Por Armando Manuel D’Fana
Un libro para entender y reconstruir Cuba
La nación cubana ha sobrevivido en su familia, en su cultura, en su exilio y en su resistencia interna. Esa continuidad espiritual y humana es la base sobre la que puede y debe edificarse la nueva República
Hay libros que se leen.
Hay libros que se estudian.
Y hay libros que se asumen.
Por qué cayó Cuba y cómo se levantará, del doctor Orlando Gutiérrez-Boronat, pertenece a esta última categoría.
No estamos ante una obra concebida únicamente para el análisis histórico o el debate académico. Estamos ante un texto que interpela directamente la conciencia del lector cubano —dentro y fuera de la isla— y lo coloca frente a una doble exigencia: comprender y comprometerse.
Comprender por qué el libro ofrece una lectura estructurada, rigurosa y sin concesiones sobre las causas que condujeron al colapso de la República cubana. A diferencia de otros enfoques que diluyen responsabilidades en abstracciones ideológicas o fatalismos históricos, aquí se identifican factores concretos: la fragilidad institucional, el caudillismo, la penetración ideológica, la erosión de la cultura cívica y, también, las decisiones políticas internas y externas que facilitaron la instauración y permanencia del totalitarismo.
Pero este libro no se detiene en el pasado. Y ahí radica su mayor valor.
Comprometerse, porque la obra trasciende el diagnóstico y entra en el terreno más difícil y más escaso en la literatura sobre Cuba: la propuesta.
El autor no se limita a denunciar lo ocurrido; articula una visión de transición. La idea de un Consejo de Salvación Nacional, el rescate del espíritu constitucional de 1940, la reorganización institucional y la necesidad de un proceso de devolución real de la soberanía al pueblo cubano no son planteamientos retóricos, sino elementos de una arquitectura política pensada para un momento de ruptura histórica.
Y ese momento —conviene decirlo con claridad— ya no pertenece al terreno de lo hipotético.
La situación actual del régimen, su desgaste estructural, el colapso económico y el creciente despertar de expectativas dentro de la población cubana nos obligan a mirar hacia adelante con una mezcla de esperanza y responsabilidad. El cambio, cuando ocurra, no será un acto espontáneo ni un desenlace automático. Será un proceso complejo, lleno de tensiones, riesgos y decisiones críticas.
En ese contexto, este libro adquiere una dimensión adicional.
Se convierte en un documento de consulta.
No solo para entender lo que pasó, sino también para orientarnos en lo que viene.
Porque el mayor peligro en los procesos de transición no es únicamente la resistencia del régimen que cae, sino la improvisación de quienes deben construir lo nuevo. La historia contemporánea está llena de ejemplos donde la ausencia de una visión clara, de principios firmes y de estructuras viables ha conducido a nuevas formas de inestabilidad o, peor aún, a la repetición de los errores del pasado.
Este libro, en cambio, propone un marco.
Un marco que parte de una premisa esencial: la reconstrucción de Cuba no será solo política ni solo económica. Será, ante todo, una reconstrucción moral y cívica.
El énfasis en la ética del poder —expresado en la exigencia de que quienes lideren la transición no aspiren a perpetuarse en él— constituye uno de los aportes más significativos de la obra. En una nación marcada por ciclos de personalismo y concentración de poder, esta propuesta representa una ruptura conceptual de gran alcance.
Asimismo, el libro reafirma una idea que, aunque evidente, ha sido sistemáticamente distorsionada por décadas de propaganda: Cuba no es el régimen.
La nación cubana ha sobrevivido en su familia, en su cultura, en su exilio y en su resistencia interna. Esa continuidad espiritual y humana es la base sobre la que puede y debe edificarse la nueva República.
Pero esa continuidad no es automática ni está garantizada.
Durante la presentación del libro, el propio autor llamó la atención sobre un hecho revelador: la presencia de jóvenes cubanos nacidos en los Estados Unidos, herederos de una nación que no vivieron directamente, pero que, sin embargo, les pertenece. En ellos se encierra uno de los mayores desafíos del futuro inmediato: la transmisión de la memoria.
Porque una nación no se reconstruye únicamente con estructuras políticas. Se reconstruye también recuperando los valores que la sostuvieron.
Valores que no nacieron en 1959 ni pueden reducirse al conflicto contemporáneo. Valores que vienen desde nuestras guerras de independencia, desde figuras como Agramonte —símbolo de honor y sacrificio—, desde la tradición republicana, con todas sus imperfecciones, pero también con sus logros, sus instituciones y su cultura cívica.
Recuperar esa memoria no es un ejercicio académico. Es una necesidad histórica.
Como he sostenido en otros textos, la cultura de una nación no se limita a un territorio ni a un sistema político. La cultura viaja con sus hijos, se preserva en la lengua, en la memoria, en las formas de vida y en la conciencia de pertenencia.
Por eso Cuba no se dividió en dos realidades irreconciliables. Se extendió.
Se convirtió, como imagen, en dos orillas de una misma playa: una dentro de la isla, otra en el exilio, ambas unidas por una misma raíz cultural y una misma historia compartida.
En ese sentido, la reconstrucción de la República no será solo un proceso institucional. Será también un proceso de reencuentro.
Un reencuentro entre generaciones.
Un reencuentro entre memoria y futuro.
Un reencuentro entre los que se quedaron y los que tuvieron que partir.
Y ese proceso exige algo más que voluntad política: exige conciencia histórica.
Porque si algo deja claro esta obra es que la libertad de Cuba —cuando llegue— no será el final de una historia, sino el inicio de la tarea más difícil: la de reconstruir la República.
Y para esa tarea, este libro ya ha comenzado a ofrecer un mapa.
Pero ningún mapa será suficiente si no existe la voluntad de recorrer el camino.
Y esa voluntad no nace de los libros, ni de las estructuras, ni siquiera de las ideas. Nace de algo más profundo: de la memoria, del sentido de pertenencia y de la responsabilidad que cada generación asume frente a su tiempo.
Hace apenas unos días, en un momento que aún me resulta difícil nombrar, perdí a mi hermana después de una larga lucha contra el cáncer. Fue mi confidente, mi amiga, una presencia constante en mi vida.
Sus últimas palabras no fueron sobre ella.
Fueron sobre Cuba.
Preguntó: “¿Cómo está Cuba?”
Esa pregunta —en ese instante— trasciende cualquier análisis, cualquier teoría, cualquier libro.
Porque en ella está contenida la nación entera.
Está la memoria.
Está la preocupación.
Está la continuidad.
Está el futuro.
Por eso Cuba sigue viva.
Sigue viva en quienes la recuerdan.
En quienes la piensan.
En quienes la enseñan a sus hijos.
Y en quienes, aun sin haberla vivido plenamente, la sienten como propia.
Tal vez ahí radique la mayor lección de este libro.
Que la reconstrucción de la República no comenzará el día en que caiga un régimen.
Comenzará el día en que los cubanos —todos— respondamos, con responsabilidad y con conciencia, a esa pregunta.
¿Cómo está Cuba?
Y qué estamos dispuestos a hacer para que vuelva a estar bien.
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