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SALUD MENTAL

Después de los terremotos: la otra emergencia que enfrenta Venezuela

Mientras continúan las labores de búsqueda y asistencia tras los dos terremotos que sacudieron Venezuela, otra crisis comienza a hacerse evidente: las secuelas emocionales que pueden acompañar durante meses o incluso años a sobrevivientes, familiares y rescatistas

Por CARLOS ARMANDO CABRERA

MIAMI.- Han pasado ocho días y las jornadas de búsqueda aún no terminan. Entre edificios colapsados, comunidades devastadas y hospitales que continúan atendiendo a los heridos, Venezuela intenta responder a una de las mayores catástrofes naturales registradas en los últimos años.

Mientras los rescatistas, personal sanitario y voluntarios concentran sus esfuerzos en localizar sobrevivientes, asistir a las familias afectadas y restablecer los servicios esenciales, otra crisis comienza a cobrar protagonismo lejos de los escombros.

Esa realidad se refleja en personas que ya no consiguen dormir, en quienes sienten temor cada vez que el suelo vibra, en niños que vuelven a llorar durante la noche, en rescatistas que reviven escenas difíciles de olvidar y en familias que intentan sobreponerse al duelo mientras esperan noticias de un ser querido.

Ronaldys Páez, Nurse Practitioner especializado en Psiquiatría.

Para Ronaldys Páez, Nurse Practitioner especializado en Psiquiatría, estas reacciones forman parte de una realidad que suele pasar inadvertida durante las primeras semanas posteriores a un desastre de esta magnitud.

“La mayoría de las personas cree que el peligro termina cuando deja de temblar la tierra. Sin embargo, el cerebro puede seguir reaccionando como si la amenaza continuara presente. Comprender ese proceso resulta esencial para evitar que una respuesta normal al estrés evolucione hacia problemas de mayor complejidad”, explica en entrevista exclusiva con DIARIO LAS AMÉRICAS.

Aunque la atención suele concentrarse en las lesiones físicas y la reconstrucción de viviendas e infraestructura, considera que el restablecimiento también debe incluir el bienestar emocional de quienes vivieron la experiencia de manera directa o indirecta.

Cuando el miedo toma el control

Un terremoto puede durar apenas unos segundos, pero ese breve intervalo basta para alterar por completo el funcionamiento del organismo. Ante una amenaza que pone en riesgo la vida, el cerebro activa de manera automática un sistema de defensa diseñado para aumentar las posibilidades de sobrevivir.

“En cuestión de instantes, libera hormonas como la adrenalina y el cortisol, responsables de preparar al cuerpo para reaccionar frente al peligro. El corazón acelera sus latidos, la respiración se vuelve más rápida, aumenta la presión arterial y los músculos reciben mayor flujo de sangre para responder con rapidez”, refiere.

Al mismo tiempo, funciones menos urgentes en ese momento, como la digestión o el descanso, pasan temporalmente a un segundo plano. Todo el organismo se reorganiza con una prioridad inmediata: salir con vida.

“El cuerpo entra en estado de supervivencia. No se trata de una enfermedad, sino de una respuesta biológica normal ante una situación extrema”, señala.

El problema aparece cuando esa alarma interna permanece activada incluso después de que el riesgo inmediato ha desaparecido. Aunque la persona se encuentre en un lugar seguro, la mente puede continuar interpretando determinados estímulos como señales de amenaza.

“Por eso algunos sobrevivientes reaccionan con sobresaltos ante ruidos inesperados, sienten ansiedad frente a cualquier vibración o permanecen en estado de alerta, como si una nueva sacudida pudiera ocurrir en cualquier momento”, destaca.

En la mayoría de los casos, esas respuestas disminuyen de forma gradual a medida que se recupera cierta estabilidad. Sin embargo, cuando persisten durante semanas, aumentan de intensidad o interfieren con el trabajo, los estudios, la convivencia familiar o las actividades cotidianas, conviene buscar una evaluación profesional.

“La intervención temprana permite diferenciar una reacción esperada al estrés de un trastorno que requiere tratamiento”, advierte.

Siguen las labores de rescate en Caraballeda, Venezuela, mientras aumentan los desaparecidos

Las secuelas que nadie puede ver

Superar una catástrofe no significa que el impacto emocional desaparezca al mismo tiempo que cesa la emergencia. En los días posteriores pueden aparecer síntomas que resultan desconcertantes para quienes nunca habían enfrentado una experiencia de esa magnitud.

