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TESTIMONIO

Víctor Manuel Domínguez quería escribir un libro sobre la oposición en Cuba

En nuestras innumerables conversaciones, el futuro de Cuba siempre fue un tema principal. Todos teníamos un sueño: vivir en un país democrático

Por IVÁN GARCÍA

Cerca de las ocho de la noche del viernes 10 de julio, falleció a los 68 años, debido a complicaciones de la diabetes, Víctor Manuel Domínguez, escritor, sindicalista y uno de los referentes del periodismo independiente en Cuba. Según informó CubaNet, medio donde Víctor Manuel colaboró durante tres décadas, Domínguez se encontraba en proceso de ser sometido a la amputación de su segunda pierna cuando sobrevino su deceso.

Supe la noticia quince horas más tarde, por un chat de WhatsApp que me envió el opositor Julio Aleaga, su amigo más cercano durante su larga enfermedad. Los dilatados apagones de 30 y 40 horas diarias provocan que colapse el servicio de internet de datos y la cobertura de la telefonía móvil.

“Iván, estuve llamando insistentemente y tu teléfono me daba apagado”, me comentó un viejo amigo de Víctor Manuel. Después, Julio Aleaga me contaría que lo velaron en medio de la oscuridad en la funeraria de Belascoaín y Zanja. Fue un golpe duro. No tanto por su muerte inesperada sino por el contexto.

Recuerdo que en algún momento del verano de 2014, durante una de las frecuentes tertulias los fines de semana en un café ambulante, aledaño a la bahía habanera, acompañado por Jorge Olivera, periodista independiente y preso político de la Primavera Negra, Julio Aleaga y yo, Víctor Manuel, con su típica jocosidad, nos relató cómo quería que fuera su velorio.

“No quiero tacañerías: compren tamales con empellas de cerdo, cervezas frías, una botella de ron El Abuelo y una serenata con boleros de Olga Guillot, la Freddy y Celia Cruz”. Nadie lo tomó en serio. Era un eterno bromista, un enamorado perdido y un patriota a prueba de balas.

En nuestras innumerables conversaciones, el futuro de Cuba siempre fue un tema principal. Todos teníamos un sueño: vivir en un país democrático. Estábamos convencidos de que tarde o temprano sucedería. A veces nos preguntábamos qué íbamos a hacer el día después de derrocada la dictadura.

Olivera hablaba de centrarse en la música y la poesía. “Quizás trabajar en alguno de los nuevos periódicos que se funden”. Aleaga tenía dudas sobre si dedicarse a la política o a negocios de marketing. Mi anhelo -no tengo la suerte que tuvo el Cangrejo, nieto del dictador Raúl Castro- era visitar el Yankee Stadium para ver un partido de los Mulos de Manhattan y dar cobertura periodística a unos Juegos Olímpicos o un Mundial de Fútbol.

Víctor quería escribir un libro sobre la oposición pacífica en Cuba, ser promotor cultural o simplemente compartir con sus amigos en un pequeño restaurante privado de la calle Zanja. No sé si por ingenuidad o escasas ambiciones, los periodistas y disidentes que conozco no tienen grandes pretensiones.

Desde luego, que existen los egos, las diferencias y alguna que otra pelea de ocasión en las que nos dejamos de hablar por un tiempo. Pero siguen prevaleciendo la honestidad intelectual y la solidaridad. Siento un poco de remordimiento con Víctor. En la vida las cosas no son perfectas.

A mediados de 2018 enfermé de la vesícula, me cerraron el contrato en Martí Noticias y comencé a vivir con mi esposa y mi hija en el apartamento de La Víbora, que con mil sacrificios y gracias a la ayuda de mi familia radicada en Suiza pude reparar. Después llegó la pandemia, Jorge Olivera y su esposa Nancy se marcharon del manicomio castrista y por razones de tiempo y trabajo nos fuimos distanciando.

