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CRIMEN IMPUNE

30 años sin Mario Manuel de la Peña, el hijo, el piloto y la cicatriz que sigue abierta

El derribo de las avionetas civiles en 1996 dejó familias fracturadas y una herida que el paso del tiempo no ha cerrado. Los padres de Mario Manuel de la Peña reconstruyen la dimensión humana de la tragedia

Por CARLOS ARMANDO CABRERA

MIAMI. - El cielo sobre el Estrecho de la Florida ha sido durante décadas frontera, ruta de escape y también sepulcro para cientos de miles.

Pero el 24 de febrero de 1996 dejó una marca distinta: la de un Estado que decidió utilizar su poder militar contra civiles desarmados.

Ese día, el régimen cubano ordenó el derribo de avionetas civiles de Hermanos al Rescate. No eran aeronaves militares. No representaban una amenaza armada. Se trataba de voluntarios cuya misión era localizar y asistir a personas que huían del hambre, la desesperación y la represión.

Treinta años después, ese momento no pertenece solo a la historia política. Pertenece a la memoria emocional de familias que sobreviven con la ausencia. Una efeméride que no pasa por el calendario sin que el dolor se mueva un solo milímetro en el corazón de quienes sufren la pérdida de un ser querido y en toda una comunidad que repudia cada acto cometido por una de las dictaduras más hostiles del planeta.

Para Miriam y Mario, los padres de Mario Manuel de la Peña, cada 24 de febrero no pertenece al pasado. Es un instante que permanece vivo en su memoria, no como un recuerdo lejano, sino como una presencia constante que marca cada aniversario, cada conversación familiar y cada momento en el que el desasosiego la ausencia se vuelve inevitable. Un punto exacto en el que la vida quedó dividida entre el antes y el después. Un dolor que no envejece, aunque pasen los años y hayan aprendido a convivir con el tiempo; porque para ellos, antes que símbolo político, fue el hijo que un acto de odio les arrebató, describieron en entrevista exclusiva para DIARIO LAS AMÉRICAS.

“Mario era un joven de nobles sentimientos, muy social, amante de sus padres, su familia y de su Creador”, recuerda su madre al describir no al piloto ni al símbolo, sino al hijo que creció en un entorno marcado por la fe, el compromiso familiar y la idea de que ayudar a otros era parte esencial de su forma de entender el mundo.

Su padre coincide en esa imagen y profundiza en los principios que, asegura, guiaron cada decisión de su vida: “Tenía altos principios altruistas, especialmente con su prójimo; defendía la moral cristiana con honradez y sinceridad de corazón”.

Esa vocación de servicio lo llevó a participar en misiones de búsqueda y rescate en el peligroso Estrecho de la Florida. Vuelos que tenían como objetivo localizar a personas que, sin medir los riesgos y en busca de libertad, intentaban escapar de Cuba en condiciones extremas, enfrentando el mar, el hambre, la deshidratación y el riesgo constante de morir antes de alcanzar tierra firme.

La última llamada

La noche previa al último vuelo no estuvo marcada por el miedo ni por la sospecha del peligro. Para la familia, se trataba de otra misión humanitaria, como tantas anteriores.

“Sí, lo recordamos como si fuese ayer porque estábamos con él cuando recibió la llamada”, recuerdan sobre ese momento.

La reacción de Mario fue inmediata y, según Miriam, profundamente emocional.

“El saltaba de alegría al saber que ‘mañana volaría’. Yo compartí su gozo, por ser llamado a una misión más de las casi 100 misiones que había realizado en las alas de Hermanos al Rescate divisando náufragos en medio de un inmenso mar”.

La percepción de riesgo, en ese instante, no estaba asociada con una acción militar, sino a los peligros propios del mar.

“Cada vez que iba a participar en una misión, mi temor era el riesgo de pilotear un pequeño avión por tantas horas sobre un mar infinito, dado también cuando se volaba a ras del agua para ayudar a las personas flotando en balsas”, recuerda su padre.

Sin embargo, la dimensión del peligro que enfrentaría ese día era otra.

“A nuestro entender, era una misión más de búsqueda y rescate como tantas anteriores. No tenía por qué pensar que un avión MiG de la Fuerza Aérea Revolucionaria Cubana (FAR) lo estuviese esperando en espacio aéreo internacional para asesinarlo”, coinciden ambos.

El día que cambió la vida

Para la familia de Mario Manuel, el 24 de febrero de 1996 dejó de ser un punto en el calendario para convertirse en una línea divisoria dentro de su historia personal.

“Ha marcado un antes y un después no solo en nuestro hogar, pero también en el de las abuelas, tíos y primos. La vida mía y de Mario ha sido y será una lucha porque esta masacre de cuatro inocentes no quede impune”, dice su mamá.

Su papá describe el impacto emocional acumulado durante estos años:

“Mario Manuel dejó un vacío profundo en la mente y los corazones de nosotros y de todos los miembros de su familia. La carga de su pérdida no ha sido fácil llevarla, años de depresión y tristeza y un legado de luchas para conseguir la justicia contra los asesinos que le quitaron la vida”.

Dolor, memoria y orgullo

Con los años transcurridos, el dolor convive con un sentimiento de orgullo que, según explican, nace del tipo de vida que eligió su primogénito.

“Consideramos que un hijo es parte de nuestro propio ser; haber sido arrancado de nuestras vidas es el dolor más fuerte que un ser humano pueda soportar y superar. Dicho esto, siento gran orgullo como madre de un piloto voluntario que volaba para salvar vidas”.

Una historia que, para ellos, no es política sino humana.

