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HERENCIA HISPANA

Chávez Rivera, un cubano que atravesó el espacio sonoro de otras culturas

Charla con el investigador y periodista cubano Armando Chávez Rivera, que acaba de ser nombrado miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española
Por ANIA LISTE

Armando Chávez Rivera se graduó de Periodismo en la Universidad de La Habana en 1993. Es además Doctor en Literatura Hispánica por la Universidad de Arizona. Sobre su selección para ser miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), Chávez aclara que “es algo muy confidencial. Se basa en una votación anónima que me tomó por sorpresa”.

El investigador y periodista se desempeña actualmente como profesor titular en la Universidad de Houston Victoria.

Entre sus libros se encuentran Cuba per se. Cartas de la diáspora (2009), César López: el poeta en la ciudad (2005), Memorias de papel (2001) y Rescate del tiempo (2000).

Al salir de Cuba y trabajando como periodista, Chávez Rivera residió en Lima, Buenos Aires y Montevideo. “A menudo, llevaba conmigo una minúscula libreta para tomar nota de las expresiones que escuchaba en lugares públicos”, recuerda.

¿Qué te ha proporcionado la interacción con alumnos de universidades estadounidenses?

He trabajado en la docencia en universidades cercanas a la frontera con México. En ese contexto, la labor en el salón de clase permite interactuar con una gran diversidad cultural y lingüística. Es encontrarse cada día con una representación muy variada de EEUU y otros países; muchos son estudiantes biculturales y multilingües. Ha sido una experiencia intensa y sorprendente. Es un trabajo que permite dignificar el idioma español, analizar la diversidad de culturas de Hispanoamérica y tratar de borrar estereotipos de toda índole. Es así como una clase de literatura hispanoamericana, de herencia hispana o de idioma español se convierte en un laboratorio de diálogo entre culturas. Pretendo que mis alumnos comprendan la pluralidad que existe dentro de este país y más allá de sus fronteras. Mi objetivo es que exploren por su propia cuenta, que se abran a la diversidad y que no se queden atascados en fórmulas generalizadoras.

¿Cómo has compaginado la docencia y la escritura durante estos años?

Resulta difícil mantener un equilibrio entre las demandas cotidianas del trabajo como profesor y la concentración necesaria para escribir. He tenido que organizarme entre lo extrovertido de la docencia y el ensimismamiento de la investigación. En mi caso, cada tema de investigación es un camino vasto y en el que avanzo lentamente; luego, redacto con rapidez, pero a fin de cuentas termino haciendo correcciones con mucha lentitud. Para cumplir con mi trabajo como investigador, he tenido que recurrir a recursos como podar mi vida social, buscar el silencio y a veces esconderme tantas horas como pueda.

¿Lima, Buenos Aires y Montevideo que aportaron a tu conocimiento del español?

En total fueron casi cuatro años viajando por Latinoamérica, con largas etapas en Lima, Buenos Aires y Montevideo. Las interminables conversaciones de entonces con amigos y colegas de esos países me permitieron disfrutar muchísimo del sentido humor, las imágenes y la información codificada del lenguaje popular. A menudo, llevaba conmigo una minúscula libreta para tomar nota de las expresiones que escuchaba en lugares públicos. Esos viajes me hicieron consciente de mi condición de cubano que atravesaba el espacio sonoro de otras culturas, cada una con sus voces y expresiones muy propias. Esta es, en verdad, la experiencia habitual de todo el que quiere insertarse en otro contexto cultural.

¿Qué queda del Armando Chávez que escribió Memorias de papel?

Yo era entonces un periodista muy joven que disfrutaba publicando a diario, sobre todo entrevistas y testimonios de escritores de diferentes países. Era un trabajo que me obligaba a preparar textos extensos en que debía preservar la expresión propia de cada entrevistado. Me sentía como un artesano que pretendía colocar cada fragmento en el lugar exacto. No era raro que leyera más de un centenar de veces un mismo texto, ya aparentemente listo, para ir eliminando palabras que entorpecían la naturalidad de un diálogo y así lograr, finalmente, que este resultara memorable.