Una tarde de 2021, Luis Cino, un amigo común, me avisa que a Víctor Manuel le habían amputado una pierna. Su hermano se lo llevó a Bayamo, donde estuvo un tiempo. Regresó a La Habana.Fui a verlo a casa de una persona que lo estaba cuidando. Más que ayuda material, Víctor necesitaba a sus amigos. Se sentía muy solo. Lo visité un par de veces en el barrio de San Leopoldo. Vivía en una habitación de cuatro metros cuadrados con una barbacoa que servía de dormitorio. Comía poco y mal.

Pero su dignidad y entereza eran un muro de contención a las lamentaciones. Nunca quiso que sintieran compasión por él. No le interesaba siquiera el reconocimiento. Julio Aleaga siempre estuvo a su lado. La vejez de la mayoría de los disidentes que conozco es muy dura. Referentes de la oposición como el profesor universitario Félix Bonne Carcassés y Vladimiro Roca Antúnez, fallecieron en la pobreza.

La economista Martha Beatriz Roque Cabello y el abogado René Gómez Manzano van por igual camino. René sobrevive escribiendo columnas para CubaNet y de ocasionales ayudas. Martha, muy frágil de salud, espera a que Dios se la lleve en una modesta vivienda en el municipio de Diez de Octubre.

Me duele ver a decenas de viejos disidentes olvidados viviendo en la extrema pobreza. Considerados 'traidores y mercenarios' por la dictadura, el Estado no les brinda asistencia social. A veces, alguien desde el exilio les hace llegar comida o un billete de cien dólares. Pero vivir de la caridad no es sustentable. No reciben una pensión mensual y en medio de la bestial crisis que afecta a la Isla, son más vulnerables que nunca.

Cuando la mayoría de los cubanos aplaudían los extensos discursos del dictador Fidel Castro, un 28 de enero de 1976, Ricardo Bofill fundaba el grupo Pro Derechos Humanos. Bofill, junto a Martha Frayde, Rolando Cartaya, Tania Díaz-Castro y luego Elizardo Sánchez y Juan Manuel Cao, entre otros, denunciaron a instituciones internacionales de la ONU las constantes violaciones de los derechos humanos del régimen de La Habana.

La resiliencia de la disidencia pacífica es loable. La oposición armada puede ser derrotada. Pero la oposición pacífica no. Los cuerpos represivos han encarcelado a cientos y a muchos forzados al exilio, pero otros ocupan sus puestos. A pesar del acoso y el asesinato de la reputación de sus líderes por parte de la policía política, contra viento y marea, se mantienen el periodismo independiente y el activismo disidente.

Pero la propaganda del régimen ha inoculado en un segmento importante de la población algo que es más poderoso que el miedo: la ignorancia e invisibilidad para esos hombres y mujeres, enfrascados en una cruzada por la democratización de nuestra patria.

Les cuento una historia. Hace poco más de un año, Janisset Rivero me regaló en Miami un libro de su autoría, Cartas a Pedro, una novela distópica que acontece en una sociedad cerrada, que simboliza de alguna forma al líder estudiantil Pedro Luis Boitel, quien tras 53 días en huelga de hambre, falleció el 25 de mayo de 1972 en una antigua prisión habanera.

Después de leer el libro, mi hija y otros amigos suyos, querían conocer más de Boitel y los horrores del presidio político. Creo que los periodistas independientes, excepto casos contados, como el de la propia Janisset Rivero o el de mi madre Tania Quintero (en su blog publicó una serie de quince posts sobre las primeras presas políticas cubanas), debieran intentar rescatar la memoria de miles de compatriotas quienes por voluntad propia enfrentaron a la dictadura dentro de la boca del lobo, sosteniendo como arma su pluma y sus ideas.

Ellos son los héroes de la lucha por la libertad y la democracia en Cuba. No deben ser olvidados. Espero que algún día la patria los contemple orgullosa. ¡Adiós, Víctor Manuel!

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