Para el entorno familiar, el paso del tiempo no ha cambiado la naturaleza de lo ocurrido. El derribo de las avionetas no es visto como un episodio aislado, sino como una decisión estatal con consecuencias humanas irreparables.

“Sabemos que su decisión de arriesgar su vida para salvar la de otros, balseros en situaciones precarias de morir ahogados o devorados por tiburones, tiene calificativos de valentía, amor al prójimo, confianza en Dios y el deber innato de salvar”.

El mensaje que queda

Hoy, a tres decenios de lo ocurrido, el mensaje que la familia quiere transmitir a nuevas generaciones es directo.

“Hay un lema en inglés que dice, ‘Freedom is not Free’. Si las generaciones venideras, por descuido, pierden su Libertad, pierden lo más necesario para vivir en paz y alegría”.

Miriam y Mario de la Peña

Miriam y Mario de la Peña colocan flores en memoria de su hijo y compañeros asesinados.

Fe como sostén

Cuando se les pregunta qué los ha sostenido durante todo este tiempo, la respuesta no cambia.

“Nuestra fe cristiana y nuestra creencia en el poder de Dios”.

Miriam de la Peña

“Ha marcado un antes y un después no solo en nuestro hogar, pero también en el de las abuelas, tíos y primos. La vida mía y de Mario ha sido y será una lucha porque esta masacre de cuatro inocentes no quede impune”, dice su mamá.

Su nombre en el exilio

La presencia del nombre de Mario Manuel de la Peña en la memoria de la comunidad cubana fuera de la isla y en los relatos históricos sobre Hermanos al Rescate no es solo un acto de recordación simbólica. Para sus seres queridos, representa la confirmación de que su historia y la de los otros tres pilotos trascendió el momento del doloroso episodio para convertirse en parte de la memoria colectiva de una comunidad marcada por la pérdida, el destierro y la lucha constante por la libertad.

“Mario Manuel será reconocido en la historia de su país natal, Estados Unidos, y en la memoria e historia de nuestro país natal, Cuba. Estamos orgullosos de que su nombre pase a la historia por lo que hizo y por lo que fue”.

Para sus padres, el legado de Mario Manuel no se limita a las circunstancias de su muerte, sino a la forma en que vivió, a los valores que defendió y al sentido humano que marcó cada una de sus decisiones. Por eso, cuando imaginan qué debería conocer el mundo sobre él, la respuesta no está vinculada a su rol como piloto ni al episodio histórico que marcó su vida.

“La nobleza, la caridad y la justicia contenidas en sus ideas”, apuntan.

Tres valores que, aseguran, definían su forma de relacionarse con los demás y su visión del mundo, y que explican por qué decidió participar en misiones de rescate aun con los riesgos que implicaban.

En ese mismo ejercicio de memoria, la familia también reflexiona sobre cómo creen que Mario Manuel interpretaría la realidad actual de Cuba. La respuesta, explican, parte de la preocupación por la situación humanitaria y social que atraviesa la isla.

“Se sentiría muy triste y preocupado por el empobrecimiento y el hambre que padece el pueblo cubano. Él pensaría que, dada la situación, no hay otra alternativa que iniciar un cambio político, económico y social en la isla”.

Mario de la Peña

“Se sentiría muy triste y preocupado por el empobrecimiento y el hambre que padece el pueblo cubano. Él pensaría que, dada la situación, no hay otra alternativa que iniciar un cambio político, económico y social en la isla”, dice su papá.

Para sus padres, esa visión estaría alineada con la esencia que definió su vida: la defensa de la dignidad humana, la preocupación por el sufrimiento de otros y la convicción de que los cambios sociales deben orientarse a mejorar las condiciones de vida de las personas.

Un compromiso personal que quedó marcado para siempre en medio de uno de los episodios más complejos del escenario político mundial de la época. El derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate trascendió como uno de los momentos más sensibles de la relación entre Cuba y Estados Unidos tras el fin de la Guerra Fría. A mediados de la década de los noventa, el gobierno de Fidel Castro enfrentaba una profunda crisis económica tras la caída de la Unión Soviética, mientras Washington mantenía presión política y económica sobre La Habana. El ataque contra aeronaves civiles provocó una condena global inmediata y elevó el conflicto bilateral a uno de sus puntos más tensos de la etapa contemporánea.

Las investigaciones posteriores concluyeron que la operación militar, atribuida a decisiones bajo el mando de Raúl Castro, generó cuestionamientos legales y diplomáticos a distintos niveles. El caso fue analizado en instancias de aviación civil internacional, donde se establecieron responsabilidades sobre el uso de fuerza letal contra aeronaves no militares, lo que situó el episodio entre los hechos más graves en materia de seguridad aérea civil en el hemisferio occidental durante esos años.

La reacción política en Estados Unidos fue inmediata. Meses después del incidente, el Congreso estadounidense aprobó la Ley Helms-Burton, endureciendo el embargo contra Cuba y cerrando aún más las posibilidades de acercamiento diplomático entre ambos países. Desde entonces, el derribo de las avionetas quedó inscrito no solo en la memoria de la comunidad cubana fuera de la isla, sino también en la historia diplomática bilateral como uno de los episodios que redefinieron la relación entre ambos países.

El hecho no solo representó la muerte de cuatro pilotos civiles ni la destrucción de cuatro familias; también confirmó la naturaleza del enfrentamiento político con el poder cubano.

Y más allá de cualquier impacto político o diplomático, el episodio quedó grabado en historias personales que aún hoy siguen marcadas. Entre ellas, la de Mario Manuel de la Peña, cuyo nombre pasó a formar parte de la memoria de un hecho que trascendió fronteras y dejó huellas profundas en quienes lo conocieron y en quienes continúan honrando su memoria.

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