Páez identifica entre los más frecuentes la dificultad para dormir, las pesadillas, los recuerdos que regresan sin aviso, la irritabilidad, la fatiga, los problemas de concentración, los cambios en el apetito, la sensación de inseguridad y el temor a entrar en una vivienda o permanecer bajo techo.

Estas manifestaciones no siempre indican una enfermedad. Muchas forman parte del proceso de adaptación del cerebro después de haber estado expuesto a una amenaza extrema.

Aun así, considera fundamental hablar sobre lo ocurrido, sentirse escuchado, mantener el contacto con familiares o amigos y recuperar poco a poco la rutina, ya que esas acciones ayudan al organismo a comprender que el peligro ha pasado.

Además, insiste en que el sufrimiento emocional no debe minimizarse, especialmente cuando limita la vida diaria o se prolonga sin mostrar señales de mejoría.

“Buscar ayuda no significa debilidad. Significa reconocer que una experiencia extraordinariamente difícil requiere apoyo adecuado”, afirma.

Una mujer reza en una zona afectada por los terremotos, este domingo, en La Guaira (Venezuela).

Las heridas también alcanzan a quienes nunca estuvieron bajo los escombros

Las consecuencias de una catástrofe de esta magnitud no terminan en quienes lograron salir con vida de una estructura colapsada o resultaron heridos durante la contingencia.

“La incertidumbre de no saber dónde está un familiar, perder el hogar, ver interrumpida la rutina o presenciar escenas de destrucción también puede dejar una profunda huella emocional. Por esa razón, padres, hijos, vecinos, voluntarios, profesionales de la salud y miembros de los equipos de rescate pueden experimentar reacciones similares, aun cuando nunca hayan quedado atrapados entre los restos de una construcción”, enfatiza.

El duelo, agrega, adquiere una dimensión distinta cuando varias pérdidas ocurren al mismo tiempo.

A la muerte de un ser querido pueden sumarse la desaparición de la vivienda, el desasosiego financiero, la ruptura de la vida cotidiana y el desafío de empezar de nuevo en circunstancias completamente diferentes.

“No solo se pierde a una persona. Muchas veces también desaparecen el hogar, la estabilidad y los proyectos de vida. Afrontar varias pérdidas al mismo tiempo hace que el proceso sea mucho más complejo. Cada persona afronta esa realidad de manera distinta. Algunas necesitan hablar constantemente sobre lo ocurrido; otras prefieren guardar silencio o refugiarse en el apoyo de sus seres queridos. Ninguna de esas respuestas debe interpretarse, por sí sola, como un trastorno psiquiátrico”, sostiene.

Cuando ese sufrimiento persiste, limita las actividades cotidianas o deteriora la calidad de vida, aconseja solicitar una evaluación especializada.

Continúan labores de rescate en Venezuela tras los dos fuertes sismos del 24 de junio 2026

Los más pequeños también cargan con el miedo

Los niños y adolescentes suelen procesar una experiencia extrema de forma distinta a los adultos. Mientras los mayores suelen expresar sus emociones con palabras, los menores acostumbran manifestarlas mediante cambios en su comportamiento.

“Algunos vuelven a mojar la cama, presentan temor a separarse de sus cuidadores o insisten en dormir acompañados. Otros se muestran irritables, lloran con facilidad, pierden interés por actividades que antes disfrutaban o tienen dificultades para concentrarse”, expone.

A ello pueden sumarse alteraciones del sueño, disminución del rendimiento escolar o molestias físicas sin una causa médica aparente. “Interpretar esas conductas como simples problemas disciplinarios puede retrasar la atención que realmente necesitan. Muchos niños todavía no cuentan con las herramientas emocionales para explicar lo que sienten. Con frecuencia comunican su miedo a través de cambios en la conducta y eso obliga a los adultos a observar con mayor sensibilidad”, precisa.

Mantener, en la medida de lo posible, horarios estables para dormir, alimentarse y estudiar contribuye a recuperar una sensación de seguridad.

Del mismo modo, aconseja responder sus preguntas con honestidad, utilizar un lenguaje apropiado para su edad y evitar ocultar información que puedan interpretar de manera equivocada.

Otra recomendación consiste en limitar la exposición constante a imágenes de destrucción o a la cobertura permanente de la tragedia.

La repetición continua de escenas impactantes puede aumentar la ansiedad y prolongar el miedo, especialmente entre los más pequeños.

La importancia de no enfrentar la tragedia en soledad

En momentos de crisis, el entorno se convierte en uno de los principales factores de protección.“Hay que saber escuchar con empatía, permitir que la persona exprese sus emociones sin sentirse juzgada y respetar sus tiempos. Mantener el contacto con familiares y amigos puede marcar una diferencia significativa durante las primeras semanas”, recalca.

