MIAMI.- Patricia Estrada estaba recién llegada a Miami-Dade procedente de su natal Venezuela. Todo esperaba, menos que, por los azares de un destino impredecible, tuviera que afrontar los estragos de uno de los huracanes más letales registrados hasta el momento. Solidaridad, altruismo, amor y compasión por el prójimo entretejen sus recuerdos de las horas posteriores al paso del potente meteoro.
"Más sensibles y solidarios" tras el paso del hurcán Andrew
No olvida los camiones que venían de otros estados cargados de “miles de cosas”; ayudas para los más necesitados, que eran millares en el condado. En un momento de la entrevista, su relato se detiene de repente, respira profundo, un sonido gutural antecede a un par de lágrimas. Los pesados vehículos tenían pancartas en las que resaltaba la frase: “Miami, estamos contigo”. Silencio largo. Pide disculpas, trata de poner sus ideas en orden: “Disculpe, es que todavía no puedo olvidar eso tan feo que nos tocó vivir”.
Prueba de embarazo
Su primer hijo ya tenía alrededor de un año. Algunos malestares la hicieron temer que podría estar embarazada de nuevo. Se mencionaba la posibilidad del huracán, “pero siempre era igual, la gente no creía que viniera, algunos se reían, hacían fiestas para esperarlo”, cuenta con un halo de vergüenza.
Eran las horas previas al impacto del monstruoso fenómeno natural. Su esposo “estaba ‘pegado’ a la televisión” tratando de dimensionar lo que sobrevendría. Un canal de noticias vaticinaba que el huracán atravesaría el sur de la Florida. Miami estaba en el ojo del huracán. “Pero yo seguía un poco nerviosa, no solo por el huracán, sino también por saber si estaba embarazada”.
La solicitud a su esposo podría parecer inoportuna, sin embargo, -dice- tenía que salir de la duda. Mientras centenares de personas compraban alimentos para esperar el ciclón, Patricia necesitaba “con urgencia” una prueba de embarazo. “Esa duda no me dejaba estar tranquila”.
Vivía en Fontainebleau, en un apartamento “que era el único con ‘acordeones’ para proteger puertas y ventanas”. Su esposo hizo un alto frente al televisor y se dirigió a la farmacia más cercana. Cree que “muy seguramente” la cajera se sorprendió al ver que alguien compraba una prueba de embarazo, cuando ya era inminente el paso del huracán.
Sus sospechas eran infundadas. Un pensamiento menos en medio de la angustia que comenzaba a hacer mella en la venezolana que llegó, como muchos, en busca de mejor vida.
Momentos de pánico
Su esposo seguía las informaciones del estado del tiempo. Horas antes la pareja había estado en casa de unas amistades en una “parrillada”. Era domingo. Tiene presente que uno de los que “más se reía y decía que eso era puro cuento”, sería uno de los más afectados por Andrew. El amigo vivía “más allá de Kendall”.
El domingo, la gente había despertado “muy ansiosa, muy nerviosa”. Patricia y su esposo compraron “cosas muy básicas; no habíamos vivido un huracán. Ahora sí estoy preparada. Andrew me enseñó que uno debe estar siempre preparado con todas las cosas que se pueden necesitar”.
Los vientos comenzaron a ser perceptibles. Patricia quería estar en su cuarto, luego pasó al baño, después a la sala. “No encontraba un lugar donde pudiera sentirme segura, me sentía desprotegida”, narra como si una vez más estuviera viviendo la peor pesadilla de su vida.
Como pudo, logró conciliar el sueño. Los vientos habían arreciado. “El ruido era ensordecedor, como en las películas de terror; se oían cosas que caían, sentíamos las tejas volando. Sabíamos, entonces, que era algo grande; algo que jamás nos pudimos imaginar”.
Resultado “aterrador”
Alrededor de las 7:00 de la mañana, “habían cesado un poco los vientos”. Patricia y su esposo decidieron salir al patio para observar lo que había pasado durante la madrugada. Lo que encontraron todavía le crea “un fuerte sobresalto”.
No había árboles en el patio, “era algo aterrador, solo estaban los huecos donde habían estado los árboles”. Vio tejas por todas partes.
El esposo también quiso ver cuál había sido la suerte corrida por su vehículo, que había estacionado frente al apartamento. Un árbol había caído sobre el automóvil. Los vecinos se unieron para ponerlo a un lado.
La ciudad estaba en caos. No obstante, Patricia estima que “en medio de todo, había organización”, aunque -añade- “al principio las autoridades no sabían cómo manejar algo tan grande”.
Todo aquel que no se conocía en el vecindario, se conoció esa mañana trágica. Resalta que “todos nos ayudábamos, nos ofrecíamos alimento, agua, hielo; nos llamábamos por teléfono”.
Más tarde, Patricia y su esposo se dispusieron a visitar a unas amistades en Cutler Ridge, en el sur de Miami-Dade, una de las áreas más golpeadas por los embates del fenómeno natural.
Las calles parecían bombardeadas durante una guerra y la ciudad “estaba irreconocible”, apuntó.
Solidaridad
No había agua ni luz. Lo que más buscaba la gente, cuenta Patricia, era hielo y generadores eléctricos. Considera que hubo “abusos” en cuanto a los precios de esos “elementos vitales” en los días y semanas posteriores al meteoro, que causó pérdidas humanas y materiales en gran cuantía.
La casa del amigo “estaba destruida”. Él y su familia tuvieron que irse a un hotel mientras se les definía una solución.
Llegó mano amiga desde todas las latitudes, gente dispuesta a lograr la recuperación de Miami y su entorno.
Rememora que “había unas carpas grandes, con gente de la Guardia Nacional; cocinaban para todos. Nunca había visto a un militar o a varios de ellos preparando comida para la gente”.
También recuerda que “vino mucho apoyo del gobierno federal, de FEMA, por ejemplo”.
“Uno se acercaba a los trabajadores de la electricidad a preguntar cuándo vendría la luz, y veíamos que eran personas de otros estados”.
Otro aspecto que destaca en medio de los trabajos de recuperación es la “solidaridad” demostrada por las compañías de seguros que, de acuerdo con ella, “ponían mesitas en lugares como supermercados, la gente se acercaba y se iban con un cheque para arreglar lo que más pudieran”.
Patricia cree que hay algo para “destacar” en el contexto del desastre generado por el ciclón Andrew es “que los habitantes de Miami nos volvimos más sensibles y solidarios” frente a la desgracia.
dcastrope@diariolasamericas.com
@danielcastrope
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