Vivimos convencidos de que siempre habrá un mañana. Aplazamos decisiones, posponemos reconciliaciones, diferimos el bien que podríamos hacer hoy. Sin embargo, llega un momento en que la vida, con la discreción de un buen maestro, nos recuerda que el tiempo no es una posesión, sino un don.
Romano Guardini recordaba que la madurez espiritual comienza cuando dejamos de preguntarnos cuánto tiempo nos queda y empezamos a preguntarnos para qué nos ha sido dado ese tiempo.
También los pueblos recorren un último tramo. Cuba parece caminar desde hace décadas por una larga noche de sufrimientos, separaciones y esperas.
Muchos han partido; otros resisten; todos llevan alguna herida. Pero incluso en medio del cansancio de una nación, Dios sigue sembrando esperanza en la libertad definitiva.
Quizá este sea también nuestro momento histórico: más profundidad; menos apariencia, más autenticidad; más deseo de caminar con sentido.
Quedémonos hoy con este pensamiento:
La grandeza de una vida no se mide por los años que acumula, sino por la luz que deja en el último tramo del camino; porque quien aprende a caminar hacia Dios descubre que ningún final es una derrota, sino el comienzo de la plenitud.