ver más
CINE

"Ghostbusters: Frozen Empire": El delicado puente entre lo viejo y lo nuevo

Como bien lo han explicado múltiples teóricos, en la actualidad la nostalgia es la moneda de cambio y es cada vez más común ver el regreso de franquicias de antaño

Por LUIS BOND

El blockbuster de hoy es, potencialmente, un clásico del mañana. Una afirmación que podría horrorizar a la crítica más recalcitrante, pero que el peso de la historia ha corroborado como cierta. Para los que tengan dudas, solo hace falta echar un vistazo a franquicias enormes como Star Wars, Back to the Future, Jurassic Park, entre otras y ver el impacto que han tenido —y siguen teniendo— de generación en generación. Largometrajes que han sido subestimados por los snobs del séptimo arte y que, décadas después de su estreno, son elevados al status de clásicos de culto (definiendo estéticas, narrativas y tropos). En esta estirpe se encuentra Ghostbusters (1984), una “comedia sobrenatural” que fue un boom en los 80s por su humor, mezcla de géneros, personajes entrañables y una campaña enorme de marketing que se tradujo en merchandising de todo tipo (juguetes, videojuegos, disfraces, etc). Es así como toda una generación se vio “impregnada” por la influencia de esta historia (y su secuela de 1989) y que la atesora dentro de su psique con los recuerdos de un “pasado mejor”.

Ghotbusters Frozen Empire 3.jpg

Ghostbusters: Frozen Empire supera a su predecesora logrando un delgado equilibrio entre nostalgia y nuevas ideas.

Como bien lo han explicado múltiples teóricos, en la actualidad la nostalgia es la moneda de cambio y es cada vez más común ver el regreso de franquicias de antaño (para bien o para mal) a la gran pantalla. Este fue el caso de Ghostbuster: Afterlife (2021), una suerte de homenaje que rodó Jason Reitman en honor a su padre (Ivan Reitman, creador de la saga original) y que intentó construir un puente entre una nueva generación (Gen Z) y los antiguos Ghostbusters (Boomers). Por supuesto, como sucede con todos estos subproductos, el resultado fue heterogéneo y dividió por completo a la crítica (unos la alaban por las nuevas ideas que trajo, otros la defenestran por “revivir” a los héroes del siglo pasado). Con estos antecedentes llega a nuestras salas de cine Ghostbusters: Frozen Empire, la cuarta entrega en esta saga y la bisagra definitiva entre los 80s y los 2020s.

Ambientada un par de años después de su predecesora, Ghostbusters: Frozen Empire sigue los pasos de los descendientes del mítico Egon Spengler: su hija Callie (Carrie Con) y sus nietos Trevor (Fina Wolfhard) y Phoebe (Mckeena Grace). A su lado, tenemos a Gary Grooberson (Paul Rudd) que, gracias a su relación con Callie, termina asumiendo el rol de padre sustituto. Más que una familia unida, juntos son reconocidos por la ciudad de New York como los nuevos Ghostbusters (hasta el punto de hacer vida en la sede de los originales y usar sus gadgets). La historia comienza cuando el Alcalde Walter Peck (William Atherton) pone en jaque la existencia del equipo por los destrozos que han generado en la ciudad —de forma indireccional— cada vez que se enfrentan a un fantasma. Una situación que se verá potenciada luego que un misterioso artefacto con una presencia maligna comience a acecharlos a todos.

Ghotbusters Frozen Empire 2.jpg

Entre lo m[as resaltante de la película están Los guiños a las películas anteriores de forma orgánica. El humor físico y los chistes de los 80s.

Ghostbusters: Frozen Empire, al igual que su predecesora, dista mucho de ser perfecta, pero posee más virtudes que defectos. El guion de Gil Kenan ( Ghostbusters: Afterlife, A Boy Called Christmas) y Jason Reitman (Ghostbusters: Afterlife, Up in the Air, Thanks for Smoking) se aleja del tono de su precuela (que, ambientada en el mismo universo que las originales, cambia por completo el setting y apenas utiliza unos pequeños cameos de los héroes clásicos) para ir de lleno con la “fusión” de lo viejo y lo nuevo. Es así como tenemos el regreso a la clásica estación de bomberos de New York, pero de la mano de otra generación que maneja equipos y entra en dinámicas que ya conocemos. Esto sirve como excusa perfecta para reunir a los héroes sexagenarios con los más chicos y crear un assemble idóneo para enfrentarse a una aventura de proporciones épicas.

Lastimosamente, el talón de Aquiles de Ghostbusters: Frozen Empire está en su misma esencia: por querer abarcar tanto (sumando personajes nuevos y viejos a la historia), no termina de desarrollar a los múltiples protagonistas que hacen vida en la trama. Tenemos un poquito de todo, pero no profundizamos en ninguno. Aunque el gran resumen de sus arcos dramáticos se podría reducir a resolver problemas generacionales (Nadeem negándose a seguir con el legado familiar, Ray y Phoebe dejados a un lado por su edad, Gary debatiéndose en su rol de padre sustituto, la política de New York denigrando el oficio de los Ghostbusters como algo demodé, etc), hay subtramas como la relación de Phoebe con Melody o la dinámica con ciertos personajes secundarios (como Lucky y Podcast) que no termina de cuajar de forma orgánica. Contrario a lo que podría pensarse, esta falencia no es un dealbreaker del todo gracias al ritmo que tiene el guion donde en todo momento estamos enfrentándonos a un conflicto que nos mantiene entretenidos (lo que evita que pongamos demasiada atención en las costuras).