Igualmente, invita a evitar expresiones como “ya todo pasó”, “debes ser fuerte” o “hay personas que están peor”. Aunque suelen decirse con buena intención, advierte que pueden hacer sentir a quien sufre que su dolor está siendo minimizado.

“Cada proceso es diferente y no existen plazos exactos para superar una vivencia de esta magnitud. Lo verdaderamente importante es que nadie tenga que recorrer ese camino completamente solo”, subraya.

Un hombre desplazado tras los dos terremotos del 24 de junio toma una siesta en una silla en un campamento improvisado en el complejo deportivo José María Vargas en Maiquetía, estado de La Guaira, Venezuela, el 30 de junio de 2026.

Cuando el trauma se niega a desaparecer

Con el paso de los días, muchas personas comienzan a recuperar poco a poco la sensación de estabilidad. Otras, en cambio, continúan librando una batalla silenciosa que puede extenderse durante meses e incluso años.

“No se trata de falta de fortaleza ni de incapacidad para afrontar lo ocurrido. En determinados casos, la intensidad de la experiencia deja una huella que supera los mecanismos habituales de adaptación. Una de las consecuencias más frecuentes es el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), un cuadro que puede desarrollarse después de vivir o presenciar situaciones en las que la vida estuvo seriamente amenazada.”

Quienes desarrollan este trastorno suelen revivir lo ocurrido mediante recuerdos involuntarios, pesadillas o imágenes que irrumpen de forma inesperada.

“Otros evitan lugares, conversaciones o cualquier situación asociada con aquellos momentos, como un intento inconsciente de protegerse del dolor. A ello pueden sumarse ansiedad persistente, episodios depresivos, alteraciones del sueño, aislamiento y una pérdida progresiva del interés por actividades que antes formaban parte de su cotidianidad.”

Sus efectos no solo repercuten en la calidad de vida. También pueden afectar la convivencia familiar, el desempeño laboral, el rendimiento académico y las relaciones con el entorno.

“Quienes ya convivían con una enfermedad psiquiátrica constituyen un grupo especialmente vulnerable, ya que una experiencia de esta magnitud puede favorecer recaídas o intensificar síntomas previamente controlados. Por ello, resulta fundamental mantener el seguimiento médico y no interrumpir los tratamientos indicados.”

Una realidad de la que casi no se habla

Además del duelo, el estrés prolongado y otras alteraciones que pueden aparecer después de un evento de esta magnitud, existe otra preocupación que suele permanecer fuera del debate público: el aumento del riesgo de suicidio entre las personas más vulnerables.

La pérdida de familiares, la destrucción del hogar, la desaparición de los medios de subsistencia y la incertidumbre frente al futuro pueden convertirse en una carga difícil de sobrellevar.

“Cuando esas circunstancias coinciden con depresión, ansiedad o con el desarrollo de esta condición, el riesgo aumenta si no existe un acompañamiento oportuno. Hablar de este tema no busca generar alarma, sino recordar la importancia de identificar a tiempo a quienes atraviesan un momento especialmente difícil. No todas las personas reaccionan de la misma manera. Algunas logran adaptarse con mayor rapidez, mientras otras necesitan acompañamiento profesional para procesar lo vivido. Lo importante es no minimizar su sufrimiento.”

Los trabajadores de rescate de Jordania cargan un cadáver en un camión en Caraballeda, estado La Guaira, Venezuela, el 1 de julio de 2026, después de los terremotos gemelos del 24 de junio.

Señales que no deben ignorarse

Cada historia es diferente, pero existen cambios de conducta que requieren atención inmediata.

Páez enumera:

“Perder la esperanza. Expresar que la vida dejó de tener sentido. Hablar con frecuencia sobre la muerte. Aislarse de familiares y amigos. Presentar cambios bruscos de comportamiento. Incrementar el consumo de alcohol u otras sustancias. Descuidar la alimentación, la higiene o el autocuidado. Despedirse de manera inusual o regalar pertenencias de gran valor personal.”

Y agrega:

“Ninguna de estas señales debe pasarse por alto. Escuchar con respeto, ofrecer compañía y facilitar el acceso a atención médica especializada puede marcar una diferencia enorme.”

Asimismo, aclara que preguntar con sensibilidad cómo se siente alguien o si ha pensado en hacerse daño no incrementa el riesgo de suicidio. Por el contrario, puede abrir un espacio de confianza para expresar lo que está viviendo y aceptar ayuda.

Rescatistas realizan labores de búsqueda de personas desaparecidas en una zona afectada por los terremotos, este domingo, en Tanaguaneras, La Guaira (Venezuela).

