Hay acontecimientos tan grandes que parecen naturales. Estos se asemejan a las montañas y a los océanos, parecen haber existido siempre, así como destinados a continuar eternamente.
La última ceremonia de la globalización
Un análisis preciso para contar las cosas como son
El Mundial de fútbol de la FIFA pertenece a esa categoría. Cada cuatro años miles de millones de personas se detienen durante un mes para observar un torneo organizado por una institución privada fundada en Suiza. Es un hecho tan extraordinario que casi nadie se detiene a pensarlo, lo vemos como algo inevitable y lo tratamos como una ley física.
Pero ninguna institución humana es inevitable. El Mundial nació en una época muy distinta, ya que el Siglo XX fue la edad de las organizaciones gigantes como las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Unión Europea, el Comité Olímpico Internacional y la FIFA compartían una misma premisa. Los países tenían diferencias, pero existía suficiente interés común para cooperar dentro de estructuras globales.
Esa premisa dominó la segunda mitad del siglo pasado, cuando el comercio creció y las fronteras se abrieron. El Mundial fue una de las expresiones más exitosas de ese proceso.
No era solamente un torneo de fútbol, sino una ceremonia periódica de la globalización. Durante algunas semanas argentinos, japoneses, nigerianos, alemanes y mexicanos participan de una misma conversación, ven los mismos partidos y discuten las mismas jugadas.
Esa ceremonia comienza a vaciarse porque las señales ya no son abstractas. El primer indicio es la soledad de los anfitriones. El Mundial de 2030 tuvo una sola candidatura y el de 2034 también. Nadie más compitió por la organización del evento más visto del planeta. Cuando un premio deja de disputarse, este vale menos.
La segunda señal apareció en el torneo de 2026. Hinchas de países clasificados como Irán, Haití, Senegal y Costa de Marfil enfrentaron restricciones de entrada a los anfitriones. El acontecimiento universal dejó de ser universal en el punto más elemental; ya no todo el mundo es bienvenido a la fiesta del planeta.
La tercera señal es contable. Cerca del 89% de los ingresos de la FIFA en un ciclo de 4 años proviene de un solo producto. La organización esperaba ingresos cercanos a $9.000 millones de dólares en el ciclo de 2026. Una institución que depende de un único torneo no puede permitirse que ese torneo deje de crecer.
Aquí aparece la objeción previsible. Si el mundo se fragmenta, alguien dirá que el Mundial la desmiente. El torneo pasó de 32 a 48 selecciones y de 64 a 104 partidos. Es decir, nunca fue tan grande.
La objeción confunde el síntoma con la refutación porque ese crecimiento no es expansión sino huida hacia adelante. La FIFA agranda el torneo para justificar su estructura y para compensar la legitimidad que pierde. Es el crecimiento defensivo de las instituciones que ya no pueden quedarse quietas. Los imperios también construyen sus murallas más altas cuando empiezan a dudar de sus fronteras.
El proceso produce ganadores y perdedores mientras los clubes europeos concentran a las estrellas. Entre tanto, el dinero nuevo llega desde Estados Unidos y desde el Golfo. Así, la FIFA concentra el poder político y las selecciones aportan la audiencia. Cada actor depende de los demás y al mismo tiempo compite contra ellos. Es una arquitectura estable mientras el negocio se expanda, pero la historia muestra que los problemas empiezan cuando el crecimiento se detiene.
El riesgo para el Mundial no es la desaparición súbita. Las instituciones importantes casi nunca mueren así. En cambio, estas primero pierden autoridad, después consenso; más adelante, significado y finalmente conservan el nombre, pero ya no representan lo que alguna vez fueron.
El verdadero interrogante no es si habrá un Mundial en 2030 o 2034, sino ¿seguirá siendo el mismo Mundial? ¿Seguirá siendo el lugar donde el planeta entero se reúne durante un mes?
Nada crece para siempre, ni siquiera las instituciones que parecen eternas. Y cuando una institución deja de expandirse, la pregunta pasa a ser cuánto tiempo puede conservar la ilusión de que sigue siendo indispensable.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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