MIAMI.- Hay músicos que dominan su instrumento con virtuosismo, y hay quienes además logran que ese dominio se transforme en una fuerza viva, capaz de influir, educar y conmover. El venezolano Simón Ablan pertenece a esa segunda categoría. Su carrera como cellista no se limita a la ejecución precisa de grandes obras del repertorio clásico. Es, ante todo, un camino de compromiso con la música como herramienta de transformación.
Simón Ablan: El arte de tocar y enseñar música con propósito
Desde sus inicios en Venezuela hasta su sólida presencia actual en el ecosistema musical de Texas, Ablan ha trazado una trayectoria que combina interpretación, docencia y liderazgo con una coherencia poco común
Desde sus inicios en Venezuela hasta su sólida presencia actual en el ecosistema musical de Texas, Ablan ha trazado una trayectoria que combina interpretación, docencia y liderazgo con una coherencia poco común.
Su historia comienza en Barquisimeto, una ciudad que ha sido cuna de innumerables talentos musicales venezolanos. Fue allí donde Simon dio sus primeros pasos con el violonchelo, en el Conservatorio Vicente Emilio Sojo, una institución fundamental en su formación. Desde muy joven mostró no solo habilidades técnicas excepcionales, sino una sensibilidad poco habitual, una capacidad para entender el lenguaje musical como un vehículo de expresión emocional y narrativa. Su paso por la Academia Latinoamericana de Violoncello, bajo la dirección del maestro William Molina Cestari, terminó de consolidar una base sólida que lo proyectaría a escenarios nacionales e internacionales.
Lo que distingue a Simón no es únicamente su formación clásica rigurosa, sino cómo ha sabido convertir esa base en una plataforma para experiencias musicales de alto nivel. Su participación en la Orquesta Sinfónica Infantil Nacional de Venezuela bajo la dirección de Sir Simón Rattle marcó un antes y un después en su carrera. No todos los jóvenes músicos tienen la oportunidad de interpretar una sinfonía de Mahler con una batuta de esa talla. Y esa experiencia, lejos de ser un episodio aislado, se convirtió en parte de una serie de colaboraciones con figuras como Gustavo Dudamel, Joshua Dos Santos y Diego Matheuz. Con ellos interpretó desde la imponente Sinfonía No. 2 de Mahler hasta la electrizante Cantata Criolla de Antonio Estévez, una obra profundamente venezolana que Simón interpretó como quien respira su propio origen.
Vocación
Pero si algo caracteriza a este artista es que nunca se ha limitado a las luces del escenario. Su vocación de enseñar es tan potente como su amor por interpretar. De hecho, durante más de ocho años fue profesor de violonchelo y cuerdas bajas en su ciudad natal, ayudando a jóvenes músicos a descubrir su potencial y construir sus primeras notas. Su labor fue mucho más que técnica: fue humana, cercana, comprometida. Formó parte activa de un movimiento educativo-musical que busca cambiar vidas a través del arte, y ese compromiso sigue siendo la brújula que guía cada paso en su carrera.
Hoy, desde Texas, Ablan continúa esa misión con la misma entrega. Enseña en instituciones como el Katy Independent School District, la Symphony Music Academy y El Sistema Texas, replicando con éxito los valores de su formación venezolana en un nuevo entorno. En cada clase, en cada ensayo, deja una marca. No se limita a mostrar digitaciones o hablar de afinación; va más allá. Simón entiende que cada estudiante es un mundo, y que el maestro tiene el privilegio —y la responsabilidad— de abrir puertas no solo hacia la técnica musical, sino hacia la confianza, la disciplina y la creatividad.
A la par de su labor educativa, su carrera como intérprete sigue vibrando con fuerza. Su participación como cellista invitado en el Texas Symphonic Ballet lo ha llevado a formar parte de producciones en vivo donde la música clásica y contemporánea se funden con la danza para crear experiencias escénicas complejas y conmovedoras. Además, ha sido invitado a tocar con Latinus Quartet, donde ha encontrado un espacio para explorar el repertorio latinoamericano desde una perspectiva camerística. El ensamble ha sabido tejer puentes entre la tradición europea y las sonoridades de nuestra región, participando en eventos culturales y programas educativos a lo largo de Texas. Esta doble faceta —intérprete y educador— no solo convive en Simón, sino que se retroalimenta.
Formarse nunca ha sido un proceso que él considere terminado. Su participación como becario en el prestigioso Teaching Artists Training Institute (TATI) es una muestra de su interés por mantenerse al día en temas de pedagogía artística, liderazgo educativo y conexión comunitaria. Su enfoque va más allá del aula o el escenario: busca ser un agente cultural activo, capaz de incidir en las dinámicas sociales a través de la música.
No sorprende entonces que su repertorio personal incluya obras monumentales como el Concierto de Saint-Saëns, las suites de Bach o el lirismo expresivo de Elgar. Pero más allá de lo que toca, lo que realmente destaca es cómo lo toca. Hay en su interpretación una claridad emocional que no se aprende en los conservatorios. Es fruto de una vida conectada con la música como necesidad vital, como lenguaje de identidad, como espacio de encuentro con los demás.
Simón Ablan es un ejemplo de cómo el talento, cuando se mezcla con ética, formación y propósito, puede multiplicarse en cientos de historias más. En los estudiantes que lo escuchan por primera vez y sienten que pueden lograrlo. En los auditorios donde su cello resuena profundo. En las comunidades donde su trabajo contribuye a hacer del arte algo accesible y relevante. Su carrera no es solo admirable por lo que ha logrado, sino por lo que sigue construyendo cada día, con la misma humildad, el mismo rigor, y la misma pasión que lo acompaña desde que abrazó un violonchelo por primera vez.
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