Por Stephen Moore
Sr. Presidente, no perdamos Venezuela
Una de las estrategias de política exterior más inteligentes del presidente Trump ha sido la de instrumentar rigurosas sanciones contra la ilegítima y brutal usurpación del poder por parte del régimen de Maduro en Venezuela. Nicolás Maduro es uno de los gobernantes más corruptos y asesinos del mundo. En la principal ciudad del país, Caracas, han estallado caóticas protestas, la infraestructura económica de la nación ha colapsado y los ciudadanos pasan hambre. Estos son los males del socialismo a simple vista. Los “liberales” estadounidense elogiaban a Hugo Chávez y han estado silenciosamente apoyando a Maduro.
Por el contrario, uno de los objetivos más inquebrantables de la política exterior y de derechos humanos de Trump, es desalojar a Maduro del poder. Y con toda razón.
El objetivo de Estados Unidos es reemplazar a Maduro por un régimen estable, libre y pro-americano. Hasta ahora, Trump ha protegido con inteligencia los activos estadounidenses en Venezuela ya que el derecho de propiedad es vital para la recuperación económica y ante el temor de que nuestros adversarios — entre ellos Rusia y China— se apoderen de esos activos.
El principal activo de Venezuela reside en sus vastos campos petrolíferos, y se estima que el mayor de ellos representa el 20% de las reservas mundiales. Muchos de esos campos pertenecen y son operados por compañías energéticas americanas. Mientras que apretarle las clavijas al régimen de Maduro es lo adecuado, obligar a las compañías estadounidenses a renunciar a esos activos es una estrategia arriesgada que solo le daría a los rusos y los chinos un trampolín en Sudamérica. A China le encantaría controlar los centenares de miles de millones de dólares en activos energéticos de Petróleos de Venezuela. Eso sería extremadamente perjudicial para los intereses económicos y de seguridad nacional de Estados Unidos. No queremos repetir los errores que cometimos con Cuba en la década de los 60s, cuando los soviéticos tomaron el control de la economía y los activos.
Conscientes de esos riesgos, el presidente y el Departamento del Tesoro emitieron hace casi un año reglamentos que permiten a las empresas estadounidenses mantener titularidad de sus activos en Venezuela y operaciones mínimas. Esa fue la decisión correcta en ese momento y sigue siéndolo hoy. El gobierno debería renovar esa disposición antes que expire el 1º de diciembre.
Eso contribuye a apuntalar la influencia estadounidense a mediano plazo en el país. También, salvaguarda los derechos de propiedad a las compañías estadounidenses y a los millones de ciudadanos americanos que tienen acciones en esas empresas, entre ellas Chevron y AT&T. Asegura, además, que cuando por fin se desaloje a Maduro del poder, Estados Unidos pueda desempeñar un papel central en la reconstrucción de la economía con una orientación de libre mercado. Si China se apodera de esos activos, pasaremos años lamentándonos por haber “perdido Venezuela” y preguntándonos cómo sucedió.
No es un argumento a favor de flexibilizar la presión de las sanciones contra un régimen autoritario. Es un argumento a favor de hacer cumplir esas sanciones y una vía efectiva que prepara a Venezuela para un nuevo día en que por fin se erradique los legados opresivos de Chávez y Maduro.
Venezuela se estaba convirtiendo en un país pujante de clase media antes que los socialistas llegaran al poder. Eso puede volver a pasar, y en buena medida dependerá del restablecimiento de la participación estadounidense.
Las sanciones más importantes y humanitarias constituyen una respuesta adecuada a las violaciones de los derechos humanos y democráticos por parte del régimen de Maduro, así como “las relacionadas con actos o políticas que socavan las instituciones o los procesos democráticos; las graves violaciones de los derechos humanos; la prohibición, limitación o penalización de la libertad de expresión o de manifestación pacífica; y la corrupción pública”. Nunca debemos tolerar esos abusos, sobre todo en esta región del mundo.
Los estadounidenses y la población venezolana se sienten cada vez más frustrados ante el hecho de que Maduro se sostiene por un hilo en el poder. Muy seguramente ese hilo se romperá en los próximos años, y ahora es momento de pensar en la era pos-Maduro, de paz y cooperación económica entre Estados Unidos y Venezuela, como lo ha hecho el gobierno de Trump.
Sr. Presidente, mantener las operaciones y los activos de propiedad estadounidense facilitará ese compromiso constructivo a largo plazo de modo tal que tendremos un amigo y no un adversario en la región.
Stephen Moore es economista de FreedomWorks. Es uno de los autores de Fueling Freedom: Exposing the Mad War on American Energy.
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