sábado 26  de  septiembre 2026
OPINIÓN

La patria portátil (primera parte)

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

Tengo una amiga exiliada de Irán. Durante años, fue mi fuente para entender ese país porque es inteligente, valiente y tiene la memoria intacta. Dejé de consultarla porque cada vez que otro iraní decía algo en público, ella repetía: es un traidor pagado por el gobierno. Y cuando les preguntaba a otros, decían lo mismo de ella. Al final solo valían sus palabras, y todo lo demás era obra del enemigo. No perdí a mi fuente por antipatía, sino por higiene. Tardé en entender que presenciaba una acusación sin lugar a dónde ir. En esa pérdida mínima, personal, se esconde una historia enorme, que empieza en Teherán y termina en Babilonia.

Un exiliado es alguien que perdió su país sin perder la vida. Se lleva el idioma, los recuerdos y las disputas, y deja atrás todo lo demás, incluyendo los jueces, los diarios, los vecinos, es decir, las instituciones invisibles que ordenan la vida en común. Cuando muchos exiliados de una misma nación coinciden afuera forman una diáspora, un país fantasma, desparramado por ciudades ajenas, que sueña con el país real. Algunas comunidades duran siglos y conservan su identidad. Otras se disuelven en una o dos generaciones. Y otras sufren un destino más extraño porque sobreviven, pero envenenadas por dentro. Mi amiga pertenece al caso más puro de esa toxicidad.

Desde la revolución de 1979, que convirtió a Irán en una teocracia, salieron del país varios millones de personas. Huyeron del nuevo régimen, de la guerra con Irak, de la cárcel o de la pobreza, y se instalaron en Los Ángeles, Toronto, Londres, Berlín y Sídney. Cuando Estados Unidos e Israel atacaron a Irán en 2026 y proclamaron que el objetivo final era el cambio de régimen, el mundo se dio vuelta a mirar a esa diáspora, porque si un gobierno cae alguien debe encarnar la alternativa. Lo que encontró fue desolador, ya que el congreso presentándose como esa alternativa terminó con peleas a golpes en la puerta. Los monárquicos, que quieren coronar a Reza Pahlavi, el hijo del último Sha, acusan de agentes del régimen a los disidentes que no los siguen. Los partidarios de la guerra acusan de espías a los que piden que cesen los bombardeos. La saña no perdona ni a las víctimas probadas del régimen como Masih Alinejad, una periodista exiliada contra la que Teherán tramó secuestros y asesinatos. Alinejad fue tratada de corrupta y de falsa opositora por otros exiliados. Y el veneno baja hasta la base, como en la comunidad iraní de Australia, donde una analista de datos común y corriente fue acusada de traidora por sus propios vecinos, por el solo hecho de no apoyar a la monarquía. La regla del exilio iraní cabe en la frase que me expulsó de mi fuente, aquí todos creen que el otro trabaja para el régimen.

La mejor prueba de la regla fue el único intento serio de romperla. En 2022, la muerte de Mahsa Amini, una joven detenida por la policía de la moral por llevar mal puesto el velo, encendió la mayor rebelión en décadas dentro de Irán. La diáspora vivió un momento de unidad inédito cuando cientos de miles marcharon juntos en Berlín y en Toronto bajo la misma consigna. A comienzos de 2023, las figuras más visibles del exilio, el príncipe, una periodista, una actriz famosa y un dirigente que representaba a las víctimas de un avión civil derribado por la Guardia Revolucionaria, formaron una alianza y firmaron una carta con los principios de un Irán futuro. Sin embargo, la coalición se desintegró en cuestión de semanas. Sus miembros se retiraron uno a uno entre acusaciones de autoritarismo, de traición y de servir al enemigo. No la destruyó el régimen con un golpe, sino sus integrantes, con el reflejo ya incorporado de desconfiar. Ahí quedó claro que la sospecha es el sistema operativo de estos exiliados.

Este reflejo tiene una historia, y empieza con una persecución verdadera porque el régimen caza a sus exiliados desde el primer día. En 1992 sus agentes fusilaron a los líderes de la oposición kurdoiraní en un restaurante de Berlín. Hubo opositores asesinados en Holanda y en Turquía, atentados frustrados en Dinamarca y en Francia, y secuestros de película cuando un periodista disidente que dirigía desde París un canal con millones de seguidores fue atraído con engaños a Irak, entregado a Teherán y ahorcado. Los servicios secretos reclutan informantes dentro de la diáspora con un método simple donde las familias que quedaron en Irán funcionan como rehenes. La contrainteligencia alemana confirmó que espías iraníes vigilan las manifestaciones de exiliados en Europa y reclutan colaboradores por mensajería telefónica.

A eso se suma el ejército digital con decenas de miles de cuentas falsas en las redes sociales, disfrazadas de monárquicas, de ateas o de revolucionarias, dedicadas a intoxicar cada discusión del exilio desde adentro. Y la táctica más venenosa de todas la presentan los agentes que se hacen pasar por disidentes sembrando rumores para que cada asesinato parezca una venganza interna de la propia oposición.

Pero el verdadero hallazgo del régimen no es policial sino económico. No necesita infiltrar a todos porque cada espía verdadero que se descubre vuelve creíbles mil acusaciones falsas. Teherán fabrica la duda una sola vez y después esta trabaja gratis, mantenida por los propios exiliados. Porque las acusaciones falsas tienen un combustible que no viene de Irán, y es la competencia por el prestigio. En el exilio desaparecen las instituciones que reparten el rango, no hay elecciones que consagren líderes, ni cargos que ordenen jerarquías. Los premios son pocos y no se pueden repartir; son las cámaras de televisión, los donantes, las reuniones con gobiernos, el derecho a decir yo represento al verdadero Irán. Y debajo de esa competencia visible corre la envidia, el más viejo de los motores humanos. Como nadie puede decir en voz alta lo envidio, todos pueden decir es un espía. La sospecha es el idioma en que la rivalidad se vuelve presentable porque la lava y la disfraza de patriotismo. Por eso las acusaciones persiguen con especial saña a los disidentes exitosos, a los que juntan fondos, salen en televisión o hablan con gobiernos.

Aquí el caso iraní deja de ser una curiosidad persa y se vuelve una lección universal. Dentro de un país los conflictos se procesan porque hay tribunales, elecciones que consagran, diarios investigando o vecinos que saben quién es quién desde hace tres generaciones. Un juzgado es, antes que nada, una máquina de fabricar finales. Este puede equivocarse, puede ser injusto, pero produce un antes y un después. Había una acusación, hubo un procedimiento, existe un resultado. Una comunidad no necesita eliminar el conflicto para sobrevivir; sólo necesita una manera de agotarlo. El exilio desarma esa técnica de un golpe. Afuera no hay juez, y una acusación sin magistrado no se resuelve nunca; sino que flota para siempre, porque nadie puede demostrar que no es un espía. La sospecha, que en un país se procesa, en el exilio se acumula. Ese es el mecanismo profundo, y explica por qué tantos exilios políticos terminaron igual, devorados por sus propias denuncias.

¿Todas las diásporas? No. Hubo una comunidad que duró 2.000 años y no se disolvió, y su secreto no fue la armonía, porque sus peleas fueron infinitas. En la segunda parte veremos cómo lo logró, con el estudio de la historia de un pueblo que se llevó los tribunales puestos, el ensayo general que hizo en Babilonia con manual escrito incluido, los exilios que repitieron la fórmula sin saberlo y los que se pudrieron por no tenerla, y el actor nuevo que la inteligencia artificial agrega al destino de todos los exilios futuros.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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