Ghotbusters Frozen Empire 2.jpg

Entre lo m[as resaltante de la película están Los guiños a las películas anteriores de forma orgánica. El humor físico y los chistes de los 80s.

De la misma forma que el guion juega dentro de una zona segura, la dirección de Gil Kenan (Monster House, A Boy Called Christmas) se queda obnubilada por el hechizo de las entregas anteriores. Así como Oriol Paulo con David Fincher o J.J. Abrams con Steven Spielberg, Kenan se vuelve un copy-cat del trabajo de Ivan y Jason Reitman, lo que hace que los momentos frescos que trae a la mesa (como las persecuciones del auto, la dinámica con Nadeem, los gadgets nuevos, entre otras) queden eclipsadas cada vez que aparece un elemento clásico que marca la pauta de la historia como si fuese un molde. Esto garantiza una mezcla entre comedia, suspenso y aventura que la hace óptima para toda la familia, pero le pone a Ghostbusters: Frozen Empire una camisa de fuerza donde sentimos que estamos frente a un producto divertido y que funciona, pero que podría haber sido mucho mejor —¿o no?— de haber tomado otros riesgos que la alejaran del material original.

En el apartado de las actuaciones, por la cantidad enorme de personajes y el tiempo en pantalla, el brillo termina siendo desigual. Paul Rudd no tiene tanto protagonismo como en Ghostbusters: Afterlife, pero sus chistes siempre son maravillosos. Finn Wolfhard funciona, pero ya no hace tanta gracia como adulto a diferencia de la entrega anterior cuando era un “adolescente goofy” que contrastaba con la madurez de su hermana menor. Mckenna Grace sigue siendo de lo mejor de esta nueva saga, aunque las nuevas facetas de su personaje no se exploran de la forma más óptima (inclusive, por momentos, puedes llegar a detestarla). Logan Kim y Celeste O´Connor hacen lo mejor que pueden con el reducido tiempo que tienen en pocas escenas (que además comparten con actores enormes que, indudablemente, los eclipsan) y quedamos con ganas de verlos mucho más. Algo parecido sucede con los nuevos personajes que encarnan Kumail Nanjiani (que a mitad de guion comienza a tener momentos especiales) o James Acaster (que es casi como un runing gag que va y viene con sus diálogos): mabos están llenos de potencialidades que no se desarrollan del todo. De Annie Potts, Dan Aykroyd, Bill Murray y Ernie Hudson poco hay que decir: verlos en pantalla es un bálsamo y siempre se van a robar el show con sus interacciones (aunque sean a cuentagotas). Solo por verlos de nuevo en acción vale la pena ir a la sala de cine y cada una de sus intervenciones vale oro.

Ghostbusters: Frozen Empire supera a su predecesora logrando un delgado equilibrio entre nostalgia y nuevas ideas. La interacción entre los héroes originales y los nuevos (construyendo un puente entre Boomers, Gen X, Millenials y Gen Z) hace que tenga un amplio espectro de humor para toda la familia. Independientemente de sus detractores (como siempre lo tendrá toda secuela, remake, reboot, etc) y de sus esfuerzos por construir un universo “nuevo” cimentado en el “viejo” (que a veces funciona y otra no), la película divierte y nos regala un par de reflexiones valiosas alrededor de la tercera edad, la generación de relevo, los vínculos filiales y los prejuicios (temas que siempre vale la pena revisar). Aunque la historia cierra redonda, la película sufre del mal contemporáneo del epílogo y, en lo personal, su cierre solo me deja una pregunta sin responder: ¿cuándo es demasiado tarde para seguir explotando una franquicia?, ¿todas las secuelas están condenadas a vivir de la nostalgia de sus predecesoras?, ¿vamos a llamar a los mismos héroes de hace 40 años atrás para que se enfrenten a los problemas de una nueva generación?, ¿seguiremos trayendo a la modernidad conflictos demodé porque nos negamos a madurar? Las respuestas no son sencillas, pero creo que el cine realmente necesita a unos Ghostbusters que nos libren de los fantasmas del pasado.

Lo mejor: el regreso del cast original y su participación en la historia (que va más allá de un simple Cameo). Los guiños a las películas anteriores de forma orgánica. El humor físico y los chistes de los 80s. Todo el Build up hasta la aparición del antagonista principal.

Lo malo: por tener tantos personajes dentro de la historia no hay espacio para profundizar en ellos como quisiéramos. El desarrollo de la subtrama entre Phoebe y Melody no es muy orgánico y rompe con el ritmo de la historia.

Embed

 NULL

    

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Temas

Deja tu comentario

Te puede interesar