El valor de pedir ayuda

Durante años, la salud mental ha estado rodeada de prejuicios que llevan a muchas personas a ocultar su sufrimiento por temor a ser juzgadas. Después de una catástrofe, ese estigma puede convertirse en un obstáculo adicional para la recuperación.

“Solicitar apoyo psiquiátrico no representa una señal de debilidad ni significa que alguien sea incapaz de afrontar la situación. Al contrario, constituye una decisión orientada a prevenir complicaciones y favorecer un proceso de recuperación más seguro. Tras una evaluación integral, es posible diseñar un plan de atención adaptado a las necesidades de cada paciente. Dependiendo de cada caso, este puede incluir orientación, psicoterapia, estrategias para controlar los síntomas y, cuando resulte necesario, tratamiento farmacológico.”

El objetivo no consiste únicamente en aliviar el malestar inmediato. También busca evitar que estas afectaciones condicionen la vida personal, familiar, académica o laboral en el futuro.

Volver a sentirse seguro también es reconstruir

Las imágenes de edificios colapsados, calles cubiertas de escombros y familias que lo perdieron todo muestran la magnitud de la tragedia que vive Venezuela. Existe una dimensión de esta catástrofe que permanece fuera de la vista, que no aparece en los medios de comunicación ni en los reportes diarios.

Tiene lugar en la mente de quienes intentan recuperar la tranquilidad después de haber vivido una experiencia que cambió sus vidas en cuestión de segundos.

“La recuperación no sigue un calendario. Cada ser humano procesa una vivencia traumática de forma distinta y necesita tiempos diferentes para volver a sentirse seguro.”

Aunque no existe una fórmula capaz de borrar el impacto de una catástrofe, sí hay acciones que pueden favorecer ese proceso.

“Es de suma importancia mantener una alimentación adecuada, procurar un descanso suficiente, conservar el contacto con familiares y amigos, expresar las emociones sin temor a ser juzgado y retomar gradualmente las actividades cotidianas. Estos hábitos ayudan al organismo a recuperar poco a poco la sensación de estabilidad.”

La recuperación es una tarea compartida

El acompañamiento de la familia, los allegados, los vecinos y la comunidad puede convertirse en uno de los principales factores de protección durante los meses posteriores a una tragedia.“Debemos respetar los tiempos de cada quien. Evitar comparaciones. Hay que ofrecer ayuda práctica y mantenerse presente. A veces, esos gestos resultan mucho más valiosos que intentar encontrar las palabras perfectas. No siempre hacen falta respuestas. Muchas personas simplemente necesitan sentirse escuchadas y saber que no están solas.”

Por esa razón, considera indispensable que el bienestar psicológico forme parte de cualquier estrategia de respuesta ante desastres naturales, con la misma prioridad que la atención médica, la alimentación o el acceso a un lugar seguro.

Expertos forenses llevan a cabo labores de identificación de cadáveres dispuestos en el suelo, cerca de ataúdes, en una morgue improvisada en el puerto de La Guaira (estado de La Guaira, Venezuela) el 29 de junio de 2026, días después de que dos terremotos sacudieran el país.

Mucho más que reconstruir edificios

Los dos movimientos telúricos dejaron ciudades y poblaciones marcadas por la destrucción, familias separadas y miles de historias atravesadas por la incertidumbre.

El desafío que comienza ahora va mucho más allá de levantar paredes o reparar carreteras.

“Implica volver a dormir sin miedo. Recuperar la tranquilidad frente a un ruido inesperado. Aprender a convivir con la ausencia de quienes ya no regresarán. Encontrar fuerzas para empezar de nuevo.”

Con el paso de los días, las cámaras se apagarán, los titulares darán paso a otras noticias y la tragedia dejará de ocupar el centro de la atención internacional. Para miles de venezolanos, el camino apenas comenzará.

Las cicatrices invisibles no aparecen en los balances oficiales ni pueden contabilizarse como una vivienda destruida o una carretera colapsada. También forman parte de esta tragedia.

Reconocerlas, hablar de ellas y facilitar el acceso oportuno a atención especializada puede marcar la diferencia entre convivir durante años con un sufrimiento silencioso o comenzar el camino hacia una recuperación integral.

Hoy el mundo llora a Venezuela. Pero, como ocurre después de un terremoto, cuando la tierra deja de temblar comienza otra batalla: la de quienes deben aprender a convivir con las pérdidas, recuperar la tranquilidad, recuperar la esperanza y reunir las fuerzas necesarias para seguir adelante.

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