El padre Fernando Hería se considera un “Pedro Pan no clásico” porque fue uno de los pocos niños que llegó a Estados Unidos en compañía de sus padres y su hermana. Aun así, lograr el sueño de salir de Cuba no fue una tarea fácil. Sus recuerdos son “buenos y malos” alrededor de una operación que les cambió la vida a miles de niños cubanos.

En su familia se comenzó a hablar de la necesidad de abandonar la isla desde los primeros meses de que Fidel Castro ascendiera al poder. Pero su madre, quien solo tuvo cuarto grado de educación, desde que vio a Castro en la portada de la revista Bohemia, luego del Bogotazo en Colombia en 1948, cuando solo era un estudiante, sospechó lo que podía representar una persona de esa naturaleza con el poder en sus manos.

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Desde que Castro bajó de la Sierra Maestra, Adelaida, la madre del entonces niño Fernando confirmó su sentir por lo que podría sobrevenir en esa nación.

Vivían en Consolación del Sur, en la occidental provincia de Pinar del Río. El desfile de gente enseñando los “bonos de la revolución” hicieron más evidente el sistema de gobierno que pretendía imponerse.

Ángel Manuel, padre de quien actualmente es el rector del Santuario Nacional de la Ermita de la Caridad en Miami, comenzó a hacer gestiones con el propósito de conseguir la denominada “visa waiver” para sus dos hijos. Asimismo, centenares de padres del pueblo del que es originario el líder religioso iniciaron trámites con ese fin.

“Yo te puedo decir con certeza que la mayor parte de la juventud de Consolación se exilió como Pedro Pan”, dijo el presbítero, quien recuerda a Miriam Pérez, madre de Mario de la Peña, uno de los pilotos asesinados de Hermanos al Rescate, como una de las pequeñas de entonces que se sumaron a la Operación.

Las diligencias administrativas de su padre permitieron que la salida de Fernando y su hermana Ana Teresa tuvieran una fecha para volar con destino a Miami. Sería el 15 de septiembre de 1961. Sin embargo, una serie de imprevistos evitaron que el anhelado viaje se diera ese día.

Hay un aspecto que causa todavía un gran dolor en la vida del padre Hería. El fusilamiento de su tío Rafael Edmundo Hería y Bravo es un hecho que sigue generando un inmenso dolor en el religioso. Este fue quizás el golpe a la familia que más influyó en que el plan de traslado a Estados Unidos no se ejecutara, como se trazó desde un principio.

“Lillo”, como le decían en la familia al tío Rafael, fue asesinado en La Cabaña por un pelotón al servicio del régimen tras ser hallado culpable de un complot para desviar una aeronave de Cubana de Aviación y llevarla a Miami.

La muerte del tío Rafael, a lo que sumó un retraso en la emisión de los boletos de avión y los visados, condujeron a que el viaje se pospusiera hasta que finalmente la familia Hería, compuesta por padre, madre y dos hijos, pudo tomar un vuelo hacia Estados Unidos el 15 de agosto de 1962.

Su padre había viajado con una visa que le habían estampado en el barrio Chino en La Habana, “que a 50 millas se veía que era falsa”, tal como lo describe el sacerdote.

Una anécdota que hace reír al religioso es la imagen que aún tiene del oficial que lo recibió en el aeropuerto de Miami.

“Un hombre que debía medir como 10 pies (risas), delgado, alto, pelirrojo, que nos preguntó a mi hermana y a mí que si teníamos familiares aquí”.

La respuesta del niño de 10 años, inquieto y bien despierto, fue que sí. “¿Dónde viven?”, inquirió el oficial, a lo que respondió, sonriente: “Están aquí, con nosotros, en la otra fila”.

Su madre desde Cuba había inculcado a Fernando y a Ana Teresa “que debíamos tener astucia y picardía”, y les hablaba del significado que tendría en sus vidas el cambio de cultura y costumbres.

Muchos de los que llegaron ese día a Miami tomaron vuelos hacia otras ciudades, otro tanto se quedó en la Capital del Sol. Los Hería se dispondrían a iniciar una nueva vida en La Pequeña Habana, en casa de la familia Díez Cruz.

“La casa todavía existe, no la han derrumbado; está en la 17 avenida y la 11 calle del suroeste”, precisó. “Dormíamos en la sala”.

Miami, en los albores de la década de los años 1960 era una urbe “cerrada, hermética”, y “de repente comienza a llegar toda esta cantidad de cubanos”, comenta como si el tiempo no hubiera transcurrido.

“Había personas muy buenas, como en todas las sociedades” —dice— “pero también había racistas que nos discriminaban”.

De La Pequeña Habana pasaron a Hialeah antes de dos meses. Fue matriculado en una escuela de primaria y más tarde se enroló en Miami Spring Junior High. Muy cerca, recuerda, había un puente en donde se reunían “200 o 300 americanos”. Varias veces “cogí piñazos” hasta que “mi padre me dio un bate”, con lo que supo defenderse.

Como muchos otros cubanos que arribaron a este país en el contexto de la Operación Pedro Pan, el padre Hería también tiene grabados en su memoria los letreros que decían “No niños, No negros, No perros, No cubanos”.

Han transcurrido seis décadas. El religioso ve ahora todo lo que vivió por aquellos días como un proceso para aprender a confiar en Dios y en sus designios. “Dios nos retrasó la salida de Cuba para poder enterarnos del fusilamiento de mi tío Rafael”.

Nunca olvida las palabras de su madre cuando le decía que no tuviera miedo porque la Iglesia, como institución que organizó la Operación Pedro Pan, con el inolvidable monseñor Bryan O. Walsh, lo iba a proteger. Y así ha sido.

Fernando Herías se ordenó sacerdote a los 46 años cuando ya tenía una carrera de abogado. Sintió un “llamado” y —asegura— dejó a un lado la profesión de defender personas con líos frente a la justicia terrenal para hacerlo por quienes tienen asuntos pendientes con la ley de Dios.

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