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RELATO

Flores plásticas para Oshun y un mapa nuevo para Armando

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión

Por CAMILO LORET DE MOLA

“Nunca vendrían por el malecón, las invasiones llegan cerca de las ciudades, pero nunca directamente en la capital”, Armando tiene planos y pequeños mapas desplegados sobre la mesa del comedor de estilo que heredó de sus padres, que a la vez la heredaron de sus abuelos.

Su esposa se queja porque Armando se gasta las baterías de “las recargables” en esta nueva pasión de tener un puesto de mando adelantado, “jugando a la guerra, a falta de televisión prefiere disfrazarse de estratega”, se burla mientras conversamos por teléfono.

Armando cree que vendrán por Santa Cruz del Norte, al este de la capital, o por la playita de Baracoa, al oeste de La Habana. Como la esposa no le cede el teléfono tiene que gritar sus predicciones para que yo las pueda escuchar, ella está apurada por trasmitirme mensajes para su familia antes que se le caiga la señal, “no tengo tiempo para comederas de mierda, que aquí no va a venir nadie”, y sigue enumerándome las pastillas que deben mandarle o la dirección de una parienta con la que quiere recuperar el contacto.

A voz en cuello Armando asegura ahora que debemos poner el ojo sobre Puerto Rico, porque el ataque no vendrá de La Florida sino de la isla del encanto donde ya entrenan para el desembarco. “Que bombardeen bandejas de picadillo”, corrige la mujer, “para que tu veas como hasta la familia de Díaz-Canel sale a recoger los paquetes en la calle”.

Le pregunto si Armando consulta con alguien o comparte sus teorías con otros estrategas de café con leche, “no mijo, no, esto es el monólogo de un desesperado, que por suerte ya le encontró un uso a la mesa del comedor”, se ríe y comenta lo suficientemente alto para que Armando la escuche, “está reciclando toda la mierda que le enseñaron en las MTT hace cuarenta años, cuando era Reagan el que supuestamente nos venía a invadir”.

Aquí en Miami me encuentro con Luisa que le está mandando un ramillete enorme de flores plásticas a su sobrina en Santiago de Cuba. Le comento lo inusual de semejante envío cuando nuestras familias en la isla piden desesperadamente medicina, comida y artículos de primera necesidad. Luisa dice que es un asunto de fe y que ella respeta mucho la devoción de su sobrina.

“Son para Cachita, le sale mucho más barato que se las mande desde aquí, porque los precios se han disparado, fíjate que un girasol es comparable a un pomo de aceite”.

La devoción en plástico parece un sacrilegio para la virgen de la caridad del cobre, pero Luisa asegura que eso ya se habló con la iglesia católica, allá en Cuba, y están de acuerdo que no es momento para ponerse exigentes. “el problema está del otro lado, porque mi sobrina le mete a los dos lados y no se si el padrino estará feliz con que se le pongan las plásticas a Oshun”.

Le pregunto por los merolicos, que no han desaparecido, esos trabajadores por cuenta propia que reciclando plástico consiguen mantener un mercado de baratijas en todos los pueblos cubanos, incluyendo las flores amarillas con tallos verdes que la sobrina de Luisa necesita.

“No es lo mismo, si te vas a rebajar con plástico pues que vengan de la yuma, que la virgen tiene que ver un poco de respeto y no matar la jugada con la chapucería esa llena de bordes que venden allá”.

Al final las flores que está por mandar son chinas, la misma procedencia de muchas de las que venden en Cuba, pero Luisa insiste en defender la condición de yumas del enorme ramo que ahora mismo intenta comprimir hasta lo imposible con una capa de nylon transparente.

La hija de Luisa me abre los ojos, “es ella la de la brujería, se está poniendo una asistencia a través de la agencia de paquetería y mi prima se presta al jueguito porque igual le mandamos lo que de verdad necesita”.

Luisa se altera, se deshace en insultos por el supuesto irrespeto de su hija, “se cree que se las sabe todas, al final casi pierde el matrimonio y si todavía tiene marido es también por Oshun, así que no joda con las flores que debería estar agradecida”.

La hija sonríe y se bula, “no me quedó claro si lo de preservar el marido fue una bendición o un castigo”, alcanza a decir antes que Luisa vuelva con sus insultos al tiempo que presiona el ramo en la caja de cartón, disputándole el espacio a tubos de pasta, paquetes de café al vacío y varios pomos de medicina.

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