MIAMI.- ALBERTO MONTALTI
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El cubano que no paró hasta lograr hablar con el Papa
Jesús Díaz Martínez vivió 14 años en las cárceles cubanas y apostó contra todo pronóstico llevar una carta al Papa Francisco, donde pide su intercesión por sus compatriotas presos
Le dijeron que sería imposible hablar con el Papa y no lo creyó. Jesús Díaz Martínez se propuso ir al Vaticano para hablar con el Vicario de Cristo para darle las gracias por la salud de su esposa y entregarle una carta donde le pide que intervenga por la liberación de 17 presos políticos cubanos.
Según relató durante una entrevista con DIARIO LAS AMÉRICAS, su decisión de emprender un viaje desde Miami hasta el Vaticano no fue tomada únicamente para entregar la carta. Inicialmente, el destino primordial de su viaje era Portugal, donde le agradecería a la virgen de Fátima por la recuperación de la salud de su esposa, que recién sobrevivió la temida enfermedad de cáncer.
Sin embargo, Díaz Martínez, quien vivió 14 años en las cárceles de Cuba por atentar contra el régimen castrista, pensó que no podía dejar pasar la oportunidad para velar por el bien de sus compatriotas presos.
Por esto, con el apoyo de su esposa, decidió escribir la breve carta en la que le solicita al líder de la Iglesia Católica que interceda por ciertos presos políticos, algunos de ellos muy mayores o muy enfermos, para que sean “puestos en libertad y no permitir que mueran en prisión”.
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El expreso político admitió haber formado parte de actos armados violentos contra la dictadura en Cuba, junto a varios de los actuales apresados por quienes viajó, y aseguró que sólo utilizando esos medios se podría lograr algún cambio en la dirección de la isla.
“Los métodos nuestros en aquel entonces estaban basados en los métodos que usaron nuestros mambises en la guerra de independencia”, señaló Díaz Martínez al referirse a los cubanos independentistas que lucharon contra España en el siglo XIX.
“La diferencia es que ellos sí pudieron lograr la libertad de Cuba en aquel momento”, añadió.
En la carta se toma como fundamento la participación del Vaticano en las negociaciones para la liberación de los cinco espías cubanos en Estados Unidos, a cambio de la libertad de Alan Gross, y argumenta que es injusto mantener a prisioneros políticos que sufren deterioro físico o enfermedades.
Largo viaje
A sólo 72 horas del momento que estaría en Roma para lograr su meta, Díaz Martínez contactó a varios representantes de la iglesia para conseguir la deseada cita.
Primero intentó con el padre Mendez, el párroco de la iglesia Corpus Cristi en Miami, y luego acudió al padre Rumín, el rector de la Ermita de la Caridad. En ambos casos recibió una sentida bendición y fue encomendado al Espíritu Santo, pero le aseguraron que no sería posible conseguir la cita. Ni siquiera ellos tenían acceso al Papa para lograr una conversación privada.
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Pero las advertencias no detuvieron a quien se autodenominó durante su relató como “el peregrino”. Compró un rosario con olor a rosas en la tiendecita de la Ermita y colocó junto a él un pequeño escudo cubano para entregarle al Papa.
De esta manera, Díaz Martínez emprendió su viaje con la determinación de hablar con el Santo padre.
Al llegar a Roma, la pareja disponía de sólo dos días y rápidamente se acercaron a la Plaza de San Pedro con las 30 copias de la carta que llevaban consigo.
Primero, la pareja intentó comunicarse con un grupo de sacerdotes, cuya iglesia descansa a escasos pasos de la Santa Sede, y a quienes fueron referidos por una samaritana que conocieron durante el vuelo.
No obstante, los curas le dijeron que era una locura. “Ni si quiera nosotros podemos ver al Papa”, recordó.
Esta situación se repitió en varias ocasiones, durante el poco tiempo que la pareja pasó en Roma. Luego de internar varias veces, llegaron a pensar que las advertencias eran ciertas.
El penúltimo día se dirigieron a la Capilla Sixtina, donde el Papa oficiaría una misa, y lograron estar muy cercas de él aunque no pudieron hablarle.
No fue hasta el tercer día, cuando regresaron a la Plaza San Pedro y aún no había amanecido, que “por la gracia del Espíritu Santo”, según aseguró Díaz Martínez, un hombre con prendas llamativas y poco comunes los separó de la multitud y les dijo que ellos serían los primeros en hablar con el Papa.
Luego la plaza fue colmada por miles de feligreses, procedentes prácticamente de todos los países del mundo, que acudieron a saludar al Sumo Pontífice.
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Entonces, llegó el papa Francisco y saludó al pueblo con una amplia sonrisa.
La conversación con el padre fue corta, pero se dijo todo lo que se tenía que decir, después de un emotivo abrazo y de besar su anillo, el exiliado cubano entabló el diálogo.
“Santo padre, le presento a un matrimonio de 50 años que hemos venido hasta aquí para recibir su bendición por la salud de mi esposa, pero sobre todo para recibir la bendición por nuestro exilio que sufre en Miami, hemos querido traerle un regalo, un mensaje,” dijo Díaz Martínez al Sucesor de Pedro.
“Hemos querido traerle un regalo de la Ermita de la Caridad, la cual es el símbolo de nosotros los cubanos y de toda Latinoamérica ¿Sabe dónde está la Ermita?” le preguntó.
“Sí, en Miami”, le respondió el Papa, quien conoce a fondo la historia del catolicismo latinoamericano.
“A nombre de ellos, le entrego este rosario y un escudo del exilio cubano, un grupo que es libre pero que sufre porque su patria todavía está esclavizada”, le dijo Díaz Martínez. “Pero por encima de todo lo que le estoy pidiendo, le ruego encarecidamente, es que intervenga con sus santos oficios y su misericordia a favor de estos presos que están en Cuba”.
“Bonito testimonio”, contestó el Papa.
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