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SALUD MENTAL

Cuando estamos seguros de algo... y sin embargo nunca ocurrió: lo que el "efecto Mandela" nos enseña sobre la memoria

Nuestros recuerdos están formados por experiencias, emociones, conversaciones posteriores y también por la forma en que damos sentido a lo que vivimos

Por Dra VIOLETA GARCÍA

Hay momentos en los que la mente nos deja completamente descolocados. Alguien recuerda una escena de una película, otra persona completa la frase y todos están convencidos de que así era… hasta que alguien busca el fragmento original y descubren que la escena no era exactamente como la recordaban.

Entonces aparece esa sensación tan extraña: “¿Cómo es posible que todos lo recordemos igual si no ocurrió así?”

En psicología este fenómeno tiene nombre: efecto Mandela. Se refiere a esas situaciones en las que muchas personas comparten el mismo recuerdo equivocado sobre un hecho, una imagen o una frase. No es simplemente que una persona se confunda; lo curioso es que varias personas recuerdan lo mismo… aunque ese recuerdo no sea real.

El término empezó a utilizarse cuando muchas personas afirmaban recordar que Nelson Mandela había fallecido en prisión décadas antes de su muerte real. Lo sorprendente no era el error en sí, sino la seguridad con la que lo recordaban.

Este fenómeno suele aparecer en detalles muy cotidianos de la cultura popular. Por ejemplo, hay quienes están convencidos de que el personaje del Monopoly lleva un monóculo, cuando en realidad nunca lo ha llevado. O personas que recuerdan frases de películas que nunca se pronunciaron exactamente así.

Lo interesante de todo esto no es solo el error, sino la confianza con la que recordamos algo que no ocurrió.

La memoria no funciona como creemos

Durante mucho tiempo pensamos que la memoria funcionaba como una especie de archivo donde se guardan los recuerdos tal como sucedieron. Sin embargo, la investigación en psicología ha mostrado algo muy diferente.

La memoria se parece más a una reconstrucción que a una grabación.

Cada vez que recordamos algo, el cerebro no reproduce una escena intacta. Lo que hace es reconstruirla utilizando distintos elementos: lo que realmente ocurrió, lo que interpretamos en ese momento, lo que otras personas nos contaron después e incluso lo que creemos que “tendría sentido”.

Por eso, con el paso del tiempo, los recuerdos pueden modificarse ligeramente sin que nos demos cuenta.

Nuestro cerebro tiende a rellenar huecos, simplificar historias o reorganizar la información para que tenga coherencia. Y cuando varias personas comparten las mismas referencias culturales o escuchan la misma versión repetida muchas veces, esos recuerdos pueden terminar consolidándose como si fueran reales.

Lo que ocurre en la vida cotidiana… y también en terapia.

Aunque solemos pensar en el efecto Mandela con ejemplos curiosos de películas o marcas, algo parecido sucede también en situaciones mucho más personales.

En consulta es relativamente frecuente ver cómo dos personas recuerdan un mismo episodio de forma distinta.

Una persona puede decir:

—“Aquella vez me dijiste algo que me dolió muchísimo”. Y la otra responde, genuinamente sorprendida:

—“Yo no recuerdo haber dicho eso”.

A veces ambos relatos parecen incompatibles. Sin embargo, cuando se profundiza un poco más, aparece algo muy humano: cada uno recuerda el momento desde su propia experiencia emocional.

Quizá uno recuerda la frase exacta y el otro recuerda el contexto. Quizá uno recuerda el tono y el otro la intención. Quizá lo que para uno fue un comentario puntual, para el otro tuvo un impacto emocional mayor.

Y ahí aparece una idea muy importante: los recuerdos no solo contienen hechos, también contienen emociones.

Cuando la mente busca coherencia

Nuestro cerebro tiene una tendencia muy clara: necesita que las historias tengan sentido. Cuando hay vacíos o detalles poco claros, muchas veces los completa de manera automática.

Esto ocurre especialmente cuando ha pasado tiempo o cuando el recuerdo no era especialmente nítido desde el principio.

Por ejemplo, si pensamos en la imagen típica de un personaje rico, es fácil imaginar un monóculo, un sombrero elegante o un bastón. Si además ese personaje pertenece a un juego que representa riqueza, el cerebro puede integrar esos elementos sin que nos demos cuenta.

No es que inventemos recuerdos conscientemente. Más bien ocurre al revés: la mente intenta organizar la información de la manera más lógica posible.

Lo curioso del efecto Mandela

Quizá lo más llamativo de este fenómeno es la seguridad que sentimos al recordar algo. Cuando evocamos una imagen con claridad, tendemos a confiar plenamente en ella.

Sin embargo, la psicología lleva tiempo mostrando que la seguridad no siempre es sinónimo de exactitud.

Podemos estar completamente convencidos de algo y, aun así, estar equivocados.

No porque la memoria “falle”, sino porque funciona de una forma mucho más dinámica de lo que solemos imaginar.

Un recordatorio muy humano.

Lejos de ser algo inquietante, el efecto Mandela nos recuerda algo importante sobre cómo funciona nuestra mente.

Recordar no significa simplemente reproducir el pasado. Significa reinterpretarlo, reorganizarlo y reconstruirlo constantemente.

Nuestros recuerdos están formados por experiencias, emociones, conversaciones posteriores y también por la forma en que damos sentido a lo que vivimos.

Por eso, cuando varias personas comparten un recuerdo que en realidad nunca ocurrió de esa manera, no estamos necesariamente ante un misterio extraño. Más bien estamos viendo en acción uno de los rasgos más fascinantes del

funcionamiento humano.

Porque, al final, la memoria no es solo un registro del pasado.

Violeta García

Puedes encontrarme en: https://violetagarcia.es/

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