir posiciones extremas. Terminar con la farsa de Fidel, Raúl Castro, Díaz-Canel y del resto de los sicarios que le sirven. Efectuar una protesta nacional que conduzca al fin de la tiranía, o haga imperativa una acción solidaria internacional que tendría ese mismo resultado.

Protestar contra los abusos es un derecho y deber de toda persona con pundonor. La protesta ha de ser un compromiso de todos; mientras más se sumen, la victoria estará garantizada.

La mayor parte de los exiliados, aquellos que siguen comprometidos con sus obligaciones con la Patria, se sumaría a cualquier demanda popular que nuestro pueblo protagonice. No es fácil escribir sobre esto. Sé muy bien, por experiencia propia y familiar, la maldad del sistema castrista, pero aprecio con profundo pesar el deterioro de la población, y cuando la miseria te hace miserable, la recuperación es imposible.

Termino con otra frase del padre Varela que corrobora lo anterior: “Recupera la libertad de que tú misma te has despojado por una sumisión hija más de la timidez que de la necesidad; vive libre e independiente; y prepara asilo a los libres de todos los países”.

Autor

Pedro Corzo es un historiador, ensayista, periodista e intelectual público cubano especializado en historia política de Cuba y América Latina, con una trayectoria profesional de varias décadas en investigación, medios de comunicación y producción documental. Es colaborador habitual de importantes medios en español como El Nuevo Herald, La Prensa, El Mundo y Montonero, así como de múltiples plataformas digitales enfocadas en análisis político y memoria histórica. Corzo es conductor del programa Opiniones en WLRN Canal 17, donde lidera debates y conversaciones en profundidad sobre temas políticos y sociales contemporáneos. Ha producido 16 documentales históricos, entre ellos Zapata, Boitel vive, Los sin derechos, Muriendo a plazos y Las torturas de Castro, muchos de los cuales abordan la represión política, el exilio y la resistencia. Es autor de 23 libros, entre ellos Guevara: Anatomía de un mito, El espionaje cubano en Estados Unidos y La República que perdimos, y actualmente se desempeña como vicepresidente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio y del PEN Club Cubano en el Exilio.

Publicado originalmente en el Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com

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