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ANÁLISIS

El miedo al futuro es nuestro mayor obstáculo

Como señalara Fernando Ortiz, “Cuba es una isla de corcho”: una metáfora que alude a su capacidad de flotar entre corrientes culturales, políticas y económicas diversas

Por YALIL GUERRA

Nada teme más el ser humano que a lo desconocido: aquello que no ha visto o que jamás ha llegado a comprender. Todos, en algún momento, hemos sentido esa incertidumbre que nos inquieta en exceso, solo para descubrir, cuando finalmente enfrentamos aquello que temíamos, que las imágenes construidas en nuestra mente poco o nada tenían que ver con la realidad.

Esa sensación se hizo profundamente tangible cuando emigré por primera vez. Experimenté una urgencia interior, un desasosiego ante lo que estaba por venir. Ansiedades hasta entonces desconocidas comenzaron a manifestarse como resultado del encuentro entre mi cultura y un mundo nuevo. Mi primer destino fue España, un país que, aunque extranjero, resultaba cercano: no solo por la historia compartida, sino porque es también una de las raíces culturales que los cubanos llevamos consigo. Más allá de nuestras diferencias, hablamos, pensamos y soñamos en español.

Enfrentarse a lo distinto no solo es inevitable, sino esencial para el desarrollo humano. Es precisamente en ese contraste donde comprendemos que no somos el centro del mundo, sino parte de él. Un mundo antiguo, dinámico, que existe y late con o sin nosotros. Como señalara Fernando Ortiz, “Cuba es una isla de corcho”: una metáfora que alude a su capacidad de flotar entre corrientes culturales, políticas y económicas diversas, sin quedar completamente anclada a ninguna de ellas.

Sin embargo, la Cuba que hoy vivimos se presenta, para muchos, como una realidad marcada por la oscuridad: sueños postergados, limitaciones internas y externas, una economía profundamente deteriorada y una creciente sensación de ausencia de futuro. Esta es una percepción personal, expresada con respeto hacia quienes sostienen visiones distintas. Porque si algo resulta imprescindible para construir un porvenir, es la coexistencia de ideas diversas. Una sociedad sana no criminaliza el pensamiento; condena, en cambio, la incitación al odio y a la destrucción del otro. La diferencia no debe ser motivo de aniquilación, sino punto de partida para el diálogo.

En este contexto, el exilio ha sido una constante. Como afirmara Reinaldo Arenas, “yo no salí de Cuba: a mí me sacaron”, una declaración que revela el carácter muchas veces forzado de la emigración. A su vez, la reflexión de Antonio José Ponte —quien sostiene que “la nación cubana se ha extendido más allá de la isla”— confirma que hoy Cuba no puede entenderse sin su diáspora.

Y, sin embargo, el futuro no necesariamente será peor. Haber vivido y recorrido distintos lugares del mundo me ha permitido comprender que la perfección no existe, pero también que el progreso es posible cuando el esfuerzo individual encuentra cauce. Nuestra isla y su gente poseen todo lo necesario para aspirar a una vida digna. Quienes hemos emigrado somos testigos de ello: el avance no es automático, pero sí alcanzable, y está profundamente ligado al sacrificio personal.

¿Qué nos queda por vivir? Nos queda, sin duda, mucho por construir. La sociedad que emerja deberá conservar fragmentos de su pasado, pero también tendrá que integrar las experiencias de quienes, fuera de la isla, han aprendido, crecido y alcanzado el éxito en contextos muchas veces adversos. Porque triunfar en tierra ajena —sin un país que respalde y sin un mercado natural que sostenga— constituye uno de los mayores desafíos. Y, aun así, los cubanos han demostrado, en todas las latitudes, una capacidad extraordinaria para sobreponerse y prosperar.

Ha llegado el momento de que la nación reconozca y abrace a quienes partieron. Aunque ese proceso ha comenzado, su ritmo resulta insuficiente frente a la urgencia histórica de los cambios que el país demanda. Es necesario reincorporarlos sin reservas, permitir que vuelvan a formar parte de un proyecto común. Solo así será posible construir una nación verdaderamente unificada, donde cada experiencia sume y cada voz contribuya.

Escucho voces que claman “que los saquen a todos”, y otras que responden “son unos gusanos”. En ambos extremos, el lenguaje se convierte en herida y el pensamiento en frontera. Así se alimenta el odio: no desde la diferencia, sino desde la incapacidad de convivir con ella.

La aspiración debería ser otra: que cada quien piense libremente, sin miedo ni condena, y que el destino del país no sea impuesto, sino elegido entre todos. Porque una nación no se construye desde el rechazo, sino desde la posibilidad de existir juntos en medio de nuestras diferencias.

El futuro, entonces, dejará de ser una amenaza para convertirse en posibilidad. Porque, al final, el futuro no es aquello que tememos, sino aquello que somos capaces de crear. Y casi siempre —si existe voluntad colectiva— será mucho mejor que cualquier límite impuesto por nuestra imaginación.

Por Yalil Guerra, Ph.D

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