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LETRAS

Miguel Ángel Díaz cuenta una Cuba desgarradora en "Relatos suspendidos"

Esas historias duelen, son anécdotas que muchos comparten, los despojos de un violento sistema que separó familias, fusiló sin compasión y mutiló la democracia
Por GRETHEL DELGADO

MIAMI.- El escritor cubano Miguel Ángel Díaz presenta el 10 de enero su libro Relatos suspendidos en la librería Books & Books, en Coral Gables. Reúne el aliento de muchos años, heridas que se fueron acumulando tras cada despedida, y también el hastío de un cubano que ve, desde la otra orilla, cómo su país agoniza bajo una dictadura.

Así me lo ha contado una tarde, no sin emocionarse, como mismo lo hizo cuando, en solitario, escribía estas historias que le son tan cercanas. Hice el gesto que siempre repito con los libros que llegan a mis manos. Me acerqué para oler sus páginas nuevas, esas que contienen, a su vez, aquellos olores de la nostalgia y la fractura que componen Cuba: el café recién colado, el amanecer de campiña, la mala pólvora que despide a los fusilados.

Díaz (La Habana, 1960) reveló algunas de las anécdotas que le inspiraron a crear esos relatos, en particular su interés por narrar “hechos particulares de los verdaderos protagonistas, que fueron los que sufrieron los diferentes eventos creativos del gran comandante”.

Se refirió también a su padre, al que no pudo visitar cuando estaba muriendo porque Cuba no le permitió entrar al país. A él dedica su libro, como un brazo largo que llega, de algún modo, al sitio donde descansa. “A mi padre, que amaba los libros y no podrá leer este”, se lee al inicio.

Miguel explicó que la decisión de sacar este libro le tomó mucho tiempo, porque aunque siempre ha escrito para la televisión, le tiene “mucho respeto a los oficios”, y no cree que “escribir sea algo que uno se pueda tomar a la ligera, sobre todo publicar”.

Con ese respeto el autor, que por muchos años trabajó en el cine y la televisión en Cuba, Colombia y en EEUU, entrega, desde ángulos menos trillados, historias que contienen un gran componente visual.

Vemos inquietantes capítulos del cubano, comenzando desde la avanzada guerrillera al inicio de una revolución sangrienta, la Operación Peter Pan y los niños que no volvieron a encontrarse con sus padres, pasando por los éxodos, los jóvenes que murieron en Angola o regresaron locos, los odios entre hermanos y las mentiras, hasta la desintegración total de una sociedad sumida en desencantos.

Uno de los relatos lo dedicó a su abuelo, que “con cincuenta y tantos años tenía dos bodegas, casas, dinero”. Pero “llegaron y se lo quitaron todo. Muchos se mataron al ver que estuvieron toda su vida luchando y llegó un miliciano a quitarles todo”.

En otro de sus relatos hace un homenaje a un amigo. “Cuando mandaban a la gente a la guerra en Angola, algunos jóvenes empezaban a fingir que estaban locos, hacían mil acrobacias para escabullirse del servicio militar”, detalló el escritor, que lleva 27 años viviendo fuera de Cuba. El régimen, en respuesta, ingresó a muchos en el hospital psiquiátrico conocido como Mazorra, donde “les dieron electroshocks, pastillas antipsicóticas. Esos muchachos comenzaron a sufrir daños irreversibles. Muchos, como mi amigo, murieron jóvenes”.

Pero no es un libro de reproches y resentimientos. Lo literario prevalece. Para Díaz, historiador nato y narrador inquieto, resulta un ejercicio necesario revisitar el pasado reciente de Cuba, el de las víctimas, el de los comunes mortales.

“Esto pasa en cualquier lugar, por eso no hablo de un pueblo, de un país, de un hombre. Solamente tienen nombres propios los protagonistas de cada historia, esos que nunca tienen nombre en la gran Historia”, enfatizó el escritor.

Las pasiones humanas dictan los desenlaces y a fin de cuentas se narran historias de amor, de familias, de traiciones, relatos que pueden estar suspendidos sobre cualquier sociedad y cualquier tiempo. De ahí que Díaz denuncie décadas de vejaciones en la isla sin poner nombres propios, sobre todo al innombrable, al jefe mayor, El Indivino.

“El experimento de El Indivino y su nuevo gobierno era hacer de la isla un archipiélago gulag en el trópico, aplicando el mismo método de profilaxis social que el difunto Stalin en el país de los soviets”, se lee en uno de los relatos.

Como explicó el autor, quiso reflejar la cruda realidad cubana sin censura, esa especie de absurdo que roza lo fantástico y que, como articuló el escritor Alejo Carpentier, es real y maravilloso al mismo tiempo. Para alguien que no conoce a Cuba, la de verdad, estos relatos podrían resultar demasiado escandalosos, inverosímiles, constata el autor, pero ocurre que allí la realidad supera con creces a la ficción.

Esa es la isla donde el queso hecho con condones se derretía en la pizza que ayudaba al médico a pedalear en su bicicleta hasta el trabajo. La isla de la que muchos quieren irse y en la que otros ya están muertos.

¿Qué puede ser más fantástico que comerse un trozo de frazada para limpiar el suelo como si fuera un suculento bistec de res? Un cubano puede imaginar eso, y más. Puede imaginar que tiene alas, que va a donde quiere y que “la maldita circunstancia del agua por todas partes” es solo un capricho poético de Virgilio Piñera y no un obstáculo para la libertad.

Esa es Cuba, surreal y mágica. Este trastoque de sentidos y formas es una especie de pacto ficcional que el cubano ha hecho para sobrevivir en medio de las penurias.

Relatos suspendidos son anécdotas que muchos comparten, los despojos de un violento sistema que separó familias, fusiló sin compasión y mutiló la libertad. Son historias que por muchos años, y a veces con éxito, el régimen cubano ha procurado silenciar, así como ha hecho con los autores non gratos, con las voces que discrepan y las cabezas que se levantan por encima de la multitud.

La historia no termina aquí. El autor adelantó que podría hacer una segunda edición en la que incluiría otros relatos y escribiría, quizás, sobre “cuáles serían los demonios que acompañan [al fallecido dictador Fidel Castro] en su gran piedra”.

Aquí se puede encontrar el libro.

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