Agradezco al periodismo la conciencia de escribir para que alguien te lea y no para cumplir meramente con un trámite. Desde entonces, siempre tengo en mente la búsqueda del lector ideal (y que no se puede abusar de él). A menudo, cuando redacto un artículo académico, me veo tratando de incluir pormenores que brinden novedad y cierta tensión, como si este fuera destinado a ser disfrutado con esa mezcla de curiosidad y voracidad que lo arrastra a uno durante la lectura de un buen reportaje. Mi etapa en el periodismo me dejó la ambición de que cada texto tenga fluidez, ritmo, densidad y emoción.

Hoy en día extraño la inmediatez del periodismo, una profesión que además te permite una visibilidad muy amplia. El ritmo de publicaciones en la academia puede ser lento, incontrolable y laberíntico. Si en el periodismo tienes la compulsión y premura por publicar, en la academia en ocasiones te quedas apegado a la elaboración de cada texto, como si no existiera el momento de entregarlo al editor.

¿Cuándo comenzaste a interesarte por la lexicografía?

Mis lecturas sobre el siglo XIX cubano a menudo me conducían a un mismo escenario: constatar la preocupación de intelectuales en La Habana durante la primera mitad del siglo XIX por los vínculos entre su conciencia de identidad nacional y un modo específico de usar términos del español general con nuevas acepciones en la isla, al mismo tiempo que reivindicaban el uso de voces indoamericanas. Ese interés se fue incrementando desde finales del siglo XVIII y sobre todo a partir de 1830.

Durante mis visitas a archivos y bibliotecas fui encontrando manuscritos y otros documentos con valor lexicográfico; algunos de los cuales en casi dos siglos no han recibido la atención debida. Transcribir esos documentos y sopesar su contenido me fue incitando, casi sin darme cuenta, a consultar la bibliografía sobre lexicografía y luego a tomar la maestría que ofrece la Real Academia Española (RAE) en coordinación con la Universidad de León y la Asociación de Academias de la Lengua Española. Todo esto me propició experiencias provechosas e inolvidables en España, como ser discípulo de los laboriosos especialistas que preparan el Diccionario de la lengua española y otras publicaciones emblemáticas de la RAE. Conocí personalmente a académicos que había leído por mi cuenta y tienen una obra imprescindible en la lexicografía en español.

Estoy agradecido a la RAE por todos los recursos que destina a ofrecer su maestría y, de ese modo, a potenciar el trabajo de las academias de la lengua en más de una veintena de países. Cuando se aborda este tema, hay que honrar la labor del lingüista cubano Humberto López Morales, quien ha tenido una trayectoria radiante en EEUU, Hispanoamérica y España. Durante su etapa larga y fructífera en la RAE, López Morales fue clave para proyectos como fundar la Escuela de Lexicografía Hispánica.

¿Qué crees que te permitirá ser miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española?

La Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) es el espacio más adecuado para compartir mis indagaciones sobre el léxico cubano de etapas tan específicas como la formación de la nación. Estoy contento de incorporarme a esa institución; significa ingresar a un ámbito donde hay excelentes interlocutores y oportunidades para encauzar mejor mi labor. Es como entrar a un recinto donde tu voz encuentra resonancia. Agradezco mucho la cálida bienvenida que me ha brindado el director de la ANLE, Gerardo Piña-Rosales.

¿Por qué crees que los hispanos debemos defender el idioma español dentro de los EEUU?

Estamos hechos de palabras. El intento de reprimirnos y borrarnos como individuos comienza cuando intentan callarnos; es mucho más perverso si es a causa de tu lengua materna o del acento al hablar un segundo idioma. Son formas de tratar de amputar la identidad personal; son maniobras de intimidación y dominación cuya magnitud se puede comprender mejor cuando familias hispanas rememoran lo que ha sido su vida en zonas de la frontera estadounidense con México. Quedan traumas de cuando el español y el bilingüismo fueron demonizados.

En la medida en que defendamos y dignifiquemos el idioma de nuestra comunidad, vamos a tener individuos más plenos y auténticos, capaces de vivir, trabajar y desarrollarse en sociedades de creciente diversidad cultural y lingüística. Cada idioma abre puertas a nuevos mundos; estoy a favor de defender el idioma propio e incorporar los que se puedan.

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