MIAMI.- “Desde que tenía escasamente 12, 13 años, siempre fui una niña soñadora que creció junto a mi madre, trabajando duro y observando de cerca el sacrificio diario”, recuerda Glenda Amaya en entrevista con Diario Las Américas.
Conozca la historia de la estilista Glenda Amaya
La historia de esta emprendedora de origen salvadoreño comienza con una infancia marcada por el esfuerzo, la ausencia y los sueños tempranos
“Veía tanto sacrificio en mi mamá, que me decía: tengo que ayudarle, tengo que ser alguien que pueda ayudar a mis padres”.
Sin una figura paterna estable, “mi padre fue alcohólico desde que tengo uso de razón”, Glenda encontró su inspiración en algo aparentemente sencillo, la peluquería a la que asistía con su madre.
“Cuando mi mamá iba a arreglarse las manos o el cabello, yo miraba a la peluquera y sentía que yo era la que estaba haciendo el trabajo. Desde ese momento dije, quiero hacer algo así, quiero ser profesional como ella”.
Los primeros pasos
Ese deseo se transformó en acción. Ingresó a una academia y dio sus primeros pasos en el oficio. A los 18 años emprendió el primer negocio con recursos mínimos. “Empecé con una silla y una estación. Y me gustó esa sensación de decir: tengo lo mío, vamos a seguir”.
Los inicios no fueron fáciles. “El primer desafío fue no tener el dinero”. Frente a eso, la respuesta fue trabajo, preparación y fe. “Tomaba cada oportunidad de estudiar, cada curso que podía, nunca perder la fe, ni cansarse”.
Volver a empezar
Con el tiempo logró consolidar una empresa importante en El Salvador, donde llegó a tener hasta 25 empleados. Sin embargo, la violencia provocada por las pandillas en el país golpeó su negocio. “Estábamos atravesando una situación bastante crítica en El Salvador, y eso hizo que nuestro negocio cayera mucho”, relata. La migración a Miami significó volver a empezar. “Llegamos aquí sin absolutamente nada, ni siquiera para pagar un apartamento”.
A ese proceso se sumó una de las pruebas más dolorosas de su vida. Durante la pandemia perdió a su esposo, con quien estuvo casada por 20 años. “Fue devastador”, confiesa. Quedó sola al frente de su familia, con tres hijos, incluyendo una niña de 11 años y un adolescente de 16. “Me quedé sola, sin la estabilidad que mi esposo aportaba hacia el hogar”.
Aun así, decidió no rendirse. “Dios me dio la sabiduría para seguir adelante, sin la guía de Él no podemos seguir caminando”.
Por eso hoy, su emprendimiento, Salón Glenda’s, más que un negocio de belleza es un espacio donde el trato humano es esencial. “Las personas tienen que sentirse acogidas, que llegaron a un lugar donde no solo se les da un buen servicio”, explica. Para ella, la estética va más allá de lo físico: “Transformar a una mujer físicamente también toca su interior, porque la autoestima se eleva cuando nos sentimos bien”.
Nacido de la experiencia
Ese mismo enfoque humano y profesional dio origen a una línea de cuidados para el cabello, Glenda’s Moringa Coffee Fusion concebida a partir de años de experiencia. “La idea nació hace cinco años, pero fue ahora cuando pude concretarla, después de identificar un patrón recurrente en muchas de las personas a las que les da servicio: cabellos deshidratados y debilitados.
Después de trabajar durante años con tratamientos de café y de moringa por separado, decidió unir ambos ingredientes en un producto.
Desde la práctica profesional, Glenda explica que esta fusión está pensada como un tratamiento restaurador que fortalece, revitaliza y devuelve equilibrio al cabello, especialmente en casos de daño por químicos, calor o desgaste prolongado. “Después de trabajar con muchos productos, creé uno que puede usarse tanto en niños como en adultos”
Más que una propuesta comercial, se trata de una orientación basada en la observación, el conocimiento acumulado y la intención de promover rutinas de cuidado capilar más conscientes y naturales.
Un renacer
El 2025 marcó un punto de renacimiento. No solo creció profesionalmente, también el amor tocó nuevamente su vida y dice, ha vuelto a confiar.
“Quiero que mis próximas generaciones puedan decir, tuve una madre, una abuela que luchó y nunca se cansó”, y resume: “nunca dejemos de creer en Dios, porque tenerlo en el corazón es lo que hace la diferencia”.
A Glenda Amaya la puede encontrar en redes sociales como @salonglendas
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